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70 Cultura MARTES 27 6 2006 ABC FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA Y DANZA DE GRANADA DANZA Paul Taylor Dance Company Coreografías: Spring Rounds con música de Richard Strauss; Dust con música de Francis Poulenc y Prometean Fire con música de Bach. Coreógrafo: Paul Taylor. J. Generalife. Granada. Fecha: 24- 06- 2006 JAZZ Móstoles a Todo Jazz Conciertos de Talento Jazz Orchestra y Kenny Barron Trio. Lugar: Teatro del Bosque (Móstoles) PIANISTA LOCUAZ LUIS MARTÍN LA ARQUEOLOGÍA Y LA DANZA MARTA CARRASCO A rranca la danza en el Festival de Granada con una compañía tradicional norteamericana como la Paul Taylor Dance Company. Sin duda, Paul Taylor es una de las celebridades de la danza mundial que surgió nada menos hace 50 años cuando en 1956 bailó la magistral coreografía Epithaps destacando posteriormente como bailarín invitado con Georges Balanchine en el Ballet de Nueva York. Taylor, desde que creara su propia compañía a principios de los sesenta del pasado siglo, ha montado coreografías con todo tipo de música, reggae, tango, ragtime... y, por supuesto, música del barroco y de autores clásicos. Con influencias de Balanchine, Tudor y Graham (con quien fue solista de su compañía) Taylor elabora un cuidadoso lenguaje propio en la danza que está influenciado por su intensa relación con la pintura, sobre todo con Jasper Johns. Dos programas presenta esta compañía en este nuevo Generalife, donde, a pesar de la rotundidad de los muros, se ha ganado bastante en visibilidad, aunque la existencia de cipreses en el escenario, imitando al antiguo, no parece demasiado valiente en el siglo XXI. En el primer programa, la Taylor Dance Company presentó Promethean Fire (2002) un baile sobre esperanza y tragedia con música de Bach; Spring Rounds con música de Richard Strauss, coreografiada en el 2005, y Dust con música de Poulenc, estrenada en 1977. Fue precisamente ésta última la más destacada de la noche. Porque la compañía ofreció una representación de lo que algunos llaman la arqueología de la danza donde el movimiento es más importante que el sentido de los mismos. Con unos maillots a lo Balanchine tanto en mujeres como en hombres, el intensísimo y rápido movimiento que impone Taylor a sus bailarines, los escorzos y, sobre todo, los cambios de ritmos a base de pasos inacabados es lo característico de la danza de Taylor. Sin embargo, la compañía no emocionó al numeroso público, y no sólo por una bien palpable falta de forma (caídas de los portés y en los giros, falta de coordinación en las figuras corales... sino porque parecían carecer de esa exigente energía que requieren las coreografías de Taylor. A Un momento de la ópera Mitridate, Rey de Ponto EFE ÓPERA Mitridate, Rey de Ponto Música: Mozart Reparto: D. Kaasch, O. Sala, J. Pérez, F. Oliver, C. Nanneson, J. McVeigh, C. Obregón, Orquesta Ciudad de Granada. Dir. escena: F. Negrín. Dir. musical: H. Christophers. Lugar: Palacio de Carlos V. Fecha: 25- 06- 2006. LA CABEZA INCLINADA ANTE MOZART ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE l Festival de Granada no ha hecho nada más que empezar y en un gesto casi obligado ha inclinado la cabeza ante Mozart y su doscientos cincuenta cumpleaños. Se esperan otros saludos, a Cristóbal Colón, a Juan Crisóstomo Arriaga... pero el inaugural, el grande, ha sido para aquel geniecillo siempre niño y siempre hombre. Catorce añitos tenía cuando compuso Mitridate, re di Ponto ópera seria, de asunto histórico, y de escritura brillante y hasta endiablada. Capaz de aunar suficiente inspiración y mucho oficio. Como era de rigor, un traje cortado a medida de los siete cantantes que la estrenaron en Italia, pero que otros cuerpos han vestido luego con dignidad. Aquí, sin duda, Jossie Pérez y Flavio Oliver, mezzo y contratenor, Sifare y