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ABC SÁBADO 24 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA DEMONIOS FUERA I la más importante experiencia democrática española es, como pretende la izquierda, esa Segunda República que acabó con varios cientos de miles de muertos en un baño de sangre, igual es preferible una aventura más modestita, como esta insignificante monarquía parlamentaria que ha traído treinta años de concordia, modernidad y desarrollo, y nos ha hecho miembros de pleno derecho de la Europa con la que soñábamos de jóvenes. Aunque todo eso haya ocurrido sin la providencial intervención de Rodríguez Zapatero, mecachis, y gracias a que entre todos decidimos olvidar el éxito resonante de aquella otra experiencia tan grata que condujo a nuestro pasatiempo histórico favorito: liquidarnos IGNACIO encarnizadamente los CAMACHO unos a los otros. Pero bueno, si hay que recordar, pues se recuerda. O mejor dicho, se estudia, porque por fortuna la mayoría de nosotros, o sea, los españoles vivos, no tuvimos la dicha de vivir la famosa experiencia democrática. Yo no soy exactamente un especialista, pero he leído algunos libros, probablemente indocumentados, de autores como García de Cortázar, Tuñón de Lara, Payne, Bavío, Jackson o Bennassar, además de las memorias de un tal Azaña que se lamentaba del modo en que él y sus colegas habían hecho las cosas. Y, bueno, sin duda debió de ser aquello algo excitante: la quema de iglesias, el cuartelazo de Sanjurjo, la revolución de Asturias, reprimida a sangre y fuego- -pregunta impertinente: ¿dónde estaba entonces el célebre capitán Lozano, abuelo de Zapatero? las agitaciones campesinas, los paseos de militantes políticos, el pistolerismo falangista y anarquista, la suspensión de la autonomía catalana- -bonita experiencia- la oposición socialista al voto femenino, los ajustes de cuentas diarios, todo ello culminado con el asesinato del jefe de la oposición y el golpe militar del 18 de julio. Qué movidón tan apasionante. En cambio, lo que ocurrió a partir de la muerte de Franco fuede lo más aburrido. Llegó un Rey empeñado en restaurar la democracia sin pegar tiros, y la clase política se puso de acuerdo, mira tú qué ocurrencia: hubo amnistía, elecciones pacíficas, una Constitución, autonomías hasta de saldo, un Gobierno de izquierdas que duró trece años, otro conservador que duró ocho... y en medio de todo eso nos integramos en Europa, nos modernizamos y desarrollamos, se han levantado más escuelas y universidades que en toda la Historia, se han construido autopistas, transportes, hospitales, la gente vive de puta madre... ¿No era eso lo que querían los republicanos? Pena que no supieran lograrlo, entretenidos con la brillante experiencia democrática. Pero al presidente y sus amigos esto de la concordia les produce mucho hastío, un tedio insoportable. Si no fuera por ellos no nos habríamos dado cuenta de que vivíamos en la abulia de un fracaso histórico: cuándo se ha visto en España una democracia sin bronca. Así que hala, a desenterrar muertos, a reabrir heridas, a resucitar demonios. Y el último, que apague la luz... si puede. S LOS PRESOS POLÍTICOS VASCOS E resisto a creer que el Gobierno haya adoptado compromisos con la banda etarra, tal como ésta aseveraba en su último comunicado. Todavía prefiero confiar en la palabra de quienes me representan, antes que en la de unos asesinos convictos y confesos. Lo contrario sería tanto como aceptar que la soberanía nacional está secuestrada por una pandilla de dimisionarios capaces de venderla en almoneda. Sentada esta premisa, conviene centrar la atención en otros aspectos de dicho comunicado, que no hacen sino abundar en las mismas expresiones de inequívoco maximalismo a que nos tienen acostumbrados los terroristas, pero formuladas quizá con mayor desfachatez y brutalidad. En algún pasaje de ese comunicado delirante se lee que deben darse los pasos necesarios para garantizar que ninguna legislación, ordenamiento jurídico ni Constitución sea obstáculo o límite en el desarrollo JUAN MANUEL de la decisión que mayoritariamente DE PRADA adopte el Pueblo Vasco También que los aparatos del Estado no pueden condicionar ni el desarrollo ni el resultado del proceso Y, en fin, se afirma que las autoridades españolas deben garantizar el cese total de la represión, los ataques contra el colectivo de presos políticos vascos a través de la aplicación de leyes de excepción y la presión, chantaje y extorsión contra las actividades de la izquierda abertzale En definitiva, los etarras reclaman la suspensión del imperio de la ley o, dicho de forma más rimbombante, del Estado de Derecho. ¿Es lícito que un poder público garante de la legalidad entable negociaciones con una banda de asesinos que exige que sus crímenes se beneficien de la impunidad, que se obstruya la acción de la Justicia y que el entero ordenamiento jurídico se declare abolido? Si la función primordial del poder ejecutivo, tal como nos enseñaron en la escuela, es ejercer la gobernación mediante una escrupulosa aplicación de las leyes, ¿cómo M puede aceptarse que un Gobierno se embarque en una negociación en la que, antes de empezar a discutir cualquier otro asunto, se le exige que reniegue de su principal cometido, de su misma razón de ser? Nunca es plato de buen gusto que el Estado se avenga a conversar con una patulea de criminales sanguinarios; pero si además esos criminales reclaman que sus delitos no sean castigados y que su quimera política se imponga, previo allanamiento de los obstáculos y límites legales que impiden su consecución, ¿cuál puede ser el asunto de dichas conversaciones? ¿Está legitimado un Gobierno a iniciarlas siquiera cuando se le propone una premisa tan aberrante? No se discute aquí la legitimidad del Gobierno para probar soluciones que actúen en beneficio de los ciudadanos, sino para aceptar premisas que hacen inviable cualquier solución. El azar (o ese ensañamiento sibarítico que suelen emplear los etarras) ha querido que la divulgación de este último comunicado en el que se solicita, entre otras lindezas, el cese de la represión y los ataques contra el colectivo de presos políticos vascos haya coincidido con el juicio a las alimañas que secuestraron a Miguel Ángel Blanco, lo utilizaron como rehén para alcanzar sus fines desquiciados y, finalmente, lo ejecutaron con cobardía alevosa. De aquella sangre inocente brotó un formidable movimiento de rebeldía ciudadana que acabaría empujando a sus asesinos a las madrigueras de postración y acabamiento en que hoy yacen. ¿Qué gangrena se ha extendido entre la sociedad española para que aquel movimiento espontáneo haya degenerado en un aguachirle de pacifismo barato? ¿Estamos en verdad dispuestos a que ese par de alimañas que hemos visto pavonearse ante las cámaras, proferir fanfarronerías ante el tribunal que los juzgaba, burlarse gélidamente del dolor de los familiares del asesinado y hasta lanzar amenazas a la sociedad sean considerados presos políticos vascos ¿Hasta dónde estamos dispuestos a transigir? Y, en fin, ¿estamos dispuestos a que el Gobierno transija por nosotros?