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ABC SÁBADO 24 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA REINA DE SABA De repente una reencarnación de la reina de Saba iluminaba el salón de madame de Lafayette, bajo la mirada adormilada de un Metternich disfrazado de Talleyrand y embalsamado en el frigorífico... S TEFAN Zweig escribió sobre el espíritu de la Reina María Antonieta, bautizándola como la reina del rococó. Y quizá haya una fugaz fiebre rococó tras el estreno de la película de Sofía Coppola sobre la reina guillotinada, antes de que el Terror se adueñara de Francia. Ciertos peinados, corpiños y miriñaques pueden ser objeto de una adaptación a la moda, olvidando que fueron los panfletos, las calumnias y las voces insidiosas de los cafetines de Palais Royal los que contribuyeron en gran medida a que esos peinados rodaran deshechos hacia una cesta y corpiños y miriñaques ardieran en las hogueras nocturnas por donde el mal se deslizaba con tan poco sigilo como mucha ostentación. Esos panfletos y esas voces dibujaron una imagen tan monstruosa de María Antonieta- -incestuosa, traidora, ninfómana, asesina... -que hasta el verdugo debió de creer que estaba librando a Francia de uno de los seres más detestables de su época. Pero vayamos hacia adelante. Cuando, tras el asesinato del cineasta Theo van Gogh, empezó a conocerse fuera de Holanda la imagen de Ayaan Hirsi Alí, pensé, una vez más, en la belleza de las mujeres somalíes. Pensé en la compañera del amigo de Denis Hutton- Finch en Lejos de África y también en la modelo Imán- -casada con David Bowie- -y en la armonía de la pintura egipcia de la época de los faraones, donde las mujeres somalíes fueron esclavas, amantes y reinas secretas. Pensé, en fin, que la belleza de Ayaan Hirsi Alí- -y su elegancia de movimientos y la limpieza de su mirada- -era un don de África- -ese continente que nunca es viejo tal vez porque la Historia, por cruel que sea, no queda escrita en él- -a la vieja Europa ensimismada, miope y renqueante que tiembla ante pateras y cayucos, y babea en las pasarelas ante las panteras de piel negra vestidas por John Galliano. Pero el regalo no era, aunque pueda parecerlo hasta aquí, estético, sino ético, moral. Sabemos que la belleza puede ser una forma de moral- -es cierto que la bondad, por ejemplo, embellece a las personas- -y la elegancia una manera ética, y ambas cosas- -que Hirsi Alí parece poseer- -eran, en su caso, equivalentes a la valentía- -que nunca es lo mismo que irresponsabilidad- -de sus palabras. Supongo que ese doble encanto fue su principal arma de seducción a la hora de obtener su escaño, hace cuatro años, como diputada en el Parlamento holandés. Si el cinismo europeo había dado, años atrás, a Cicciolina, la esperanza africana en una vida mejor, nos daba a Ayaan Hirsi Alí. Entre una y otra, un abismo. La sombra de María Antonieta aún quedaba lejos. Hace pocos meses madame Hirsi Alí estuvo en España para presentar su libro, titulado como la célebre pieza de Zola- -origen del periodismo moderno como conciencia- -cuando el caso Dreyfuss. La denuncia del antisemitismo francés era ahora la denuncia de un permisivo relativismo cultural por parte de Occidente- -una nueva forma de racismo, según ella- -y el aviso de que en el multiculturalismo acaban imponiéndose los modelos a los que se acoge desde el paternalismo intelectual y, en cambio, sale perdiendo la casa que los amparó. Dejemos que afloren los Voltaires del mundo islámico, venía a decir madame Hirsi, y no se empeñen en mostrarse tan tolerantes con la intolerancia de quienes no van a dejar de serlo nunca. Acusando, de paso, a Europa de colaborar con el dogmatismo islamista al no apoyar el patrimonio ilustrado de la Razón