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ABC DOMINGO 2 7 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA CUANDO LOS MALOS RÍEN E 12 PUNTOS PARA TODOS IENEN algo de puntos Plus de Iberia, de puntos Membership Reward de American Express, de puntos de viajero frecuente del Ave. Y más desde que el nuevo formato del carné de conducir no es el tríptico de color rosa que había que plastificar, sino como una tarjeta de crédito. El documento oficial que más simpático nos cae a algunos que estamos por la labor de la Institución Monárquica frente a esta marea creciente de banderas tricolores del moraíto de martirio de la República y la guerra incivil. El carné de conducir es la única papela oficial que dice claro lo que somos: Reino de España Al carné de conducir le han dado formato de tarjeta de crédito porque lo es. Las carreteras y las calles son cajeros automáticos donde metemos esa tarjeta del carné para ver el saldo del crédito de puntos. Nada más entrar en vigor el sistema de puntos y de sus penalizaciones, ya habrán oído la ANTONIO frase del ingenio español: BURGOS- -Si seré mal conductor, que ya le debo puntos a Tráfico. Puntos igualitarios, en este Reino de España donde hay que ver lo que gusta igualar por abajo, cuanto más lejos de la excelencia, mejor. Me tengo por conductor veterano, prudente y afortunado. Casi soy socio fundador de la Dirección General de Tráfico. Desde el 19 de agosto de 1961 tengo carné de la clase que antes se llamaba Segunda y ahora B. En estos 45 años de conductor, gracias a Dios y a San Cristóbal, no he tenido más percance que aquella noche lluviosa que venía de la Goyesca por la vieja carretera de Ronda y choqué... con un risco de la cuneta, en una curva peligrosa y resbaladiza. Ni el menor incidente de chapa y pintura he tenido con otros vehículos, y sigo tocando madera, como puede atestiguar mi historial de asegurado en Mapfre. Compañía de seguros que siempre me hizo bonificaciones en las primas por mi veteranía al volante y mi poca afición a las visitas al chapista o a los T partes de la Guardia Civil de Tráfico. En cuyos antecedentes de multas y sanciones, si los miran, he de salir más blanco que Michael Jackson quiere ponerse la cara. Y con estos antecedentes de prudencia, de experiencia, de veteranía, a mí Tráfico me da 12 puntos, 12. Exactamente los mismos 12 puntos que a un señor que se haya dado siete castañazos importantes con el coche y esté condenado por atropellar, borracho, a un peatón en un semáforo en rojo. ¿Cómo mis 45 años de prudencia no tienen la menor compensación, y me dan sólo 4 puntos más que al chaval que acaba de sacar el carné para conducir el coche que sus padres le han regalado al aprobar la Selectividad? Si al que le quitaron ya antes el carné ya dos veces por conducir borracho tiene 12 puntos, ¿cuántos cientos de puntos debería yo de atesorar, como premio a mi prudencia y observancia de las leyes? No soy conductor demasiado habitual, ni mucho menos diario. Mi mérito sin accidentes, pues, no es el mismo que el que en mis mismas circunstancias tengan un taxista o un camionero, que encima han de correr mucho mayor riesgo de pérdida de puntos, porque al que se le derrama el aceite es a quien anda entre los óleos. Al cabo de dos meses, mis 12 puntos intactos no tendrán tanto mérito como esos 12 puntos en un taxista con diez horas al volante. ¿Cómo este igualitarismo absurdo de 12 puntos para todos, hagas los kilómetros al año que hagas, con antecedentes de accidentes o sin ellos, con un curriculum de multas y alcoholemias positivas o sin él? Y el absurdo supremo: si hay un señor con carné sacado que no conduce nunca, porque ni tiene coche, en unos años Tráfico le habrá subido como premio sus puntos a 15, por no haber cometido faltas. ¡Eso sí que es un peligro, ese conductor absolutamente inexperto, cuando coja un volante, por muchos 15 puntos que tenga! Penoso igualitarismo donde un gobierno que se dice muy de izquierdas penaliza a los que se ganan su pan con el volante. SOS tipos, los malos, están demasiado contentos. Digo los malos porque yo sí creo en la frontera del bien y del mal, aunque acaso cualquier día el presidente Zapatero, paladín del relativismo, salga diciendo que esos también son conceptos discutidos y discutibles Yo no creo en demasiadas verdades categóricas, pero aún me quedan algunas certezas. Son buenos, por ejemplo, los que sufren el dolor del asesinato de sus familiares y amigos y lo soportan a cuestas en silencio sin dejarse llevar por el deseo de la venganza. Son malos los que matan y sus cómplices, los que se ríen y brindan tras cada crimen, los que se niegan a repudiar, siquiera teóricamente, la violencia y el terror como herraIGNACIO mientas políticas. Y a ésos CAMACHO se les ve estos días demasiado alegres para que los demás nos sintamos tranquilos. Esto del proceso debería ser al revés: las víctimas y la gente de bien, la inmensa mayoría de los ciudadanos decentes tendría que andar razonablemente esperanzada. Y los otros, los acólitos del mal, los monaguillos del delito, hallarse si no tristes, al menos discretos, envueltos en la sensata reserva de la espera. Pero ocurre que andan entregados a una indisimulada euforia, cuyos signos transmiten al país entero el estado moral de una derrota. Es sencillo: si ellos ganan, los demás perdemos. Porque todo lo que ha sucedido estos años, el sufrimiento, la zozobra, el miedo y la sangre, era, justamente, un precio valiosísimo que la democracia pagaba para no resultar vencida. El precio, penoso y desgarrador, de la libertad. Mucha gente teme ahora que se devalúe ese tributo, y el presidente no tiene manera de tranquilizar a nadie mientras los etarras y los batasunos se ufanen de la inminencia de una victoria. Porque, además, tal parece que sólo le importa lo que ellos piensen, y sólo cumple su palabra ante sus exigencias. Le ponen un plazo, y lo acepta; le ponen una condición, y la acata. En cambio, salta sus propios compromisos más honorables: da por buena la tregua, hace la vista gorda ante la extorsión, ablanda a los fiscales, no llama a Rajoy, no comparece ante el Congreso- -que no es lo mismo que en el Congreso- -y, sobre todo, no espera al cese definitivo y verificable de la violencia, como él mismo anunció con toda su falaz solemnidad inicial. No ha dado una palabra que no haya incumplido. A la ciudadanía democrática, quiero decir; a los otros es de temer que les esté resultando por completo leal. Por eso toda esta expresión alborozada de Batasuna no hace sino provocar un escalofrío de inquietud. No hay términos medios en este juego tan peligroso: o ganan los que han matado, extorsionado y agredido, o ganan los que han sufrido la extorsión, la agresión y la muerte. Ganar no es conformarse con una ignominia, es quedar con la dignidad colectiva a salvo. Ganar, presidente, es conseguir que dejen de matar sin hacer nada de lo que tengamos que avergonzarnos. A menos que la vergüenza y el oprobio también sean algo discutido y discutible.