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ABC MIÉRCOLES 28 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA JUSTICIA POÉTICA A valido la pena esta traca final del juez Grande Marlaska- -algunos partidarios hacen hincapié en su primer apellido- -sólo por ver a Arzalluz hacer el paseíllo en la Audiencia Nacional. Como testigo, claro; el antiguo santón del PNV carece de horizonte penal, aunque su paisaje moral esté lleno de sombras de responsabilidad en el clima ominoso de los años de plomo, cuando se aplicaba a recoger las nueces políticas del árbol de sangre que agitaban los asesinos. Por eso hay mucho de justicia poética en ese instante en que el ex jesuita vasco subía ayer los escalones más famosos de España, mientras en Marbella volvía a desparramarse, con oportuna sincronía, el aceite espeso de la corrupción inmobiliaria. Arzalluz ante el juez; IGNACIO un retrato de época. O de CAMACHO fin de época. Ya le ocurrió a González, cuya estampa ante el Supremo sancionaba simbólicamente una etapa cenagosa del Estado de Derecho. Visto lo visto, después puede que haya razones para acabar sacándolo bajo palio, pero la relatividad de las comparaciones no basta para olvidar el limo criminal que dejó correr por las cañerías del Estado, aquella X que nunca se despejó procesalmente en el borroso organigrama de la guerra sucia. Su interrogatorio en el Alto Tribunal sirvió al menos como reparación moral de una espesa burbuja de impunidades, y las urnas ejecutaron luego el veredicto político que permitía pasar página. Pero Arzalluz nunca compareció siquiera en unas elecciones; simplemente hizo mutis de conveniencia, cuando estimó oportuno, camino de la oscuridad del túnel de la Historia. De allí lo ha sacado el juez Marlaska para hacerle la foto pendiente de un ciclo que se cierra. El presidente Zapatero ha decidido que ni ETA ni el nacionalismo de exclusión tengan el Nuremberg que reclamaba la responsabilidad histórica, y en vez de eso es probable que ocupen asientos preferentes en una conferencia multilateral de paz pero un joven magistrado homosexual recién casado, un hijo sociológico del zapaterismo, un vasco de la hastiada diáspora del conflicto, ha emprendido por su cuenta el desagravio de una pesquisa casi metafórica desde una efímera y declinante comisión temporal de servicio. Cuando el rostro avinagrado, inhóspito y desabrido de Arzalluz recibió ayer el incruento impacto de los flashes de guardia en la puerta de la Audiencia que simboliza- -por ahora, o todavía- -la voluntad de firmeza jurídica del Estado, su desapacible propietario gruñó unos cuantos exabruptos y se declaró dispuesto a impugnar y desacatar la Constitución que le protege con sus garantías. Como si alguna vez hubiese hecho otra cosa en toda su trayectoria política. En eso hay que admitirle una rocosa coherencia, una notable determinación en la constancia, una manifiesta voluntad de estilo; este hombre no se defrauda nunca a sí mismo. Ni siquiera ante el espejo moral de una causa sin más horizonte que el olvido. H LA HERENCIA DE ROCÍO CHAN humo los programas del corazón y otros frutos amargos (y de rentable peaje) hablando de la apertura del testamento de Rocío Jurado. Ni la apertura del Parlamento inglés, cuando va la reina Isabel II vestida con toda la pompa y circunstancia de la magia de la Institución, tiene en Inglaterra tanta repercusión como la apertura del testamento de la más honda, la más larga, la más alegre, la del poderío, que con tanto tópico de la más grande nos estamos olvidando de la palabra talismán de su vida: poderío. Yo lo siento mucho, pero esos corazoneos no dicen ni la mitad de la cuarta parte del diez por ciento de lo que ha sido en verdad la herencia de Rocío. No sé si es un error del notario, que se dejó olvidado un beso de amante como en un manchado mostrador de una letra de Rafael de León en Azabache O no sé si es un error de los abogados, que no han sabiANTONIO do leer entre líneas lo que escribe sin BURGOS pluma, tinta ni papel el aire de España, el testamento de la memoria cantada de la banda sonora de nuestra vida. Ni casas, ni naves industriales, ni derechos de autor, ni aquel abrigo de visón blanco que cantaba para decirle que ya es tarde, señora. Ni viñas de moscatel más dulces que el beso de una novia primera, qué no daría yo, ni ganaderías de yerbabuena y yerbaluisa que merecerían, a lo Fernando Villalón, que su dueña buscara vacas bravas con los ojos verdes, verdes como la albahaca del verde, verde limón. Los principales herederos de Rocío no vienen en los papeles de la notaría, el inventario de los principales bienes que nos ha legado nos lo han leído unos abogados que torpean y a los que se les van las mejores, las más hondas, las más profundas. Todos somos los herederos de Rocío. Diga lo que diga el protocolo de una notaría. España entera es la heredera universal de una sonrisa, de una alegría, de la memo- E ria de una voz, del recuerdo ejemplar de la lucha de una mujer contra su muerte, del testimonio de dar la batalla, qué guerra, hablando de su fe, de sus principios, de sus valores, de su familia, de su Virgen de Regla que está en Chipiona y en la marisma, Blanca Paloma. Aunque no tenga un papel timbrado, yo me siento heredero universal de la sonrisa de Rocío Jurado, de la cantaora y de la contaora, ¡cómo contaba las historias, con qué fuerza, con qué gracia! Y no vamos a impugnar el testamento si yo le digo a usted que también usted, que la admiró, que se sabe de memoria sus canciones, que la siguió desde que era una niña que acababa de salir del tablao de Gitanillo de Triana, es igualmente heredero universal del recuerdo de aquella belleza cantada, de la fábrica de caramelos de malvavisco de aquella garganta poderosa. Chipiona es heredera de Rocío, ¿cómo no va a estar Chipiona en esos papeles, si el recuerdo de Rocío sigue persignándose con la Cruz del Mar cada tarde que el sol se pone? ¿Y Cádiz? ¿Qué tirititrán de gracia en la alegría no le ha legado a Cádiz? No ha podido desheredar a aquella ciudad de la Libertad que la vio llegar a caballo disfrazada de Lola la Piconera, Lady Godiva del Carnaval, a decirle con verso de Antonio Murciano aquello de... Cinco letras tiene Cádiz, pero se quedan en tres, que en ellas cabe la gracia del derecho y del revés. ¿Y Sevilla, no ha heredado de Rocío la luna blanca de las cartujanas noches del auditorio que lleva su nombre? ¿Y Andalucía toda, entera y plena, no es su heredera universal, si nadie como ella cantó con el alma nuestro himno? Así que vamos a dejarnos de chauchaus y chucuchucus del corazoneo. Todos, todos somos herederos del inmenso legado de arte de Rocío Jurado. La herencia del recuerdo de su arte nos pertenece a todos. Porque era nuestra.