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25 6 06 CLAVES DE ACTUALIDAD ¿Clásicos? Picasso rompe el molde del Prado Una exposición que quiebra las fronteras convencionales entre el Prado y el Reina Sofía, entre el clasicismo y la vanguardia, aunque persista la duda de si, al cabo, no serán dos mundos incompatibles TEXTO: ÓSCAR ALONSO MOLINA FOTOS: CHEMA BARROSO a tenemos ante nosotros la gran muestra del año, esa exposición histórica de turno que, periódicamente, comentada por casi todos, agita las portadas de los suplementos y llega a ser noticia en televisión, consiguiendo por unos meses que nuestro presente se prevea inolvidable, al menos durante la temporada en curso. Naturalmente, ésta de Picasso nos llega también con su correspondiente protocolo de excepcionalidad y efemérides y grandes cifras y primeras veces y oportunidades únicas empujándose entre sí para adelantarse en los titulares que la celebrarán hasta primeros de septiembre como un fasto más de nuestro consumo Y Nos asomamos a dos mundos, dos museos, dos tiempos y sus maneras de verse a sí mismos a través del arte. La exposición de la temporada. Absolutamente recomendable La contraposición de obras es una estimulante provocación para el público cultural. Toda exposición de este calibre que se precie exige- -incluso para su mera existencia- más allá de sus argumentos científicos y la solidez de su propuesta de base, convertirse en un acontecimiento social sofisticado y popular a un mismo tiempo. Alrededor de las modas populares, y en mayor medida que la televisión, cuya imagen arrastra indeleblemente el aura de lo plebeyo, este tipo de pseudoespectacularización de la alta cultura logra imponer nuevos consensos estéticos e imágenes de referencia para todos, a partir de los cuales se instaura e intensifica un lenguaje común entre el público masivo en cuanto se refiere al sentir y a los gustos compartidos. Ya en su momento Kant consideró una función exquisitamente estética aquella que se deriva de comprobar que uno pertenece a determinado grupo, con el que tiene en común la capacidad de apreciar lo que se considera bello. En tal sentido hay que reconocer que pocos mitos de la modernidad funcionan aún con la eficacia emulgente de Picasso; quizá Dalí, todavía polémico y mal asimilado, demasiado heterodoxo, excéntrico; Miró, de lejos; o Warhol para una minoría informada, en comparación; y ni que decir de Duchamp o Beuys, arcanos ya sólo para iniciados. Pero en esta ocasión la apuesta parece lo suficientemente audaz, y bien calibrada la polémica que la anida, como para garantizarse el éxito: consiste, bajo el guión de buscar la raíces clásicas de la modernidad picassiana, en mezclar lo antiguo con lo moderno y comparar, ver qué pasa. Es cierto que la fórmula no es novedosa en sí, y que gran parte de la historiografía y museología internacional se apoya en este modelo, pero desde luego entre nosotros nunca antes se había conseguido hacer algo así a esta escala: una magnífica selec- ción de picassos se injerta en el Prado, pero no como mero apéndice en el cual culminaran los éxitos de la gran tradición pictórica occidental, sino hilvanándose con ellos, puntada tras puntada: Goya, El Greco, Ribera, Veronés, Poussin, Tiziano o Rubens, entre algunos más; por otro lado, Goya de nuevo, junto a uno de los Manet añorados en su gran exposición de hace dos años han cruzado el Paseo del Prado para a visitar el Guernica. Sin embargo, incluso para el visitante no especializado, a los 125 años del nacimiento del pintor parece que la distancia entre su genio y lo que empasta o se conjuga en el arte del pasado es- ¿todavía? -de tal calibre que diríase responden a impulsos incompatibles, u otro tipo de actividad como con agudeza ha detectado José Vidal Calatayud. Ese diálogo fluido y casi orgánico que se espera entre los grandes maestros y la violenta mirada del malagueño sobre el mundo en su conjunto resulta tan plausible como poco convincente, latiendo desde el fondo una fisura discreta pero insalvable. Los separa sus paradigmas definitivamente después de la aventura vanguardista que él mismo abrió desde fecha temprana. Y eso aún a pesar de responder con sentidos homenajes y una sorprendente fidelidad iconográfica- -véase su acercamiento a Las Meninas, o recuérdese la inolvidable exposición Picasso. Las grandes series En escultura, las piezas se golpean con los nudillos y, dependiendo de la respuesta, de cómo vibre la masa atravesada o no por un pelo, se dice que la piedra está muerta o viva de modo parecido, esta exposición recoge la resonancia de un encuentro entre masas de diferente densidad. Historia sin progreso Porque el rostro continuo de la historia del arte, es cierto que sin progreso ni evolución, resulta frágil como una cabecita de porcelana, y como ella se ve atravesada por ese tipo de craquelado apenas perceptible que no descompone sus rasgos, pero implica discontinuidades reales que organizan un trazado y una tectónica. Como advertía Nietzsche, a menudo el más pequeño abismo es el más difícil de salvar y en este caso la máxima cercanía lograda entre los maestros de épocas distantes ha servido para poner de manifiesto una inesperada y paradójica imposibilidad para el contacto íntimo entre Picasso y sus raíces, lo que no significa tanto que éstas no le sostengan, cuanto que es la propia reacción a este apoyo lo que le mantiene de pie. Por otro lado, la misma ambición de la muestra marca los límites de la interpretación que se pretende propiciar, pues el arco del