Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 1 7 2006 Madrid 47 Las quejas de los vecinos llegan hasta el Defensor del Pueblo El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, recoge, en su informe anual, la sensación de desprotección e inseguridad que tienen los vecinos de Lavapiés a tenor de las numerosas quejas por robos, peleas y tráfico de drogas que ha recibido. En relación con estas quejas, tanto la Dirección General de la Policía como el Ayuntamiento de Madrid han remitido a Múgica sendos informes sobre las actuaciones que se llevan a cabo en la zona para mejorar esta situación La Policía indica que el barrio se patrulla las 24 horas del día por funcionarios, tanto de uniforme como de paisano, con especial interés en la plaza de Lavapiés y calles adyacentes Señala, además, que en los siete primeros meses de 2005, y con respecto al mismo periodo del año anterior, se había reducido el número de delitos en un 20,8 por ciento. El Ayuntamiento, por su parte, también insiste en que ha reforzado el servicio policial (Policía municipal) especialmente en cuanto a control del tráfico y seguridad vial. Recuerda su Plan de Acción para Lavapiés en el que participan un total de 1.215 agentes. verdad que cada vez hay aquí menos drogadictos. Pero no es que se trasladen de sitio. Qué va. Por lo general no es así. Es que se van muriendo Son pacíficos aunque, a veces, regañan entre ellos continúa Medina. No hay problemas de robos ni demasiada violencia, pero es lamentable verlos en el estado en que se encuentran nos dice, sin inmutarse, este hombre desde el chiscón del inmueble en el que trabaja. cing Parece que se conocen. No hay duda. Los dos se dirigen hacia una esquina de la plaza, justo donde también podrán librarse de la solanera; debajo de un árbol, para compartir batido y penas. No hay forma de sacarles una sola palabra. Desconfían. No des la murga, tía es lo más que sacamos de sus labios. Broncas y botellones La mismísima plaza de Lavapiés sí tiene episodios violentos. Muchos vecinos se quejan de los botellones y las broncas a cargo, por lo general, de inmigrantes iberoamericanos. Paqui, que regenta el quiosco de prensa de esta plaza, asegura que yo toxicómanos veo menos. Lo que sí hay, y mucho, son indigentes y alcohólicos. Lo peor, lo que más pena da, es que suelen ser jóvenes. Hay frecuentes peleas entre ellos y es desagradable. Violentos con los demás no suelen ser. Se pasan el día bebiendo y durmiendo. Es una pena. Y viven aquí, al raso, y hacen casi todo aquí. Nosotros los tenemos que mover cuando venimos a las siete de la mañana para abrir el quiosco Nos recuerdan que, ahora mismo, el grueso del trapicheo de la droga se ha ido a la calle de San Cayetano, donde los vecinos realizan caceroladas de protesta para que la Policía Nacional y el Ayuntamiento tomen cartas en el asunto. Restos de delincuencia Algunos vecinos charlan con los toxicómanos en la plaza de Lavapiés Tirso de Molina es, más o menos, la puerta norte de entrada a Lavapiés. Lleva ya algún tiempo lavándose la cara. Y lo está consiguiendo poco a poco, despacio. Todavía queda inseguridad, trapicheos con la droga y reyertas. Es, aunque algunos lo nieguen, uno de los puntos calientes de la ciudad. En realidad, casi todo el centro madrileño lo es. No hay más que pensar en la plaza de María Soledad Torres Acosta- -también conocida como la plaza de la Luna- donde la marginalidad y la exclusión social también se mezclan con la prostitución. En Lavapiés- -barrio de Embajadores- ahora mismo, no se llega al punto de la plaza de la Luna, pero, por qué negarlo, hay restos importantes de delincuencia e inseguridad. En muchas de sus calles, se quiera o no, todavía se respira una tensa calma, unas miradas que se cruzan y mucha gente que no se fía del que viene a su lado. El recorrido de la marginalidad por esta zona nos lleva a la plaza de Lavapiés. Allí, lo que encontramos es a varios mendigos tirados en plena calle. Se acercan las dos de la tarde y el sol es abrasador. Sin embargo, un joven, de apariencia sucia y desaliñada, duerme como un bendito su resaca a la sombra de varios árboles y sobre un colchón que da asco nada más verlo. A la espera de la cunda Llegamos al final del este circuito de la marginalidad en el barrio de Embajadores, justo en la glorieta de dicho nombre. Con las obras y el constante fluir de los coches no parece, a primera vista, que haya nada de especial. Pero en el cruce con la calle de Alonso del Barco la estampa es desoladora: no menos de doce toxicómanos, también en mal estado físico, esperan como locos la llegada de una cunda que les transporte a algún punto de venta de drogas. Se les ve nerviosos, intranquilos. Y llega un coche blanco, destartalado, en el que se meten como flechas. Esperanza, que regenta un puesto de helados y refrescos, los tiene todo el día en su punto de mira. Me dan mucha pena. Sí se pelean entre ellos y veo que están muy enfermos. Violentos con los demás no son. No tienen ni fuerzas para ello Pidiendo limosna Cerca, como descontrolada, vemos a una joven, llena de piercing pidiendo limosna entre los clientes de la terraza de un bar. Es para un batido se justifica la muchacha ante la atónita mirada de los que consumen al fresco su aperitivo. Por la esquina de la calle de Argumosa aparece otro joven toxicómano que saluda a la muchacha de los pier- La calle es el domicilio habitual de jóvenes indigentes y drogadictos