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9 7 06 PRÓXIMA PARADA NUESTROS CORRESPONSALES Roma Buenos Aires Bruselas Berlín París Rabat Nueva York Una mujer del estado de Oaxaca vota en las elecciones mexicanas del pasado domingo AFP Jerusalén México MÉXICO Manuel M. Cascante La vida con una urna en la cabeza El paisaje de promesas que se las lleva el viento, de sintonías electorales con el cuajo intelectual del A por ellos y de urnas inciertas ha contagiado el DF. Así son los días con las elecciones a pie de calle TEXTO: MANUEL M. CASCANTE FOTO: AFP Washington Berlín Atenas Lisboa E Moscú Pekín Viena Estocolmo sto no se acaba nunca, güey. ¡Y yo que creía que el domingo ya tendríamos presidente y México empezaría a parecer un país normal! Pues, ni modo. La verdad es que, después de seis meses de campaña, me temo que voy a echar de menos los caretos de los candidatos repetidos en millones de carteles, las absurdas musiquillas de sus spots televisivos, sus eslóganes falsos como un peso de madera... Me barrunto, carnal, que, como el protagonista de Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza aquel cuento de Fernando Sorrentino, no podría vivir sin sus golpes Ahora, una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá... Este hombre es Felipe Calderón, este hombre es Roberto Madrazo, este hombre es Andrés Manuel López Obrador. Este hombre ha vivido seis meses en mi casa, de media pensión y con derecho a cocina, sin permiso y sin callarse. ¡Seré pendejo! Este hombre me ha prometido bajar el precio de la luz y de la gasolina, y que ya no tendré que salir a la calle con cien ojos porque los malandros se van a cagar de miedo (oye, literal, que ha habido un anuncio, mano dura contra la delincuencia, en la que un naco con peor pinta que El Mochaore- Los candidatos se han gastado el dinero de mis impuestos en tratar de convencerme de que, después de ellos, el diluvio. Pero en esta ciudad sigue lloviendo todas las tardes jas se lo hacía por la pata abajo) Este hombre me ha dicho que me regalará una casa y me subirá el sueldo, y que si me hago viejo o me quedo embarazado de repente, me ha de dar una pensión. Este hombre me ha asegurado que reducirá los impuestos a los ricos, pero yo no soy rico; que aumentará los impuestos a los ricos, pero, ya te digo, yo no soy rico. Y que los pobres ya no van a ser pobres, pero, pobre, lo que se dice pobre, tampoco soy... ¿De qué me hablaba, entonces, este hombre? Este señor, que es calvo y tiene el pelo blanco pero también lo tiene chino, que es barbilampiño y con bigote, que a veces usa gafas y a veces no, este señor, digo, se ha gastado el dinero de mis impuestos en tratar de convencerme de que, después de él, el diluvio. Pero, ¡híjole! en esta ciudad sigue lloviendo todas las tardes como si lo fueran a prohibir: a eso de las cinco descarga una tormenta que parece programada, quizá alguien en el ayuntamiento aprieta un botón y... ¡zas! ¡aguas! Este señor, tarde o temprano, será el mandamás de estas bellas y excesivas tierras, el nuevo tlatoani con saco de Armani y corbata de Hermés. Y también será el jefe de la oposición y el líder de la minoría parlamentaria... Y entonces, yo me pregunto: ¿no hubiera sido mejor que siguiera Vicente Fox seis años más? Si, total, a Chente ya lo conocemos, y es buen cuate. Eso que nos hubiéramos ahorrado, ¿no? Porque me temo que, en cuanto desaparezca el último cartel, deje de sonar la última absurda musiquilla y se desvanezcan los falsos eslóganes, ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente