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ABC DOMINGO 25 6 2006 Cultura 57 Metrorock, etapa prólogo del circuito de festivales de verano La muestra madrileña trata de mezclar diversión y diversidad en un cartel para todos los públicos b Franz Ferdinand, reclamo del cartel de la primera jornada del certamen, protagonizó, sin complejos, un espectáculo de masas previamente caldeadas y agitadas JESÚS LILLO MADRID. En plena noche de San Juan, kilómetro cero de un verano marcado por el movimiento de lunas, artistas y escenarios, el Metrorock madrileño abrió una temporada de festivales que hasta comienzos de septiembre movilizará a decenas de miles de aficionados de un lado a otro de la Península, abonados a una pujante y asequible oferta de turismo, en la que la música es sólo una excusa para coger carretera y toalla, acampar a la sombra de una pantalla de sonido y distraerse con cualquier cosa. Había, así, cierta sensación de calentamiento y etapa prólogo en el Parque Juan Carlos I, recinto urbano donde prepararse para una maratón de mudanzas paramusicales y estrenar el dorsal con una prueba bastante asequible. También Franz Ferdinand, reclamo del cartel de la primera jornada del certamen, estiraba sus músculos: la banda británica comenzó en Madrid su particular gira por los festivales de verano, donde, por lo visto y oído el pasado viernes, va a programar una función muy similar a las que representó el pasado otoño en pistas cubiertas. El mismo repertorio- -la primicia de una nueva canción revela que Alex Kapranos tiene las ideas tan claras como fijas- -y una actuación en la que el cuarteto hace notables y desahogadas concesiones a un público para el que interpreta, además de grandes canciones, el papel de animador. Arriba las manos. Franz Ferdinand se adapta al medio para protagonizar, sin complejos, un espectáculo de masas previamente caldeadas y agitadas. Coros y danzas para camuflar el deficiente sonido de un concierto en el que prima el gesto sobre la definición. Peor rematada que la de anoche, la oferta de la primera jornada del Metrorock estuvo lastrada por esa indeterminación musical, churras y merinas, que hace de la muestra madrileña un ejemplar único en el circuito de los festivales: lo mismo aparece un curioso rapero judío- -vestido de judío, no de rapero- -que una banda tan exquisita como Sons Daughters, fabricantes de un rockabilly gótico incomprendido por una audiencia que quizás esperaba la actuación de alguien tan chusco como Muchachito Bombo Infierno, de un conjunto tan flojo- déjate llevar al suelo- -como Chambao o, puestos a hacer palmas, de El Bicho. Entre humaredas de panceta a la plancha y bolsas de agua del Canal de Isabel II envasada, el Metrorock ha vuelto a proponer este año una desafiante oferta Franz Ferdinand fue la estrella del primer día del Metrorock de variedades musicales para poner a prueba el carácter temático y excluyente de los certámenes veraniegos, especializados, cada mochuelo a su olivo, en subgéneros y públicos. Sin pies ni cabeza, rota y descosida, juego de retales, la muestra madrileña confía, de paso, en la convivencia de colectivos tribales que habitualmente se repelen y que muy rara vez tienen ocasión de coincidir en el mismo local, única virtud, asuntos so- EFE ciales, de un festival que musicalmente sigue sin encontrar un norte al que orientar sus escenarios. Sólo la carpa dance anacrónica herencia de los tiempos del Espárrago granadino y que ahora se hace llamar Clubbing Area, logra el consenso: música electrónica pasada de graves, infografías tridimensionales en la pantalla y, en la barra, calimocho en vasos de a litro. Todos a una. Muere, a los 70 años, Joaquín Jordà, cerebro de la nueva escuela del cine documental ANTONIO WEINRICHTER MADRID. Con Joaquín Jordà ha muerto una de las personalidades más irreemplazables del cine español, cerebro en la sombra de movimientos no por minoritarios menos relevantes como la Escuela de Barcelona y la nueva escuela del cine documental, cuyo epicentro se sitúa también en la capital catalana. Provocador, socarrón y extremadamente culto, su episódica pero sustanciosa carrera como realizador cinematográfico refleja tan sólo uno de sus muchos intereses y dedicaciones: fue editor de la añorada colección de Cuadernos de Cine de Anagrama, en una época en la que estos libros aliviaban la inagotable sed cinéfila; fue- -y durante largas temporadas vivió de ello- -traductor de autores como Sciascia, Magris o Baudrillard; y en los últimos años impartió magiste- nal, Dante no es únicamente severo (1967) parte de su ideario y algunas frases memorables en la diatriba de la gauche divine contra el cine mesetario Si no podemos hacer Victor Hugo, haremos Mallarmé Monos como Becky De niños rio, académico o vital, a nuevas promociones de cineastas cinéfilos que le veían como un gurú heterodoxo, sabio y, desde luego, incapaz de aburguesarse como tantos colegas de su generación. Nacido en un pueblo de Gerona en 1935, Jordà estudió Derecho en Barcelona, se afilió al Partido Comunista con 18 años y también realizó cine militante para el PCI en su estancia romana, si bien su trayectoria posterior fue independiente. Estudió en Madrid en el IIEC, el instituto que precedió a la Escuela de Cine, donde coincidió con la generación del nuevo cine español. Debuta en 1960 con el censurado documental Día de los muertos pero su notoriedad comienza cuando regresa a Cataluña y participa decisivamenten en el estallido de la Escuela de Barcelona, a la que aporta su título fundacioEstablecida la Escuela, Jordà se marcha a Italia. Tarda cuatro años en volver y bastantes más en volver a dirigir, aunque hablamos de un cineasta con numerosos guiones de filmes ajenos en su haber (varios con Vicente Aranda) y más de una treintena de proyectos que no vieron la luz. Su nuevo enfoque documental del cine produce Numax presenta (1979) crónica de una fábrica autogestionada que retoma después en el último filme que llega a terminar, Veinte años no es nada (2004) y El encargo del cazador (1990) magnífico memorial de su colega de la EdB Jacinto Esteva. Dirige también ficción, el thriller Cuerpo en el bosque (1996) pero su gran aportación se centra en películas de no ficción como Monos como Becky (1999) y De niños (2003) que desbordan la concepción habitual del documental. Joaquín Jordà YOLANDA CARDO