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66 JUEVES 22 6 2006 ABC FIRMAS EN ABC SANTIAGO FONCILLAS CASAÚS LUIS GAYO DE ARENZANA Auténtico jurisconsulto, hizo del estudio de la ciencia del Derecho y de la defensa de la Ley su verdadera y única profesión... fendiendo en todo momento con el más absoluto rigor e imparcialidad los intereses del Estado, ajeno siempre a cualquier consideración política. Maestro de todos, su prodigiosa pluma y oratoria excepcional marcaron época en el Tribunal Supremo, donde compañeros y magistrados se preciaban de seguir aprendiendo releyendo sus escritos o acudiendo a escuchar sus informes ante la sala primera o segunda. Por sus servicios fue premiado con la Cruz de San Raimundo de Peñafort y por sus méritos fue nombrado en mayo de 2000 académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Luis compaginó sus servicios al Estado con el ejercicio privado de la profesión de abogado, en su despacho de la calle Lagasca. Tenía un despacho como los de antes, de los pocos que todavía existen, en los que todos los temas, desde los más complejos e importantes hasta los más insignificantes, los estudiaba, analizaba y defendía personalmente, sin la ayuda de ningún otro da a remo por una tripulación de hasta seis remeros, muy utilizada por los sultanes en el siglo dieciséis y diecisiete; pero también eran llamados así los barcos de transporte de pasajeros por el Bósforo. Los kayik reales eran fastuosos, preparados para una navegación fluvial o de distancias cortas; sus cuarenta metros de eslora los convertían en auténticos objetos de lujo, similares a nuestras falúas reales. Entre sus variantes europeas, se cuenta el italiano caicco (también deletreado caechio que era una embarcación pequeña multiuso que no pasaba de los cuatro metros de eslora. El caíco portugués era incluso más pequeño y reservado para usos costeros, al contrario que el también portugués caique navío de transporte de municiones, que casi llegaba a los nueve metros, aunque los más evolucionados de hasta dieciocho metros eran tripulados por veinticinco hombres para sus labores de pesca. Resulta aventurado hacer un árbol etimológico de estos términos, pero la relación en muchas ocasiones resulta más que obvia. En un intento de justificar la extensión de su significado al vulgarizado por la prensa estas semanas, podemos alegar que es cierto que en África Occidental tradicionalmente se le ha llamado cayuco a aquella embarcación construida de lienzo que normalmente se utilizaban en expediciones y demás labores de exploración; embarcaciones necesariamente ligeras con una cierta ambivalencia, que las hacía hábiles para cualquier situación. Tal vez sea este el origen de la analogía, a pesar de que muchos todavía nos sorprendamos de la inverosimilitud de que un frágil cayuco sea capaz de transportar a decenas de hombres desesperados. N ACIDO el 5 de diciembre de 1929 y fallecido el 12 de mayo de este año, Luis Gayo de Arenzana, hijo y padre de abogados del Estado, ha sido uno de los más ilustres miembros de este Cuerpo, cuyo ciento veinticinco aniversario se ha celebrado este año, tras ser fundado por Juan Francisco Camacho para acabar con la dispersión de los elementos de consulta de Derecho y de defensa que existían entonces en el Ministerio de Hacienda. Esta finalidad motivó su vida profesional. Era tal su vinculación y su dedicación al Cuerpo de abogados del Estado que fue preparador y presidente del tribunal de oposiciones a este Cuerpo. Estudió la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid, terminándo- la en sólo cuatro años, a los veinte años de edad, y obteniendo el premio extraordinario de licenciatura y el premio Montalbán al mejor expediente académico. Ingresó en el año 1957, con el número uno de su promoción, en el Cuerpo de abogados del Estado, y entre otros destinos estuvo durante treinta y cinco años prestando servicios en el Tribunal Supremo, primero en la sala tercera de lo Contencioso y después, y hasta su jubilación, en las salas primera de lo Civil y segunda de lo Penal. En el año 2003 fue distinguido por el ilustre Colegio de Abogados de Madrid al cumplir sus bodas de oro como miembro del mismo. En su vida profesional al servicio del Estado, llevó asuntos de la máxima transcendencia e importancia, de- CARLOS E. SEGADE ALONSO PROF. TITULAR DEL CENTRO UNIVERSITARIO VILLANUEVA NINGÚN CAYUCO CRUZA EL OCÉANO A más de un lingüista, y a no pocos hombres de mar, les ha extrañado ver repetidamente, en la prensa y en los medios de comunicación en general, esta voz tan antigua y un tanto desusada como es la de cayuco A más de uno, me consta, le extraña que un cayuco con casi un centenar de inmigrantes se lance a la mar. No tanto por la travesía y a pesar de la desgracia que supone, sino porque meter a cien hombres en un cayuco recuerda a un récord Guinness o aquellos