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ABC MARTES 20 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA SIN PERDÓN ECUERDA las horas amargas de aquella vigilia de cirios rojos crepitando en la noche. Recuerda los cientos de miles de jóvenes palmas pintadas de blanco alzadas al cielo. Recuerda la gente parada en las calles, el compás de la angustia cortando el tórrido silencio de la tarde. Recuerda las cadenas humanas de las playas, los bañistas cogidos de las manos sobre la arena, las tumbonas vacías junto a la espuma de las olas. Recuerda dónde estabas y qué hiciste en aquella maldita cuenta atrás, cuando aún querías creer en algo parecido a la piedad, incluso a la clemencia. Recuerda cómo llegamos a implorar todos juntos. Fíjate bien: no exigíamos teniendo derecho a exigir, no conminábamos teniendo derecho a conminar; era una súpliIGNACIO ca, un ruego, casi una pleCAMACHO garia. Un país entero arrodillado ante unos criminales anónimos para impetrarles una pizca de humanidad, una migaja de lástima, un ápice de compasión. Recuérdalo; tú estuviste allí, tu encendiste velas, tú rezaste en la larga madrugada de la esperanza y del temblor. Tú quisiste creer, tú resististe en vano el pesimismo, el desaliento, la congoja. Recuerda también el rostro impávido de aquellos tipos torvos que desviaban al suelo su mirada de piedra y escondían en eufemismos evasivos la implacable complicidad de sus almas de granito. Rodeados de un mar de desesperación y de aflicciones, fueron incapaces de componer siquiera un gesto de comprensión, de esbozar un rictus de humanidad, de dibujar algo parecido a una leve mueca de misericordia. Son los mismos a los que ves estos días hablar de paz, de soluciones, de futuro. Los mismos que ahora sonríen mientras a ti se te atraganta la memoria de toda aquella infamia. Recuérdalo, no te ahorres detalles. Los necesitarás para fortalecerte cuando leas en los periódicos el informe forense que habla de dos disparos en la nuca sobre un muchacho con las manos atadas por un alambre, y de cómo la pólvora del revólver quemó los cabellos de la víctima inerme. Fue a las cuatro de una tarde de julio, mientras mirábamos correr los relojes con el espanto pintado en los semblantes, mientras los coches se paraban con la radio encendida en los semáforos, mientras un vago hilo de fe se negaba a escapar de la sombría certeza del desenlace y la tragedia. Fue hace nueve años. Y nadie ha pedido perdón. Nadie ha admitido la estéril inconsecuencia de aquel horror, nadie ha insinuado la débil coartada de un arrepentimiento, nadie ha sugerido ni una retórica autocrítica, nadie ha asumido siquiera el frío reconocimiento de un error. Sólo la gélida, coriácea, impenetrable arrogancia de un desafío envuelto en carcajadas obscenas que reviven el dolor de una sociedad condenada al recuerdo. Recuerda, pues; desempolva tu rabia contenida de aquellos días aciagos, evoca el hondo escalofrío del desconsuelo, escarba en la memoria de tus esperanzas traicionadas y pregúntate si puedes perdonar o si hay perdón en la Tierra para todo eso. R HACE FALTA CIERTA GRANDEZA AN Agustín, Julio César o algunos manuales de astronomía ilustraron el retiro de Carlos V en Yuste, emplazamiento ya universal para la reflexión después del poder. Los colores de Tiziano seducían su mirada, entre arreglo de relojes y pesca en el estanque. Período único entre tantas biografías de los más grandes de Europa. Ahí Helmut Kohl recibe hoy el Premio Carlos V 2006, previa laudatio de Felipe González. No hubo hasta ahora ocasión más privilegiada para reconocer en lo mucho que vale la personalidad política de Kohl. En estas mismas fechas, hace algo más de medio siglo, tenía lugar un episodio poco conocido: la primera revuelta obrera en la Alemania comunista, con más de cincuenta muertos por la intervención del Ejército soviético. El joven Kohl ya seguía entonces las enseñanzas políticas de Adenauer. Aquella juventud alemana se había propuesto que los horrores del pasado no se reprodujeVALENTÍ ran nunca más en Alemania y en EuPUIG ropa. Soñaban literalmente en la reconciliación con Francia y la unificación de Europa. Recelaban de los cantos de pacifismo y reunificación que llegaban desde Moscú y desde el Berlín oriental. El principio de libertad antes que unidad -ha dicho Kohl- -recuperaba la dolorosa decisión de aceptar como ineluctable la existencia de dos Estados durante un período transitorio. Aquel joven sería, al caer el Muro de Berlín, el canciller de la Alemania reunificada. Ha sido, a pesar de todo, uno de los líderes más notables de la segunda mitad del siglo XX, inclinando su corpachón para escuchar una confidencia de Mitterrand, un suspiro de Gorbachov o una reticencia de Margaret Thatcher. Bush padre comprendió mejor que nadie su afán de una Alemania de nuevo unida. Goloso, andarín, con gran instinto de poder, conocedor de las añagazas de la Historia, por sus tantos méritos no tiene Kohl el aprecio de la izquierda cultural europea, ese vivero de flaquezas y deserciones. S Ha sido una de las locomotoras de Europa, implacable en sus objetivos, leal con sus aliados. Ahora estamos en fase muy distinta, sin saber si un Helmut Kohl haría falta o estaría de más en esa Unión Europea que se reúne para decidir que tiene que reflexionar lo que tenga que decidir dentro de un año. Ayer el Financial Times publicó una encuesta que refleja el grado de insatisfacción de los ciudadanos europeos con el rumbo de sus respectivos países. Excepcionalmente, España da los datos más optimistas: un 44 por ciento piensa que el país está bien orientado, pero los que lo ven con mal rumbo son un 45 por ciento. El caso extremo es Francia: 85 por ciento de insatisfechos. Luego viene Gran Bretaña, con más de un 60 por ciento de descontento. Siguen Alemania e Italia. En el caso alemán, se detecta cierto optimismo económico y una nueva atmósfera política inspirada por Angela Merkel, en su día discípula política de Kohl. En paralelo con ese estado de ánimo europeo, los líderes políticos se reunieron para decirle sí y no a Turquía. Nadie se atreve a mentar nuevas fases de ampliación después de la incidencia de la Europa ampliada en el no al Tratado Constitucional. Hace un año del no francés y holandés al Tratado, pero por ahora nadie ha aportado ninguna fórmula, ni tan siquiera una ocurrencia para salir del paso. Aun así, la economía europea inicia una recuperación en términos de crecimiento. No lo suficiente, al parecer, para que la Europa de los Veinticinco supere los síntomas tan acusados de euro- parálisis. Esa ya no es realmente la Europa en la que creyeron personalidades como Helmut Kohl. Aparecen la extrema derecha, nuevos proteccionismos económicos, el miedo al Islam radical, el temor ante la globalización: carecemos de líderes, de visión y grandeza, de minorías creativas. Pasamos además por un cambio generacional: quienes saben lo que la Unión Europea significó para una Europa salida de tantas guerras dejan paso a quienes lo dan todo por descontado. Lo sabe bien Helmut Kohl. vpuig abc. es