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ABC VIERNES 30 6 2006 57 El Ministerio de Sanidad permitirá la venta por internet de medicamentos sin receta médica Iglesia y Educación paralizan el diálogo sobre la clase de Religión hasta después de la visita del Papa ABC regala el próximo domingo la autobiografía escrita por Joseph Ratzinger, Mi vida cuando aún no representaba la cabeza de la Iglesia católica. Un relato sobre la vida de Benedicto XVI antes de convertirse en Benedicto XVI Un jumento de Dios JUAN MANUEL DE PRADA Así se define, hacia el final de su relato autobiográfico Mi vida Joseph Ratzinger, glosando las meditaciones de San Agustín sobre los salmos: como una bestia de carga, un animal de tiro- -iumentum- -al servicio de Dios. Como el obispo de Hipona, Benedicto XVI había creído que su vida estaría consagrada al estudio, que su profunda vocación teológica le garantizaría una existencia pacífica, recogida en un gabinete, apartada de las distracciones que exige el servicio pastoral. Como el obispo de Hipona, Benedicto XVI descubre que Dios se ha propuesto rectificar su designio, cargando sobre sus espaldas una tarea acaso más humilde, acaso más enojosa, que le impedirá desarrollar como él hubiese deseado esa vocación intelectual. Como el obispo de Hipona, Benedicto XVI se rebela en un principio contra esa encomienda, que seguramente llegó a abrumarlo; pero enseguida comprende que, aceptándola, está más cerca de Dios, más ligado a su voluntad. Desde hace varios años camino con mi carga por las calles de la Ciudad Eterna- -escribe en las últimas frases de este libro- Cuándo seré puesto en libertad no lo sé, pero sé que también para mí sirve: Me he convertido en una bestia de carga y, precisamente así, estoy contigo El cardenal Ratzinger entregó a las imprentas Mi vida en 1997, cuando desempeñaba el cargo de Prefecto en la Congregación para la Doctrina de la Fe. A la vista de los acontecimientos posteriores, las palabras que le sirven de colofón adquieren un vislumbre premonitorio. Aquel niño que se asomó a la belleza inmarcesible de la liturgia, aquel adolescente que padeció los horrores del nazismo, aquel joven sacerdote que se zambulló en los veneros de la sabiduría en Munich y Frisinga, aquel teólogo que pronto encontrará en la Tradición la forma más auténtica de audacia (en una época de audacias perecederas, dictadas por la pasajera modernidad) estaba destinado a suceder a Pedro, convirtiéndose en el jumento que tira del carro de Dios en el mundo. Ahora Joseph Ratzinger ya sabe que no será puesto en libertad hasta que no entregue a la tierra su envoltura carnal; pero sabe también que, al aceptar la carga suprema que le ha sido arrojada sobre las espaldas, está aceptando un designio que rebasa su mera voluntad. Mi vida el delicioso relato autobiográfico de Joseph Ratzinger que ABC distribuirá gratuitamente entre sus lectores el próximo domingo, es un libro que tiene la sobriedad de la nieve, su misma frescura matinal. Nos cuenta con un estilo limpio, cristalino, casi invisible, una aventura de la inteligencia incalculablemente hermosa: la de un muchacho bávaro que, educado por su familia en unas pasiones ancestrales y unas lealtades indeclinables entre las que se cuenta la fe, convierte su vocación intelectual, su apetito de belleza, en una gozosa pes- VICTOR INCHAUSTI Recepción en la Nunciatura Apostólica MADRID. El Nuncio Apostólico, monseñor Manuel Monteiro de Castro, ofreció ayer por la tarde una recepción en la sede de la Nunciatura Apostólica con motivo de la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que se celebró ayer. El ministro de Justicia, Juan Fernándo López Aguilar, asistió al acto, así como la directora general de Asuntos Religiosos, Mercedes Rico. Los cardenales Cañizares, vicepresidente de la Conferencia Episcopal (en la imagen con el nuncio) y Rouco, también estuvieron en la recepción quisa en pos de Dios. El libro nos depara algunos pasajes de concentrada y escueta poesía: el descubrimiento de la liturgia católica a través de los misales de la infancia, cuya sonoridad preñada de significaciones acabará convirtiéndose en el hogar de su espíritu; la vindicación de la cultura grecolatina, que creaba una actitud espiritual que se oponía a la seducción de la ideología totalitaria (por supuesto, el latín y la religión católica fueron las primeras disciplinas que los nazis removieron de las escuelas, sustituyéndolas por ciencias naturales y gimnasia, más o menos como hacen los nazidemócratas de hogaño) la exaltación de la sabiduría milenaria de la Iglesia, que se sobrepone a la sabiduría contingente de los hombres... Mi vida es la destilación escrita de una existencia entregada a indagar el misterio de Dios que, llegada la hora de las recapitulaciones, se muestra diáfana, quizá porque no hay forma más luminosa y transparente de mostrar el misterio de Dios que contar la propia vida: aquietada, transfigurada, embellecida por la convivencia con ese misterio. Engolfarse en la lectura de este libro es como retozar sobre los prados de la inteligencia. En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial- -leemos en Mi vida el joven Ratzinger, cuando aún era un muchacho, fue reclutado para defender las arrasadas ciudades alemanas de la aviación enemiga. Tras la capitulación, fue hecho prisionero por los americanos; antes de abandonar la casa familiar, tomó un cuaderno cuyas páginas fue emborronando, mientras duró su cautiverio, con composiciones poéticas en hexámetros griegos. En la imagen de ese adolescente que exorciza la angustia invocando a las musas en la lengua que eligió San Pablo para transmitir la fe en Jesús ya se prefigura el destino de este humilde, bravo, abnegado, genial jumento de Dios.