concursos en los que había que introducir a presión a veinte pasajeros en un Seiscientos Es una auténtica sorpresa que se utilicen estos términos con tanta ligereza, sin saber que a muchos la voz cayuco nos remite a una embarcación más bien estrecha, de poca eslora, fabricada para las artes de pesca y gobernada por poca tripulación, aunque esta varíe desde los dos o tres tripulantes hasta los veinte de algunos lugares de Hispanoamérica. Sin embargo, aun ignorando el origen de esta extensión de significado, no deja de ser interesante que semejante término adopte esa nueva acepción, a pesar de que sus usos en España y en la comunidad hablante española sean bien diferentes. Según el diccionario de la RAE, cayuco se define como embarcación in- dia de una pieza, más pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla, que se gobierna y mueve con el canalete Para María Moliner, un cayuco es un barco indio de una pieza, más pequeño que la canoa gobernado por un solo remo. A pesar de estas definiciones, hay algunas variaciones en la carga semántica del término según el geolecto. En la República Dominicana se le llama cayuco a una embarcación rústica de no más de siete metros tradicionalmente muy utilizada, por ejemplo, en el caribeño Río Ozama para transportar carbón; los diez metros los alcanzan los cayucos en Honduras y México en donde montaban una vela, pero normalmente se gobernaban con un remo. Los tamaños se reducen notablemente en Estados Unidos y Puerto Rico, donde asumen otro nombre emparentado: canoa, y que tan familiar nos resulta en ríos y aguas tranquilas. La canoa en Panamá vuelve a ser cayuco para remontar los ríos, ya que la canoa se utiliza en mar abierta. Tal vez podemos ver en el cayuco un pariente cercano del kayak esquimal y del kayuk ruso, donde izaba una amplia vela cuadra y remontaba el Don y el Volga en labores de pesca con sus casi quince metros. Su pariente asiático es el kayik turco, una embarcación esbelta, propulsa- colega, con la única colaboración de Angelines, su secretaria, quien durante treinta años estuvo siempre a su lado. Conocedor exhaustivo del derecho público y privado y dotado de una memoria e intuición privilegiadas, pergeñaba con gran rapidez sus razonamientos desde los puntos de vista más acertados y completos. Auténtico jurisconsulto, hizo del estudio de la ciencia del Derecho y de la defensa de la Ley su verdadera y única profesión, en la que con verdad puede decirse que, al margen de todas las otras distinciones, alcanzó en el mundo del Foro el reconocimiento a su eminencia. Jamás utilizo las técnicas al uso en algunos despachos, de captación de clientes a través de las relaciones sociales. Su único reclamo eran la confianza que inspiraba y el éxito que obtenía ante los tribunales. Su despacho fue creciendo armónicamente, como ocurre con las obras bien hechas. Su desaparición significa, con toda probabilidad, el fin de un modelo de despacho y una forma de actuar difícilmente repetible y sin embargo necesarios para los asuntos más complejos, como bien saben las grandes empresas. Luis era una persona plácida, alegre, de enorme simpatía y vitalidad, dotada de una potencia cognoscitiva que le permitía entender y comprender fácilmente a su interlocutor. Recto y honrado en su proceder, fue siempre leal en el desempeño de sus funciones públicas y guardó también la debida fidelidad a las personas con las que se relacionó. Hombre metódico, su modo de hacer y de decir respondía siempre a un orden establecido. Nunca hubo nada confuso, ni en su conducta, ni en su dialéctica. Hablar con él de Derecho, de política o de cualquier otro tema, era una inmersión en el sosiego y en la serenidad. Toda su vida fue, en verdad, un discurso inteligente. La familia fue la vocación más importante para Luis. Le gustaba disfrutarla sin gente extraña, en la intimidad. Se sentía a gusto como jefe de ella y nada que concerniera a sus dos hijos, María Elena y Luis, o a sus cuatro nietos, le resultaba indiferente. Compartió con su mujer, Elena, la vida sencilla y alegre de la familia hasta el último día de un matrimonio feliz que duró cuarenta y seis años, después de diez de noviazgo. También aquí su lección fue ejemplar, porque dedicó todo el tiempo necesario para poder quererlos a todos y mantenerlos unidos. Se fue en plena madurez profesional. Nunca podremos saber hasta dónde hubiera llegado con su forma tan artesanal de llevar un despacho que yo considero modélica para los grandes asuntos. Su familia, de la que tan orgulloso se sentía, tiene el consuelo de saber que vive realmente contemplando la Verdad tal cual es. El Cuerpo de abogados del Estado, el Colegio de Abogados de Madrid, y todos los que le conocimos, hemos perdido un testimonio vivo de rectitud, competencia y lealtad. Era, en fin, una persona excepcional. Hombres así enriquecen la sociedad en la que han vivido.