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28 Internacional LUNES 3 7 2006 ABC EL OGRO Y EL ESTADO La Casa Blanca y sus aliados se movilizan para cuestionar el patriotismo y responsabilidad del New York Times por haber publicado algunas de las polémicas tácticas anti- terroristas aplicadas por Estados Unidos desde el 11- S U no de los mitos más irracionales que han arraigado en España es el del nacionalismo como signo de modernidad. No es el caso de Italia, donde la reforma descentralizadora de Berlusconi fue rechazada por quienes creían que era una amenaza a la cohesión y solidaridad económica entre el norte y el sur del país. Por no hablar de Francia, donde derecha e izquierda presumen de progresismo y centralismo a un mismo tiempo. No digamos los países nórdicos, asentados en la más estricta ortodoxia del Estado- nación, a partir del que gustan de presentarse como vanguardia de la modernidad. Es difícil resistirse a ALBERTO la exaltación nacionaSOTILLO lista. La primera vez que vi cómo emergía de la grisalla soviética el desfile de viejos cantos y emblemas medievales de las repúblicas más o menos reales o ficticias que querían romper la URSS, yo también quedé pasmado. Pero después, cuando reapareció el mismo desfile en la antigua Yugoslavia, ya sabía por experiencia que aquello no iba a acabar bien. La Unión Soviética no era un país, sino un partido político convertido en Estado. No había que lamentar su desaparición. Lo lamentable fue la escabechina que le acompañó en el Cáucaso entre resonar de cantos épicos y flamear de viejas banderas. La historia de la desintegración del bloque comunista y del disgregador medievalismo que le sustituyó es un elocuente ejemplo de cómo al nacionalismo no le interesa la libertad ni el progreso, sino su propia construcción nacional a la que sacrifica cuanto encuentre en el camino. La desintegración de Yugoslavia es el caso más extremo, pero los síntomas fueron los mismos en todas aquellas repúblicas que tuvieron que inventarse una nación de la noche a la mañana. Mitos, leyendas, odios, filias y fobias irracionales hicieron olvidar muy pronto las prosaicas aspiraciones de libertad y progreso. Afortunados no son sólo los pueblos que disponen de un fuerte desarrollo económico, sino también los que cuentan con un Estado que garantiza la convivencia y la racionalidad de su política. Y esos Estados, por arraigados que parezcan, ni son invulnerables, ni se puede jugar con ellos impunemente. A veces incluso se pierde el Estado casi sin darnos cuentas. No es cuestión de hacer insensatas comparaciones. Pero Bélgica es un ejemplo de cómo se debilita un Estado sin que lo parezca. Flamencos y valones son como un matrimonio que comparte un mismo hogar, pero que no se dirige la palabra. ¿Y qué han ganado de todo eso? Durante el escándalo del pederasta Dutroux quedó en evidencia la ineficacia de un Estado en su mínima expresión, donde el reparto de jueces y policías se hace por cuotas nacionales. Hoy se repite el escándalo. Y nadie quiere darse cuenta de que, a veces, estas páginas negras de la actualidad también tienen mucho que ver con la ineficacia de un Estado que declina. La otra guerra de Bush TEXTO PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL WASHINGTON. Aunque el New York Times nunca ha sido el periódico favorito de los conservadores en Estados Unidos, la ofensiva de frontales ataques y vitriólicos reproches planteada durante los últimos días por la Casa Blanca y sus aliados contra uno de los principales diarios del mundo, ha servido para ilustrar una vez más las tensiones cíclicas que genera la libertad de Prensa al enfrentarse con cuestiones de seguridad nacional, empezando por la divulgación de algunas de las más controvertidas tácticas antiterroristas aplicadas por la Administración Bush. El casus belli para el último enfrentamiento entre los poderes Ejecutivo y periodístico en Estados Unidos ha sido la reciente publicación de detalles sobre un programa secreto para vigilar y rastrear las transacciones financieras de sospechosos de terrorismo. Aunque Los Ángeles Times y el Wall Street Journal también han aportado sus propios detalles sobre estas actividades de espionaje bancario, las iras de la Casa Blanca se han concentrado con diferencia en el New York Times. El presidente Bush llegó a calificar estas filtraciones como vergonzosas mientras que el vicepresidente Cheney cuestionó los méritos del legendario diario con sede en la calle 43 west de Manhattan para hacerse acreedor de premios Pulitzer. Algunos congresistas republicanos llegaron a pedir el enjuiciamiento al Times por poner en peligro la seguridad de Estados Unidos, solicitándose a los servicios de inteligencia un análisis de los daños incurridos por informaciones publicadas. El director del New York Times, Bill Keller, atribuyó toda esta tormenta de ataques- -a la que se sumaron con gusto algunos medios conservadores- -como producto del resentimiento acumulado desde que el diario divulgó el pasado diciembre la existencia de un programa de escuchas extrajudiciales dentro de Estados Unidos. Reconociendo que existen preocupaciones legítimas sobre la conducta de su diario en tiempos complicados como los actuales, Keller explicó que cuando llega la hora de tomar decisiones sobre noticias de este tipo siempre empiezo con la premisa de que nuestro trabajo es publicar información cidad en un solo medio, al que algunos comentaristas y locutores no dudaron en identificar como una especie de combatiente ilegal que actúa en beneficio de Al Qaida. Para algunos analistas, la actual controversia también se presenta alimentada por la embarazosa exclusiva del Washington Post sobre una red internacional de prisiones secretas de la CIA. Salvaguarda frente a abusos A juicio de William Bennett, peso pesado intelectual del movimiento conservador, la situación llegó a alcanzar un nivel sin retorno, en el que la Prensa parece empeñada en negar al Gobierno de Estados Unidos el necesario secreto de vitales operaciones anti- terroristas. Pero para Lucy Dalglish, directora ejecutiva del Comité de Reporteros para la Libertad de Prensa, resulta casi ilusorio pensar que este tipo de informaciones ayuden a los enemigos de EE. UU. ya que cualquier terrorista razonablemente listo opera sabiendo que sus transacciones financieras o sus comunicaciones corren siempre el peligro de ser interceptadas. Mientras que Jonathan Turley, profesor de Derecho de la George Washington University, argumenta que esta bronca ilustra cómo los medios de comunicación están actuando casi como la única salvaguarda contra potenciales abusos de la Casa Blanca. Los defensores del diario afirman que la Administración Bush no está cualificada para dar lecciones de responsabilidad periodística, con un historial que incluye vídeos de propaganda en forma de noticias. Bahía de Cochinos En la historia de las relaciones entre la Casa Blanca y los medios de comunicación de EE. UU. este tipo de enfrentamientos no son algo nuevo. El presidente Kennedy logró que el New York Times se callase la anticipada exclusiva de la invasión de Bahía Cochinos. Richard Nixon llegó a crear una unidad de fontaneros para erradicar perjudiciales filtraciones a la Prensa. Y la Administración Reagan también amenazó con procesar a periodistas que divulgasen cuestiones de seguridad. Lo que esta vez ha llamado la atención es que la Administración Bush se haya concentrado con tanta fero- El director del New York Times atribuyó los ataques a la divulgación del programa de escuchas El vicepresidente Cheney (izquierda) y el congresista Scott Garrett, en un reciente acto en Nueva York AP