Farnace, respectivamente, asu- E miendo el puesto de los dos castrati que la tradición siempre colocaba como rivales. Ambos igualados por la calidez del timbre, la fuerza del carácter y la intencionada expresión, con más atlética configuración él y con más velada presencia ella. Aunque bien es cierto que esto último es algo difícil de valorar ante el escenario al aire libre del Carlos V, dispuesto con la Orquesta Ciudad de Granada colocada entre los cantantes y el público, casi al mismo nivel. Al frente de la agrupación granadina el maestro Harry Christophers, remolón a la hora de equilibrar los planos, muy tenso en la obertura y poco amigo de entregarse a los afectos más apolíneos. Cuando lo hizo, como en la última aria de Farnace, Oliver rebosó gusto. También pudo hacerlo Ofelia Sala por mucho que se mostrara torpe ante la coloratura de su parte. Tuvo serenidad, gusto y proyección la intervención de Cristina Obregón, fue competente la intervención de John MacVeigh, segura la interpretación de Celia Nanneson, e irregularmente escasa la de Donald Kaasch en el papel protagonista. Todo ello sonó reunido en una escena de mínimos, demasiado rendida a la arquitectura desnuda del palacio granadino y a su innata fuerza natural. El mexicano Francisco Negrín puso corrección y sensatez en el escenario, pero añadiendo escasos detalles de verdadera aportación personal: apenas la entrada en escena del Rey, algún gesto de iluminación y la gasa final cruzando, cual vela, el escenario. Lo justo para inaugurar. medida que ha ido avanzado la actual edición de este festival, han adquirido un perfil más nítido algunos aciertos estructurales que merecen destacarse. Por un lado, los conciertos principales de las tres últimas sesiones han resultado sorprendentes. Y algo similar ha sucedido con las funciones teatrales de El color de la música Para el último día, el doble concierto reservaba además una sorpresa: la llegada de la Talento Jazz Orchestra, que dirige el guitarrista Santiago de la Muela. Música de formato y formas espectaculares, bien arreglada y mejor interpretada. Los metales abducían soltándose el pelo en temas propios y la sección rítmica estuvo sublime en su revisión de Things ain t what they used to be de Mercer Ellington. Originalísima concepción sonora para la telegénica sintonía del Los Picapiedra La estrella de la velada, no obstante, era el pianista Kenny Barron. Un hombre de formas apasionadas pulsando con la mano izquierda el teclado de su instrumento, y desinhibido y certero hilvanando melodías por donde nadie lo haría, con la derecha. Un capital de recursos casi infinitos que fue desgranado poco a poco, paulatinamente y con pasmosa facilidad. Matizada la delicadeza exploradora en el arranque de Ask me now su particular homenaje a Monk, y de una atractiva extravagancia tropicalizando el andamiaje rítmico de la ellingtoniana Prelude to a kiss para después estar muy atento a la melodía. Aparte de sus interesantes deliberaciones individuales, Barron es un director de operaciones magistral administrando turnos y protagonismo a los dos socios que forman su trío. El contrabajista japonés Kiyoshi Kitagawa es un solista sutilísimo que llegó a explicar por sí solo la incontestable coherencia del discurso de Thelonious Monk. Sugería algún fragmento principal de la melodía que atacaba Barron y todo quedaba sentado. El baterista Francisco Mela, por su parte, facturó varios momentos de plenitud por el mero hecho de replicar a la incitación de Barron sin necesidad de levantar espacios en solitario. Puede que las ideas novedosas no sean el fuerte de Keny Barron, pero, con él, cualquier aficionado se divierte. Y, además, se ha presentado en este festival un mes antes de su comparecencia en el de Vitoria. Los tiempos, no cabe duda, cambian. El gigante alavés ha perdido la exclusividad. Una nueva victoria de David contra Goliat.