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ABC DOMINGO 2 7 2006 61 Cultura y espectáculos Un disco póstumo, American V: a hundred highways (a la venta mañana) y una intensa autobiografía mantienen viva la obra del legendario Hombre de Negro, desaparecido en septiembre del año 2003. Música desde los honky- tonk del cielo El último viaje de Johnny Cash TEXTO MANUEL DE LA FUENTE MADRID. Ya va para tres años (el 12 de septiembre de 2003, cuatro meses después que su amadísima esposa, June Carter) que el Hombre de Negro hizo la última maleta, su último y ligero equipaje camino de los honky tonks del cielo. Pasado este pequeño pero intenso período su figura, su entidad artística y carismática carrera no han hecho sino agrandarse. Esta misma temporada, la vida y la obra de Johnny Cash ha sido objeto de una bonita semblanza con el estreno de Walk the line (En la cuerda floja) una película que ha acercado la figura de este hombre y nombre de leyenda al gran público. El penúltimo forajido de la música popular cruzó varias veces la frontera de la que otros nunca regresaron. Su vida está marcada por la música, su pasión por June (heredera de la gran familia de patriarcas de la canción popular norteamericana, la Carter Family) sus excesos con las pastillas y su reencuentro con la religión. Estas cuestiones son el eje de Cash una autobiografía publicada en estos días (Ed. Global Rhythm) por primera vez en castellano (con traducción del crítico y periodista Ignacio Juliá, toda una garantía) aunque la versión original es de 1997, cuando Juanito Caesche (ése es su apellido originario de Escocia) vivía un momento apacible de su vida, recuperado de la grajeomanía y recuperado su éxito gracias a su serie de discos American producidos por Rick Rubin, quien también dio forma a las grabaciones póstumas del artista de Arkansas que este lunes se editan bajo el nombre de American V. A hundred highways Y es que Rubin, ciertamente, se está convirtiendo desde hace más de una década en una suerte de Phil Spector, La música de Johnny Cash camina hacia la eternidad ABC un productor estrella, aunque, eso sí, usando armas y cadencias totalmente diferentes a las del creador del muro de sonido. Valga la palabreja postmoderna, pero Rubin es un deconstructor. O, si prefieren, una suerte de vampiro, capaz de dejar en la esencia y en los tuetanillos las canciones de quien se le ponga por delante, Cash en este caso, o Neil Diamond hace unas semanas con su magistral 12 songs Rubin cogió al gran Hombre de Negro allá por 1994 cuando Johnny andaba de capa caída. Pero la cosecha creativa de los dos cerebros iba a ser incontestable y este álbum póstumo lo reafirma. Claro es que la voz de Cash suena a despedida (fue grabado apenas unos meses antes de su muerte) que sus letanías te encogen el alma, y te dejan el corazón como un guiñapo. Pero no menos cierto es que la belleza de las tonadas es insuperable. Como el John Wayne canoso que al atardecer se despide del Séptimo de Caballería, Cash, cabalga también en el crepúsculo de América y en el crepúsculo de su vida en estas piezas, donde canta sobre la fe, sobre la Biblia, sobre los pobres, los desheredados, sobre la desolación y la esperanza. La biografía, sin embargo, nos muestra un Cash que allá por 1997 reflexiona sobre su existencia, sobre música, sobre sus conocidos, Roy Orbison, Carl Perkins, Elvis Presley y Jerry Lee Lewis, sobre los momentos escabrosos, pero también sobre los momentos de felicidad. No faltan tampoco el testimonio de sus ideas religiosas que le acercaron al cristianismo fundamentalista, ni se omiten su defensa de los soldados del Vietnam (de los soldados, no de la guerra) y se percibe a través de sus páginas la existencia de un hombre tremendamente individualista, heredero de aquellos pioneros que conquistaron el Oeste, pero heredero y defensor de los marginados, los presos, los delincuentes, los pieles rojas. Por ahí por los cielos del rock and roll, Johnny Cash andará cantándoles canciones al oído a San Pablo (las enseñanzas del de Tarso y su converisón eran paradigmáticas para él) y empeñado en seguir vestido de negro. Aunque todo el mundo sabe que los ángeles, incluso los de Arkansas, van de blanco.