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ABC LUNES 10 7 2006 Madrid 47 Guerra a la creciente inseguridad La delegada del Gobierno, Soledad Mestre, ha anunciado, según informó ABC, que se van a reforzar las medidas contra la drogadicción en el centro ante la creciente inseguridad denunciada por los vecinos de la zona ha dicho Mestre, que se ha reunido con asociaciones de vecinos y comerciantes del centro para analizar la inseguridad. Se mostró convencida de que la situación de inseguridad podría reducirse con la mejora de infraestructuras de la comisaría y con un aumento de los agentes. Una de las organizaciones que se ha reunido con Soledad Mestre es la Asociación de Comerciantes de la calle Montera. Su presidente. Juan Gambínez, también piensa que la inseguridad y la degradación en el centro de Madrid se combaten a base de mejorar los recursos materiales y humanos que la Delegación del Gobierno tiene desplazados en la zona. El Foro Cívico Gran Vía, a través de su presidente Juan José Cigarrán, ha planteado la necesidad de instalar cámaras de seguridad en zonas como el Rastro, Tirso de Molina y Lavapiés. Tres inmigrantes duermen, de día, en el paso subterráneo de la plaza de España camentos- -algunos peatones comentan que todo es cuento -y con su paciencia, esa no se le puede negar, para aguantar horas y horas allí plantada. Caminamos hacia la plaza del Callao. Enseguida encontramos a otro indigente. Se encuentra junto al escaparate de unos grandes almacenes. Se trata de un varón. Está sentado sobre una enorme bolsa de nailon oscura. Suponemos que es donde guarda todas sus cosas. Las únicas que este hombre debe de tener. Se llama Ángeles Masneda y es portugués. Asegura que lleva en España algo más de dos años. Pido porque no tengo para comer. Pido para comer. No puedo trabajar porque estoy enfermo, muy enfermo. Tengo dos hernias que debería quitarme pero no sé cómo pagarlo o dónde ir para que me operen sin que me cueste nos cuenta mitad en su idioma, mitad en español. FOTOS: ÁNGEL DE ANTONIO La competencia Ángeles vive con una hija en Madrid. Ella- -asegura- -tampoco puede trabajar. Es diabética. Yo estoy casi siempre aquí, en Callao. Pero son muchos los que quisieran estar en este lugar. La Policía, por lo general, no nos molesta. De vez en cuando nos dice que nos movamos un poco relata. ¿Se saca usted suficiente para ir tirando? La pregunta no parece hacerle mucha gracia. Nos mira de arriba a abajo y pone cara de pocos amigos. Al final, admite que se saca muy poco porque hay bastante competencia Y, en ese momento, nos señala toda la plaza del Callao y, también, la Gran Vía hacia Una anciana pide limosna en plena calle de Preciados abajo, camino de la plaza de Plaza de España. Llegamos a esa plaza, a la de España. Nada más entrar en ella vemos a un hombre de raza negra que está de pie y pidiendo. Utiliza un gorro de ganchillo a modo de limosnera. En cuanto le indicamos nuestras intenciones, un evidente nerviosismo le invade. No, no. Por favor. No hablo nada Algo muy parecido nos ocurre con otra indigente que está en medio de la plaza. Es una mujer de unos sesenta años. Delgada, muy delgada. Viste de invierno en plena canícula y arrastra cuatro bolsas de plástico repletas de papeles, cartones y lana. Nos hace un gesto para que la dejemos en paz. Huye disparada pero cambia de rumbo en cuanto se percata del coche patrulla de la Policía Nacional estacionado junto a las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza, hacia donde ella iba. das por lo menos, diez o doce personas. Huele a orín que apesta. El calor, sofocante, lo aviva aún más. El aire es irrespirable pues, además, se mezcla con la concentración de los gases que desprenden los vehículos que circulan, por el túnel, a pocos metros de donde dormitan los indigentes. Es de día y los pocos peatones que se atreven a cruzar por este paso subterráneo lo hacen deprisa y sorteando toda serie de residuos de comida, bebida y basura allí depositada. Llama la atención una caseta hecha a base de cartón. El dueño no está pero tiene muy bien marcado su territorio. Calor sofocante Lo peor, y con mucho, todavía estaba por ver. Era el final del recorrido. Se trata del paso peatonal subterráneo de la plaza de España. Allí, bajo techado, duermen cuatro inmigrantes. En realidad, los cartones y los huecos parecen indicar que allí están domicilia-