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4 Opinión SÁBADO 1 7 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil MÉXICO, ENCRUCIJADA EN LAS URNAS H CARNÉ POR PUNTOS H OY entra en vigor el sistema de carné por puntos con el que el Gobierno aspira a reducir de forma significativa las cifras de infracciones de tráfico y, en definitiva, de víctimas mortales en la carretera. El sistema se basa en la asignación de un número de puntos por carné- -doce para los conductores con experiencia; ocho para los noveles- del que se reducirán los que prevé la normativa para cada tipo de infracción. Además, en caso de retirada del permiso de circulación por pérdida de puntos, el conductor deberá realizar cursos de reeducación en seguridad vial para recuperar el carné. Igualmente, el conductor que no cometa ninguna infracción verá cómo su crédito aumenta hasta un máximo de quince puntos. Por tanto, una combinación de premio y castigo. La iniciativa en sí misma es buena, y tiene a favor la experiencia de otros países, como Francia, Reino Unido o Alemania, donde la disminución de accidentes y víctimas ha demostrado la eficacia del sistema de penalización a los infractores. Por otro lado, hay que reconocer que todas las medidas de prevención y sanción adoptadas en los últimos años, debidamente anunciadas a través de campañas de propaganda a cada cual más impactante, han tenido efectos muy dispares, pero no han hecho reducir todo lo que era deseable las estadísticas negras de la carretera. Así, han aumentado las sanciones administrativas por infracciones de tráfico, se ha ampliado la responsabilidad penal de los conductores y se ha hecho un llamamiento continuo a la conciencia de los ciudadanos. A pesar de todo, las cifras de accidentes, muertos y heridos siguen siendo inaceptables, y no cabe, en este caso, echar toda la culpa, ni la mayor parte de ella, a las administraciones públicas, porque la mayoría de los accidentes responden a causas imputables a los propios conductores, como la distracción, el exceso de velocidad, el consumo de alcohol o la simple temeridad. Este diagnóstico no exime a las autoridades de su obligación de mejorar la red de carreteras, sobre toda la secundaria, ni de actuar decididamente sobre los puntos negros de la red y las deficien- cias en la señalización. Es decir, de eliminar todos los factores de riesgo que incumben a las administraciones. Por tanto, la escalada de medidas de disuasión y sanción será un mal inevitable en tanto la educación vial de los conductores no la haga innecesaria. Dicho esto, la implantación del carné o permiso por puntos no está exenta de riesgos y críticas. Tan mala sería la pasividad de los poderes públicos ante la sangría anual de víctimas como empezar ahora una cacería administrativa del conductor en la que lo importante no fuera tanto la seguridad vial como demostrar a toda costa que el sistema de penalización se aplica a rajatabla. En este sentido, la ley que implanta el carné por puntos incurre en un exceso de perfección teórica, pensado para premiar la conducción modélica y a conductores impecables y, al mismo tiempo, para sancionar a la mayoría de los que se ponen al volante. Esta crítica no se dirige contra la necesidad del sistema de penalización, sino contra la tentación de convertirlo en la panacea de la inseguridad vial y de abandonar otras vías de prevención de las infracciones de tráfico. Por otro lado, el Estado podrá garantizar una aplicación estricta de este sistema de penalización durante un tiempo limitado, en momentos concretos- -como la operación salida de este mismo fin de semana- -o en zonas determinadas, pero no es realista pensar en una aplicación continuada en todo momento, en toda la red de carreteras y en todas las zonas urbanas. Simplemente, no hay medios humanos para este nivel de máxima aplicación del sistema. La experiencia de otros países ha puesto de manifiesto la conveniencia de vigilar las infracciones más graves y aquéllas que ponen en riesgo la vida de otras personas, manteniendo, al mismo tiempo, el mensaje disuasorio de que cualquiera puede ser sancionado en cualquier momento. Lo peor que le puede suceder a una ley es que su aplicación real quede tan por debajo de sus exigencias formales que acabe convertida en una amenaza sin contenido. Esto conduciría a una sensación de ineficacia e impunidad letal para los objetivos del sistema de penalización por puntos. CRISIS DE UN DEPORTE ÉPICO RANDES figuras del ciclismo nacional e internacional aparecen implicadas en el sumario de la operación Puerto el mayor golpe policial y judicial contra el dopaje deportivo en España. A salvo la presunción de inocencia y las garantías procesales, parece claro que nada volverá a ser igual en un deporte