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ABC VIERNES 30 6 2006 Espectáculos 69 El filme de Jean Renoir es un reto para el ojo, pues apela a la franqueza del realismo puro, con la intención de honrar y admirar su exacerbación, el impresionismo Partie de campagne un bocado de perfección E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Según el día y el momento, podría estar uno ante la película perfecta, ésa que se puede ver un par de veces en hora y media, y sin atisbo de menoscabo ni en su hechizo ni en su provecho; una obra infinita, sin principio ni fin, que no empieza y que está supuestamente inacabada por su director, Jean Renoir, pero tan compacta, tan maciza y consistente que resulta imposible sospecharle las faltas: de hecho, Renoir quiso volver a ella (realmente, la película se interrumpió cuando la hizo en 1936) pero fue incapaz de atisbar un hueco para entrar de nuevo allí; un instinto que rara vez (o nunca) se da en el cine: ése que lleva al lienzo a completarse a sí mismo y que le obliga al pintor a guardarse ese brochazo de más que siempre cabría... Partie de campagne es un reto para el ojo, pues apela a la franqueza del realismo puro con la intención de honrar y admirar su exacerbación, el impresionismo; algo así como una ofrenda visual a la pintura de su padre, Auguste Renoir, elogiada e intuida en diversos momentos de esa tarde campestre. Se entra a la historia con la naturalidad y la sencillez del agua, de un puente, de un niño que pesca y de una carreta ocupada por nuestros curiosos protagonistas... ¡Los secretos de la pesca, cuántos de esos misterios están encerrados en la diminuta y crucial lec- ción que nos ofrece entre apacibles estampas esta peliculita inacabada que habla también, por cierto, de ligeros romances inacabados y su impronta en el lienzo de una existencia. Estampas de balanceo en un columpio, de paseos en canoa, de rincones inexplorados del corazón (y) del bosque. Lo que ocurre en ese trozo de la campiña en el que se reúnen un burguesote matrimonio parisino; su hija, en pleno proceso de floración primaveral, el hombre que le tiene reservado su futuro y dos jóvenes faunos que se divierten tensando sus sedales y lanzando sus anzuelos... O sea, lo que ocurre allí es recogido por Renoir con la familiaridad y frescura de una polaroyd; recién hecho, recién sentido, recién visto... Escenas como de tomavista pero preñadas de belleza y de ese sentido caprichoso de la captura; de un naturalismo asombroso, que rezumará todo el cine de este hombre tan seriamente divertido: puro paisaje y naturaleza que puja por quedarse todo el cuadro, compaginado con un pasional plano corto, y especialmente el de la joven Henriette, Sylvia Bataille, tan elocuentes de sus estados de ánimo como los planos climáticos, de lluvia, de nieve, de paso de tiempo... o los melancólicos de él, Henry, clavado en ese físico de pianista de veraneo y reflexión de Georges D Arnoux... La naturaleza del campo y la naturaleza del ser humano, según Jean Renoir Porque, Une partie de campagne nos revela practicamente todos los sentimientos de esa tarde, pero le oculta al espectador, en una elipsis de mareo, toda una enorme cantidad de tiempo en la que los súbitos amantes se añoran sin que lo sepamos nadie. La elipsis fastuosa y aparentemente plácida da pie a ABC esa escena final en la que el Renoir hijo compite con el Renoir padre en el modo de pintar la naturaleza: la naturaleza del campo y la naturaleza del ser humano instalada en esa blancura dolorosa en el rostro de ella y en ese paseo de vuelta hacia donde sabes que no está tu felicidad. O algo así.