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ABC DOMINGO 9 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA NO VALE UNA MISA I en vez del Papa fuese el Dalai Lama el que estuviese de visita en España, resulta bastante probable que al presidente Zapatero le faltaran minutos en el día para deshacerse en desvelos hacia el ilustre invitado y fotografiarse con él en cuantas ceremonias tuviese a bien participar. El budismo tibetano no es la confesión mayoritaria en España ni figura citado de modo preferente en la Constitución. El catolicismo, sí. Pero el líder espiritual de la religión que profesa la mayoría de los españoles no merece que el jefe del Gobierno esté presente en una Misa por él celebrada. Simplemente, porque hacer ostentación de laicismo frente a la Iglesia- -no tanto ante otras confesiones- -está bien visto por cierta progresía IGNACIO ante la que a Zapatero le CAMACHO gusta ejercer de progre. En Andalucía, y en otros muchos lugares, los alcaldes y autoridades autonómicas de la izquierda suelen presidir encantados las procesiones de Semana Santa y demás celebraciones de índole religiosa. La mayoría son agnósticos, o descreídos, pero entienden, vanidad aparte, que se trata de una manifestación de la fe y de la cultura de su pueblo. El pueblo español se declara abrumadoramente católico, aunque luego cada cual actúe en su vida privada según el libre albedrío que esta fe- -no otras, por cierto- -reconoce a la individualidad de la persona. Y un político que se identifique con su gente debe saber reconocer y respetar las creencias de sus conciudadanos, al margen de las suyas propias. A Zapatero no se le demanda que participe en la Eucaristía, ni que rece el Credo, ni que se arrodille en la Consagración. Simplemente, que esté, que asista, que convalide con su presencia un acto multitudinario presidido por quien en todo el mundo merece la consideración de Mensajero de la Paz, esa palabra con la que al presidente se le llena la boca. Que muestre un mínimo de consideración hacia una figura de importancia planetaria que, por ende, concita la adhesión de millones de españoles, y el respeto de otros tantos. Que se sitúe, en ocasión señalada, del lado de los ciudadanos a los que representa, independientemente de que le hayan votado. Pero no. Él tiene que hacer ostentación de laicidad, marca distancias, y de paso ponerse a salvo de alguna crítica genérica que Benedicto XVI pueda manifestar hacia su política en el ámbito de la educación, la religión o la familia. Eso no es precisamente un gesto de coraje, y acaso sí de mala conciencia. Un gobernante ha de estar a las duras y a las maduras, y ser consecuente con sus decisiones sin escurrir el bulto. Pero, sobre todo, ha de ser educado y no desairar a los huéspedes de su país. En España, el Papa es un visitante mayoritariamente bien recibido. Un hombre de religión que trae un mensaje reconocible de concordia, de diálogo, de bondad, cuyo fondo moral está por encima de las doctrinas y las circunstancias. Sólo desde el más ciego sectarismo se pueden cerrar los ojos a esta evidencia que, por fortuna, tanta gente de izquierda, creyente o no, sabe reconocer como parte de un concepto generoso de la política. S VÍCTIMAS: TÓ PÁ NÁ CIJANO. Torero. Como Sacabuches, el de los Siete Niños, que se tiró al monte tras meterle un estoconazo hasta los gavilanes a su mujer y otro al sacristán con quien se la encontró acostada en su casa de la Alameda de Sevilla. Ecijano como Jaime Ostos. De esa casta y encaste del valor. Se llama José Luis Vargas Álvarez. En el Cossío viene por su nombre de los carteles, que ahora se pone en las tarjetas como director de la Escuela de Tauromaquia de Écija: Pepe Luis Vargas. Tras brillantes temporadas de novillero, cabeza del escalafón, Pepe Luis Vargas tomó la alternativa en Sevilla en la Feria de 1979. Se la dio Curro Romero. Sufrió, como tantos novilleros punteros, el bache de la alternativa. Que confirmó en Madrid en un cartel barato, agosteño. Iban pasando los años y Pepe Luis Vargas ni encontraba el sitio ni se lo daban. Pechaba con corridas duras en plazas de polvaANTONIO reda y borrachos. Por eso creyó llegaBURGOS do su momento de gloria cuando, ya con 28 años, casi puretón para torero, lo puso Canorea en la primera de Feria de Sevilla de 1987, con reses de Joaquín Barral, junto a Ruiz Miguel y Curro Durán. Era la ocasión soñada. Ahora o nunca. Se iban a enterar de quién era Vargas. Se la tenía que jugar para que vieran qué pedazo de torero era y empezaran a echarle los toros de ensueño que traen los cortijos en los lomos. Y allá que te fue Pepe Luis Vargas con su capote, a Roma por todo. Llamo Roma a la puerta de chiqueros. En un silencio de expectación, recorrió el miedo de esos siete mil u ocho mil kilómetros que hay entre el burladero de capotes y el portón de los sustos de la portagayola. Doblemente genuflexo, como decían los revisteros, extendió el capote sobre el albero, primer tiempo de saludo para la larga cambiada. Hizo un gesto al torilero. Se abrió el portón. Salió el toro de Barral. Con la de nombres que puede tener un toro, qué guasa, E se llamaba Espanto Así fue. Salió distraído. La razón le decía a Varguitas que se levantara y le pegara un lambreazo para quitárselo de encima. El corazón y el pundonor, que siguiera allí arrodillado, tragando quina. La tragó. El toro lo empitonó por la ingle de mala manera y Vargas quedó tendido en el suelo. De su taleguilla brotaba un caño de sangre. Rojo surtidor trágico. Borbotón que horrorizó al público, que mascó el chicle amargo de la tragedia. Reescritura con sangre del eterno romance de valentía. Como pudieron le quitaron a Vargas el toro de encima, lo llevaron a la enfermería. El toro le había roto la femoral y algo peor: las ilusiones. Y por la enfermería iba entrando, desangrándose, llevando una de las cornadas más espeluznantes de la historia de la plaza de Sevilla, cuando le oyeron que camino del quirófano repetía: -Tó pá ná, tó pá ná... Me he acordado del tó pá ná de Varguitas al ver a Pilar Ruiz, la madre de Joseba Pagazaurtundua, dando un recital de dignidad y memoria frente al hotel Amara, en cuyas cortinas se limpiaba la sangre inocente el representante en Vascongadas del partido del Gobierno, que se daba la boca con el jefe de los terroristas que nos han causado el dolor de mil muertos, el borbotón de miles de víctimas, el luto de huérfanos y viudas. ¿Para qué, si al final les vamos a dar mucho más de cuanto pedían en la Alternativa KAS, cuando se hartaban de asesinar militares, policías y guardias civiles? Tó pá ná, decía Pilar Ruiz. La muerte de su hijo, pá ná. La de Miguel Angel Blanco, pá ná. Pá ná la muerte de Gregorio Ordóñez. Cuando los teníamos cercados, el Estado se ha rendido. Sin que los asesinos entreguen las armas, el Gobierno ha decretado el alto el fuego de la Justicia, de la Policía, del Parlamento, de los medios de comunicación, ante unos terroristas que no se han movido un milímetro. Y encima, la vicepresidenta del Gobierno tiene la desfachatez de decir que los que están al margen del Estado de Derecho- -como el infierno de Sartre- -son los demás. Como Vargas: tó pá ná.