de excepcional dureza. La sombra de la duda, que en algún caso es ya una certeza, se extiende de forma imparable. En estas condiciones, el Tour de Francia que ahora se inicia queda marcado por un escándalo de dimensiones insospechadas, aunque es destacable la reacción fulminante de los organizadores con la expulsión de los implicados, entre ellos varios de los favoritos. Sólo una firme voluntad de transparencia en el mundo del ciclismo y una absoluta firmeza de los organizadores y poderes públicos puede dar una nueva oportunidad a este deporte, en forzosa cuarentena. A día de hoy, nadie se ocupa de las etapas y las estrategias de carrera, sino de personajes turbios, transfusiones de sangre y sustancias dopantes; en definitiva, un desastre sin paliativos que tardará mucho tiempo en repararse. G El deporte profesional mueve mucho dinero y genera grandes intereses, no siempre legítimos. El ciclismo se adapta con dificultad a los nuevos tiempos, porque la vida de los protagonistas es más dura que la de otros deportistas mejor pagados y quizá más reconocidos. La tentación de utilizar sustancias químicas para multiplicar las fuerzas hace que algunos caigan en manos de desaprensivos que llevan su afán de lucro al límite mismo de la vida y la salud de los ciclistas. La Justicia tiene que ser implacable al castigar este tipo de comportamientos, y las autoridades deportivas deben tomar medidas para conseguir que este deporte épico salga del bache profundo en que está inmerso. Tal vez habría que estudiar fórmulas para hacer las carreras más humanas y, en todo caso, deben establecerse mecanismos de control previo de la limpieza de la competición. Las gestas de los grandes campeones merecen el reconocimiento de todos: en su nombre, deportistas y poderes públicos tienen que contribuir a que el Tour de Francia, como la Vuelta a España, el Giro de Italia o las otras grandes pruebas, recuperen el prestigio que merecen. ACE ahora seis años, la sociedad mexicana dio un paso titánico en el camino de la renovación social y política con una elección presidencial que por primera vez en setenta años permitió poner fin a un sistema de virtual partido único que llegó a ser conocido como la dictadura perfecta Los electores depositaron entonces todas sus esperanzas en las manos de Vicente Fox, y lo más que puede decirse ahora es que tienen muchas razones para sentirse profundamente decepcionados: durante este periodo presidencial, Fox no ha estado ni mucho menos a la altura de las expectativas que había levantado y su mandato va a pasar a la historia como el sexenio de la decepción. En estas circunstancias no parece extraño que los candidatos populistas y demagógicos, como Andres Manuel López Obrador, puedan aprovechar la situación de descontento provocada por los partidos tradicionales, el sempiterno PRI, con su lastre histórico de abusos y perversiones sociopolíticas, y el PAN, que carga con la imágen de desengaño por la experiencia de Fox. López Obrador ha sido durante este último mandato el alcalde de la capital mexicana y se ha dedicado sin contemplaciones a preparar esta cita electoral, más interesado en hacer cosas que le allanasen el camino hacia la residencia presidencial que en buscar el beneficio directo de sus administrados. La demagogia suele tener mucho éxito cuando se dispone de abundante dinero público, aunque proponiendo más intervencionismo y frenos a la liberalización, por más que haya intentado tranquilizar a los agentes económicos, las recetas de López Obrador son exactamente lo contrario de lo que México necesita. Así las cosas, las encuestas indican que, ante la elección de este domingo, los mexicanos dudan entre volver a dar su confianza a un candidato del PAN como Felipe Calderón, o seguir esa corriente del nacional- populismo que se ha extendido en otras naciones americanas, eligiendo a López Obrador. Un triunfo de éste complicaría gravemente el paisaje político iberoamericano, tras la llegada al poder de Evo Morales en Bolivia y la cada vez más expansiva figura de un inquietante Hugo Chavez, dispuesto a extender su eje bolivariano por todo el continente. Ciertamente, los mexicanos se pueden sentir defraudados por la legislatura de Fox, pero malo sería que una nación del peso especifico de México- -como movimiento reactivo y a través de un discutible voto de castigo a las fuerzas tradicionales- -decidiera apostar por la figura del líder izquierdista. Ante todo, hay que confiar en que los mexicanos se comporten como lo hicieron hace seis años. El proceso fue entonces modélico, gracias sobre todo a la actitud impecable del presidente saliente, Ernesto Zedillo. Es de esperar que, al menos en eso, Vicente Fox demuestre la misma grandeza y sentido de Estado que su predecesor.