como elemento de equilibrio frente al dogmatismo religioso. Hablaba una mujer negra sometida a la ablación, vestida de Chanel y procedente de un país donde funciona la sharía. En esa visita, tanto los conservadores como los progresistas españoles fueron seducidos por la elegante presencia- -y, repito, la dignidad- -de esa mujer que alzaba su voz sin alzar la voz. De repente una reencarnación de la reina de Saba iluminaba el salón de madame de Lafayette, bajo la mirada adormilada de un Metternich disfrazado de Talleyrand y embalsamado en el frigorífico. Parece que aquel enamoramiento ha durado poco. Cuenta Zweig en su biografía sobre la reina decapitada que ésta comentó que era en la desgracia donde más se siente lo que uno es Y eso es cierto, y así está fundamentado desde Diógenes a Séneca y en el espíritu de sacrificio de algunas religiones. Pero también es verdad que la desgracia aún retrata mucho más a los que la provocan. Que madame Hirsi haya tenido que abandonar Holanda y marcharse a los EE. UU. pese a ser un paso atrás en la conciencia euro- pea, no es una desgracia en absoluto comparable a la de María Antonieta. A la reina del rococó se lo arrebataron todo; a la reina de Saba le han retirado el pasaporte. O lo que es lo mismo, la nacionalidad. Pero antes ha vivido una sucesión de episodios dignos de la historia más turbia de Europa en el siglo XX. Y me temo que el entusiasmo por Ayaan Hirsi Alí no haya sido más que otra moda. Como las pelucas o los miriñaques que ardieron con la revolución de 1789. Era tan molesta como esos ornamentos. Que nos lean la cartilla, qué cansancio. Y lo que es peor, qué peligro. Las amenazas de muerte que pendían sobre su cabeza desde el asesinato del cineasta Van Gogh hicieron efecto, pero al otro lado. Se le acusó de mentirosa por no decir la verdad en su voluntad de quedarse en Holanda y obtener el permiso de residencia. Se le tildó de fantasiosa por haber dicho que huía de la guerra de Somalia, cuando vivía en Kenia. Y nada ha sonado más a fariseísmo en estos últimos tiempos que ese debate flamenco. Sus vecinos- -que temían un atentado islamista contra Hirsi Alí que pudiera perjudicarles a ellos volando todo el edificio- -ya la habían denunciado ante el juez para que la expulsara de su apartamento. Y llegó la condena forzando el abandono, como en un episodio modianesco de colaboracionismo y aprovechamiento de las leyes en favor de ese colaboracionismo. Sólo que, en este caso, el francés judío perseguido por la Gestapo que abandona su casa en la noche, el oficial Dreyfuss calumniado, degradado y arrestado, o María Antonieta encerrada en una fría celda de repentino escepticismo, era la bella somalí, ya resignada al sacrificio. También la belleza despierta recelos entre quienes no la conocen. Pero quizá exagere. Quizá la clave es que nos hemos cansado de la reina de Saba como pudimos cansarnos de Naomí Campbell. Y al menos, la segunda no tenía vocación de Pepito Grillo. Quizá su función debería haber sido meramente decorativa y no llegar a resultar pesada leyéndonos la cartilla, ella que conoce la cara oscura del islamismo cuando se pone estupendo y tanto le da por censurar quirúrgicamente el cuerpo como por castigar física y desproporcionadamente ciertas conductas que en Europa no son punibles ni siquiera en la costumbre. Ya no hablemos del libre pensamiento. Pero no pasa nada: pronto se estrenará la María Antonieta de Sofía Coppola en los cines de toda Europa. Veremos a la princesa prusiana moviéndose sinuosamente a ritmo de rock por los salones de Versalles. Quizá de aquí a un siglo se estrene una película sobre la reina de Saba en el papel de la conciencia de Europa y nadie pueda entender ya tampoco nada. JOSÉ CARLOS LLOP Escritor