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ABC MARTES 4 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LAS HIENAS CURRE siempre. Detrás de cada catástrofe, de cada accidente, de cada tragedia, se busca un responsable político. Alguien en cuya espalda depositar la culpa que surge de nuestra humana incomprensión hacia el dolor repentino, hacia el siniestro inesperado, hacia la desgracia sobrevenida, hacia la muerte súbita. Nunca aceptamos el azar; nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo perfecto, un universo de certezas cotidianas que de repente, de vez en cuando, se desploman ante nuestro estupor envueltas en una nube de humo, de polvo y de sangre. Y es cierto que a menudo existe una responsabilidad más o menos remota, algún deber incumplido que conecta el desastre con un mal funcionamiento administrativo. Una imprevisión lejana, un manIGNACIO tenimiento insuficiente, CAMACHO una inversión pospuesta, una inspección aplazada, un olvido rutinario. Un fallo del sistema por cuyas rendijas acaba colándose el horror de la hecatombe. Las sociedades maduras son aquéllas que en estos casos se muestran capaces de investigar con serenidad y transparencia sus procesos de decisión en busca de la manera precisa de determinar causas y subsanar errores. Sin miedo a las consecuencias y sin apriorismos sectarios. Pero en España hace demasiado tiempo que es imposible hallar sosiego cuando suenan las sirenas de las ambulancias y los bomberos. Aún quedan víctimas entre la ferralla retorcida de los vagones del metro valenciano y ya se oyen apóstrofes quejosos, inculpaciones interesadas, ese rumor desaprensivo de cazadores en busca de piezas que cobrar con urgencia. Siempre es así, en todas partes, con todos los gobiernos de todos los signos. Sobre los escombros de la tragedia surgen, antes de que se acaben de retirar los cuerpos, los buscadores de carnaza política, esos tipos capaces de calibrar en caliente el alcance electoral de un descarrilamiento, de un naufragio, de un atentado. Esa clase de gente que lleva una calculadora en el corazón y una urna sobre los hombros. En los países anglosajones, estas hienas acostumbran a buscar dinero en medio de la sangre. Suelen ser picapleitos sin escrúpulos capaces de encontrar la más minúscula grieta por la que colarse hasta una indemnización millonaria. Aquí, entre nosotros, menudean los recolectadores de votos, los pescadores en el río revuelto del dolor, los buzos del agua turbia de la crispación. No pierden un minuto. Escrutan los antecedentes con sobrecogedora celeridad, colocan las palabras exactas para sembrar la duda en las primeras declaraciones de urgencia, deslizan con hábil sinuosidad su falsa condolencia trufada de incriminaciones oblicuas. Inoculan con mano experta veneno y duda en la herida abierta del desconcierto. Saben manejar el desconsuelo aturdido del pueblo en esos momentos en que nadie quiere creer en el designio trágico del azar, y dirigir la orfandad moral de esa congoja hacia un sentimiento de ira inculpadora. Dan asco. Porque incluso cuando llevan razón se les queda a la vista el cartón de su doblez ventajista y de su oportunismo desvergonzado. O LO QUE QUEDA DEL FELIPISMO H ABLAMOS de vieja guardia felipista y en realidad muchos acaban de cumplir los sesenta y pocos. Tras el diluvio se buscaron sus refugios en la empresa privada, lo menos para quienes fueron los tecnócratas del felipismo y que luego no han sido llamados a secundar las tareas épicas del zapaterismo. Lo llevan más o menos bien. No se quejan mucho. Unos han adelgazado. Otros andan en pos de fortuna. Sobrevuelan el Cono Sur. Padecen retrasos de Iberia. Ocupan euroescaños. Se ven cada quince días con otros supervivientes del felipismo. Rebobinan la gloria y el ocaso: la victoria de 1982, cómo brillaba Felipe, las medidas económicas, el ingreso en la Comunidad Europea, los tres millones de parados, la Expo, el GAL, la corrupción, 1996. En cuestión de modelo territorial y de políticas como el matrimonio homosexual, nunca se hubiesen atrevido a tanto. Les maravilla cómo Newsweek se encariña con ZapateVALENTÍ ro. A pesar de las mayores fricciones, PUIG hubieran respetado la adaptación a nuestro tiempo de la fórmula restauracionista formulada por Cánovas: Los dos partidos deben ser igualmente sumisos a los principios constitucionales que gobiernan el país. Las alteraciones que cada uno determinen no han de rebasar los márgenes establecidos por la misma naturaleza del régimen Zapatero ha hecho otra cosa: jugueteó con Esquerra Republicana, aprobó el nuevo Estatut contra el PP, le echa cables a la ilegal Herri Batasuna, osa algo nuevo casi todos los días. Desafía a la Iglesia. Quedó al margen el viejo componente regeneracionista- -a veces retórico, a veces operativo- -porque lo que se ha impuesto es el radicalismo, un radicalismo que no pretende alterar los componentes de la economía de mercado, pero que busca trastocar los componentes de la sociedad, abolir costumbres, sustituir valores, no renunciar al aniquilamiento del enemigo mucho más allá de los postulados clásicos de la alternan- cia. Lo que queda del felipismo es poco. Veremos en lo que queda el aznarismo. En sus cenas quincenales, los viejos felipistas admiran en silencio con qué nitidez, con qué sonrisa, Zapatero va cortando cabezas. Tanto en el Gobierno como en el PSOE, los eslabones más elementales de la cadena de mando han sido fusionados en forma de sistema de conducción que se limita a un timbre de mando único, ubicado en la mesa de trabajo del actual presidente del Gobierno. Descabezados, con mayor o menor fortuna, han caído José Bono, Francisco Vázquez, Maragall, una ministra de Educación. A Felipe González no se le llama ni para una aparición convencional como estrella invitada. A Guerra le dieron la garlopa para que cepillase el Estatut a la medida justa del líder. ERC cayó en desgracia; ahora sube CiU hasta que le dure. Lo que menos entienden es que Zapatero se atreva a eso y a mucho más sin darse ni un paseo por la Unión Europea. Ellos, los felipistas que juraban por Kohl y por Mitterrand, observan con pasmo la inexistencia de una política exterior, indefinible salvo que sea en términos de vacío. A ellos les gustaba la política exterior. Al final, todos habían resultado ser atlantistas, de viejo o nuevo cuño. Echaron una mano cuando Sadam Husein invadió Kuwait. Babeaban un poco cuando Castro les enviaba un habano, pero creían en una cierta estabilidad iberoamericana. ¿Respetan a Zapatero o es que le tienen miedo? Sospechan que Zapatero le quiere hacer pasar a Rajoy por todos los trances amargos por los que Aznar le hizo pasar a él. No saben exactamente si el radicalismo de Zapatero es gestual o sustancial, si es una circunstancia o la naturaleza determinante de una política. En realidad, le recuerdan vagamente como diputado de a pie, casi siempre confundido con el color que iban adaptando los muros de la política según la hora y el clima. El joven diputado de complexión camaleónica y dúctil ahora es un gobernante que practica el revisionismo histórico con soltura improvisada y de mucho riesgo. Cualquier día redacta una nueva Constitución. vpuig abc. es