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ABC MARTES 4 7 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC RESPONSO VALLEJIANO POR LOS MUERTOS DE VALENCIA Pienso en las citas a las que no llegaron, en las cartas que ya no abrirán y en los mensajes que mandaron a otros móviles antes que la muerte les sorprendiera... L A fatalidad nos ha mordido de nuevo y en su decorado siniestro otra vez hay vagones, raíles y hierros retorcidos. Mientras redacto estas líneas todas las hipótesis de investigación permanecen abiertas, aunque nada indica que haya habido algún atentado contra el metro de Valencia. Simplemente es el protocolo que hemos aprendido a fuerza de convivir con la desgracia: el accidente del Yak- 42, los atentados del 11- M o el incendio de Guadalajara. Parafraseando a Borges, los muertos siempre son los mismos porque sólo cambian las circunstancias y los nombres propios. Las circunstancias han querido que los valencianos reciban enlutados al Papa Benedicto XVI, pero tampoco se me escapa que su inminente visita venía siendo utilizada por tirios y troyanos para desatar la confrontación en temas tan diversos como la enseñanza religiosa, la financiación de la Iglesia y los tratados con la Santa Sede. Ahora las circunstancias son distintas y uno espera que el respeto por la memoria de las víctimas aborte cualquier intento de sabotear con malas artes lo que con toda seguridad será un funeral de Estado celebrado por el propio Pontífice Romano. la verdadera calidad de esos materiales de los que dependen tantas vidas humanas? Los pelotazos urbanísticos, la corrupción municipal, el clientelismo político y el glamour de garrafa que desprenden algunos empresarios de la construcción no prometen nada bueno a unos usuarios que sospechan que el enriquecimiento de ciertos contratistas es inversamente proporcional a la solidez de sus construcciones. P S in embargo, una treintena de hombres y mujeres ha perecido en la línea 1 del metro de Valencia, y el estupor no debería exonerarnos de analizar esta calamidad desde varios puntos de vista. A saber, cuál era la situación real de la línea 1 del metro valenciano y hasta qué punto lo que ha ocurrido en Valencia debería servir para evitar accidentes similares en otras ciudades españolas y europeas. Los atentados del 11- S y del 11- M convirtieron al teléfono móvil en protagonista de muchas historias conmovedoras, pero el descarrilamiento del metro valenciano ha tenido un eco inmediato en los foros que los medios de comunicación mantienen abiertos en sus portales de internet. ¿Hace falta que precise que los usuarios valencianos de la línea siniestrada se han pronunciado de manera rotunda y unánime sobre el mal estado del servicio y los vagones? ¿Hace falta que diga que una vasta mayoría reconoce que un accidente así se veía venir? Las autoridades especulan con motivos varios- -exceso de velocidad, rotura de las ruedas y desprendimientos de las paredes del túnel- -pero una o todas esas causas lo que revelan es un servicio deficiente y un precario control de calidad. No hay que descartar nunca el fallo humano, aunque los errores individuales siempre son menos dañinos cuando no falla esa cadena principal que supone que todos los profesionales han cumplido muy bien con sus respectivas responsabilidades. Asimismo, no puedo dejar de contemplar la catástrofe valenciana en el contexto del hundimiento de El Carmelo barcelonés y de las inquietantes obras del metro sevillano, más pendientes de las próximas elecciones municipales que de la seguridad de los propios ciudadanos. ¿Cómo se ejecutan las obras públicas? ¿Quién las supervisa? ¿Cuál es or otro lado, uno comprueba con desasosiego que la sociedad se va acostumbrado a las cifras groseras de la muerte accidental. A todos nos sobrecoge que unas 37 personas hayan fallecido de golpe en el metro de Valencia, pero también murieron 23 personas durante el primer fin de semana de la operación salida del verano y esas muertes semanales ya se han convertido en un recuadro irrelevante de las primeras planas. De hecho, ahora mismo esa noticia prácticamente no existe, porque la terrible magnitud del accidente de Valencia se multiplica por todas las portadas de la prensa nacional. ¿Cuántos accidentes mortales es capaz de asimilar una sociedad? ¿Qué precio pagamos por convivir así con la muerte? Nuestros muertos de tráfico, por ejemplo, son muchos más que las víctimas de ETA y son muchísimos más que todos los desaparecidos de la guerra sucia argentina. ¿Cómo reaccionaríamos si de pronto murieran todos los hombres, mujeres y niños de una ciudad de 60.000 habitantes? Espero que jamás lo sepamos, pero todas esas personas sí han fallecido a lo largo de los fines de semana de los últimos diez años. Quizás mañana miles de usuarios del metro prefieran coger el autobús, pero por desgracia nadie renuncia a seguir conduciendo temerariamente a bordo de sus propios coches. Uno ya sabe que la fatalidad y las catástrofes tienen- -al menos- -la virtud de sacar lo mejor del ser humano. Estoy seguro de que Valencia en este momento es la capital del valor, la entrega y la generosidad. No tengo la menor duda de que nadie piensa ahora mismo en otra cosa que no sea en las familias de los fallecidos y en los heridos que permanecen en los hospitales, pero no basta con saber que podemos ser muy humanos y muy solidarios. He hablado de los muertos del Yak- 42, he mencionado a las víctimas del 11- M, me he referido a los que murieron en el pavoroso incendio de Guadalajara y a las miles y miles de víctimas de nuestras carreteras. Son demasiadas muertes violentas, demasiada conmoción, demasiadas vidas arrancadas de forma abrupta y atroz. Nadie puede prever cuándo y dónde nos morderá de nuevo la desgracia. Contra eso no se puede luchar. Sin embargo, lo que no sería de recibo es que los ciudadanos se sientan inseguros e indefensos cada vez que recorran una carretera o que aborden un medio de transporte público. Lo que no sería presentable es que las obras municipales que en este mismo instante nos martirizan a miles de ciudadanos de toda España, se estén ejecutando de manera improvisada y poco profesional. Lo que no sería deseable- -en suma- -es que morir de forma accidental deje de ser eso, un accidente, para convertirse en algo normal, cotidiano y habitual. entro de unos días coincidirán en Valencia el papa Benedicto XVI, los Reyes de España, el Presidente del Gobierno y las principales autoridades políticas de nuestro país. Tenía que ser un día de fiesta y más bien será un día de luto. Me consta que los valencianos sabrán sobreponerse al dolor y la adversidad para demostrar por qué el Papa ha elegido Valencia para su primera visita española, pero me haría ilusión que en esta circunstancia los políticos se inhiban de convertir la fatalidad en una arma arrojadiza, porque los muertos de Valencia merecerían que ese día sólo se escuche el responso que les dedicará el Papa de Roma. En realidad, quienes creen y saben rezar, lo agradecerán y nunca lo olvidarán. Pienso en las personas que perdieron la vida en la línea 1 del metro valenciano y en los últimos segundos de su existencia. Pienso en las citas a las que no llegaron, en las cartas que ya no abrirán y en los mensajes que mandaron a otros móviles antes que la muerte les sorprendiera con su marcha de acordeón. Para ellos y sus familias me gustaría descubrir una palabra que no sea vulgar y que le haga justicia a todo lo que dejaron pendiente o por hacer. Leo los versos de César Vallejo y me encuentro con los poemas de España, aparta de mí este cáliz. Veo las imágenes de los cuerpos- -otra vez los cuerpos- -alineados en el suelo y no soy capaz de hallarlas. He terminado de leer esos poemas desconsolados y es como si también hubiera rezado por ellos. D FERNANDO IWASAKI Escritor