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ABC LUNES 3 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA SOSPECHOSOS HABITUALES CASO uno de los pocos desastres de los que no tenga la culpa- -al menos toda la culpa- -el Gobierno sea el de la trágica secuencia de las muertes en carretera. Instalados en lo que el sociólogo Robert Hughes llamó la cultura de la queja propia de sociedades tan acomodadas como débiles, los españoles tendemos con demasiada frecuencia a exculparnos de la responsabilidad de nuestros propios problemas, que descargamos sobre los poderes públicos sin acabar de entender que las sociedades modernas funcionan mejor cuanto menos se inmiscuyan en ellas las autoridades. En el casode lossiniestros de tráfico, resulta muchomás fácil culpar de manera genérica al Gobierno que aceptar la existencia IGNACIO de una conducta colectiva CAMACHO temeraria, desafiante y despreocupada. Lo peor del caso es que el Gobierno, al menos este Gobierno, se siente interpelado por esa responsabilidad delegada, y acude encantado a intervenir porque le mola el intervencionismo en la vida pública. Sobre todo si es gratis, si no le representa un esfuerzo inversor. Así ha alumbrado el flamante carné por puntos, una ley discriminatoria- -aparcar tres veces en doble fila, por ejemplo, tiene el mismo castigo que circular a todo trapo- puntillosa y bastante represiva, que no cuesta un euro y permite ofrecer la sensación de un gran interés proteccionista por la vida de los ciudadanos. El verdadero campo de actuación de un Gobierno en la siniestralidad automovilística es el de la mejora de la red de carreteras, pero resulta muy caro y, además, muy lento; las autopistas reducen casi a la mitad el número de accidentes, pero suelen inaugurarlas los sucesores de los que las planifican. La política de infraestructuras ofrece poco rédito y requiere mucho dinero, aspectos que disgustan al zapaterismo, partidario de actuaciones sencillas con inmediatos retornos propagandísticos. Puro pensamiento débil aplicado a la gobernancia. El Gobierno de Zapatero huye de las grandes inversiones porque tiene un sentido muy provisional y cortoplacista de la política. Necesita éxitos expeditivos, que no se logran construyendo autovías, ni ferrocarriles, ni trasvases hidráulicos. Por eso las nuevas leyes son de bajo coste, como las líneas aéreas emergentes: el matrimonio homosexual, el divorcio express, la prohibición del tabaco, ahora la seguridad vial. Bonito, barato... y rápido, porque los plazos de proyectos, expropiaciones y concursos no están pensados para impacientes. De modo que en vez de expropiar fincas para hacer carreteras, el poder expropia puntos para acojonar a los conductores. Éste es un aspecto importante. Para mantener la cohesión del poder es menester conseguir que la gente se sienta vigilada y bajo control, incrementar el númerode sospechosos habituales. Así, a los católicos, los de derechas, los constitucionalistas, los fumadoresy hasta losheterosexuales, se suman ahora los automovilistas. Dan ganas de hacerse batasuno para convertirse en un ciudadano respetable y libre de toda sospecha. A PATRIOTERISMO FUTBOLERO S usted de los que piensan que la selección de ese conglomerado de naciones, realidades nacionales y demás entes territoriales soberanos antaño denominado España ha jugado bien en el campeonato mundial de fútbol? Le recomiendo entonces que no siga leyendo este artículo. ¿Desde cuándo ese tiquitaca somnífero, sin otro horizonte que el sobeteo superfluo de la pelota, incapaz de crear un desmarque, incapaz también de desbordar al adversario por velocidad, se considera buen fútbol? En anteriores fiascos, el aficionado al menos tenía la gallardía de pillarse un berrinche; y, tras las efusiones patrioteras, arremetía contra ese hatajo de señoritos inoperantes. En esta ocasión, misteriosamente, a la decepción no ha sucedido el legítimo berrinche, sino un estrafalario conformismo, no exento de ribetes de complacencia tontorrona. Al menos nuestra selección tiene un esJUAN tilo propio cacarean los comentarisMANUEL DE tas; y el aficionado asiente, con esa PRADA mansedumbre bovina de quienes están dispuestos a comulgar con ruedas de molino. ¿Qué estilo propio ni qué niño muerto? ¿A esa modorra de pasecitos inocuos se le llama ahora estilo propio? Sospecho que sobre el aficionado español pesa ese poder de sugestión que ejercía sobre los curiosos de la fábula el paso del rey desnudo. Claro que más enigmática aún resulta la condescendencia con que se ha tratado a Luis Aragonés, incongruente con la severidad y el encono con que fueron despachados anteriores seleccionadores que lograron completar faenas menos calamitosas. Resulta difícil entender que un señor rezongón y más bien hosco se granjee simpatías unánimes; pero mucho más difícil aún resulta entender que, tras la eliminación poco heroica de su equipo, se hayan apresurado a renovarle el contrato. Repasando la actuación de la selección española, uno no acaba de encontrar razones que expliquen tan- ¿E ta complacencia. La victoria contra Ucrania tuvo mucho de espejismo: dos goles tempraneros, logrados en los dos primeros tiros a puerta (y con cierta aportación de la chiripa) desarbolaron al adversario, al que encima pitaron un penalti que no fue, dejándolo en inferioridad numérica. Contra esa superpotencia balompédica llamada Túnez nuestra selección ya empezó a mostrar las esencias de su estilo tiquitaca de una esterilidad desesperante que sólo se corrigió in extremis. Mucho más inquietante fue el espectáculo desplegado ante Arabia Saudita, otra superpotencia del concierto mundial, donde la victoria raspada y agónica fue una recompensa desmesurada al juego obtuso, espesote y sin tino desplegado por nuestros compatriotas. Y llegó el partido de octavos de final con Francia. Aquí no nos bastó con mantener la fidelidad a ese fútbol romo y sin profundidad que cifra en el mero sobeteo del balón las posibilidades de éxito; no, señor. Infatuados por el espejismo de una clasificación desahogada, nos dedicamos a burlarnos de los gabachos, a quienes comparábamos con una patulea de jubilados del Inserso en excursión de fin de ciclo. ¡Jodo con los jubilados! Sólo Zidane, a quien la prensa autóctona dedicó algunas menciones ignominiosas en las vísperas del partido, atesora más fútbol en la uña del dedo meñique del pie izquierdo que los once jovencitos que se le enfrentaron, puestos en fila india uno detrás de otro. Especialmente indecoroso resultó el comportamiento de los aficionados españoles presentes en el estadio, que abuchearon los compases de La Marsellesa, en una muestra más de esa prepotencia patriotera que enfanga los peores episodios de nuestra historia. Pero nadie podrá reprochar a los estilistas españoles que no fueran leales a las enseñanzas que les había inculcado su entrenador; ni siquiera a falta de diez minutos para el final del encuentro, cuando el marcador se puso cuesta arriba, dimitieron de su tiquitaca insulso e inoperante. A esto se le llama, desde luego, morir con estilo.