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ABC MARTES 20 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA MUJER DE LOT Dejemos la memoria histórica en manos de los historiadores y miren nuestros políticos hacia delante, que el mirar pertinazmente por el retrovisor suele traer malas consecuencias... En mi ya larga vida profesional, la más importante diferencia que he apreciado entre mis colegas ha sido la que distingue entre los que miran adelante y los que miran atrás. Entre los empresarios, los primeros invierten, emprenden, crean riqueza; en definitiva miran al futuro y creen en él; los segundos conservan, retienen y acaparan. Entre los políticos la diferencia se traduce en o bien tratar de alcanzar nuevas metas de libertad, igualdad o prosperidad, de hacer cosas, de fijarse objetivos más ambiciosos, o bien de mantenerse en la posición (de poder) alcanzada y ello a toda costa, aunque exigiera la renuncia a cualquier objetivo. En nuestra dimensión colectiva sucede algo parecido y por desgracia en el caso español ha sido predominante, demasiado predominante, la segunda actitud. Hemos dedicado décadas y aun siglos a contemplarnos a nosotros mismos y a nuestro pasado, glorioso sí, pero pasado; en lugar de seguir caminando hacia el futuro. Ello, con el agravante de que esta actitud nostálgica, ese deseo doloroso de regresar, cercenaba en nuestra juventud esperanzas y expectativas; les privaba de su marco temporal propio: el futuro. Nos hemos recreado, con demasiada frecuencia, en el noventayochismo en lo que éste tiene de actitud contemplativa y poco activa. Por fortuna, esa tendencia parece haber dado paso, hace ya treinta años y bajo la Monarquía constitucional, a una nueva actitud de la sociedad española empeñada, por una vez, en construir y en mirar adelante. Tanto en lo político como en lo económico, pero también en lo cultural y aun en lo deportivo, hemos sido motivo de admiración y sorpresa de extraños, pero, sobre todo, de propios; nuestros autores triunfan en el exterior, nuestros deportistas vencen en competiciones internacionales, nuestras empresas exportan y nuestra convivencia parece, por fin, estable. Merece la pena traer a colación la cita que Julio Valdeón hace del germano Jerónimo Munzer en su discurso ante los Reyes Católicos en enero de 1495: Llena de admiración a los príncipes y demás nobles de Alemania el que los reinos de España, que en el tiempo pasado, a causa de las guerras intestinas, los odios ocultos y los intereses privados, casi parecían quebrantados, hundidos y destrozados, con tan feliz estrella y en tan corto tiempo hayan podido pasar de la suma discordia a tanta paz, tranquilidad y tan próspero estado L A mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal (Génesis 19,26) más jóvenes de Europa) no vivió los años de la II República y para ellos son, literalmente, prehistoria, tanto como la pérdida de las Colonias o la Reconquista y si con ese motivo trastocamos la concordia en discordia (que ellos vivirán más que nosotros) no nos lo perdonarán. La segunda, porque nunca de la discordia surgió prosperidad y el bienestar que la sociedad española ha alcanzado sólo en años muy recientes, a diferencia de otras sociedades europeas, no sólo no aumentaría sino que ni siquiera podríamos mantener los niveles alcanzados. ¿O es que el interés- -y los esfuerzos- -que otros países dedican a cuestiones como la globalización, la inmigración, la competitividad, la deslocalización industrial, etc. etc. lo hacen por puro divertimento? Por decirlo con otras palabras: sólo miran al pasado los que renuncian a modelar el futuro, que- -por cierto- -empezó ayer. ¿Podemos permitirnos ese lujo? odría pensarse que en un país con dos grandes bloques electorales y de dimensión similar pero con la diferencia de que a la derecha de uno no existe casi nada mientras que a la izquierda del otro existe una importante cantidad de votos potenciales, que suelen ir a la abstención, la mejor manera de atraerse a estos últimos es dedicarse a sembrar una mezcla de utopía y revanchismo, es decir, escorarse hacia la parte extrema y radical del propio electorado; ello tendría el peligro de perder el voto moderado, pero este peligro se conjura con una dosis adecuada de crispación que asegure la impermeabilidad de los bloques. Pero eso es no contar con que la crispación siempre se vuelve contra el que la crea y, en todo caso, ¿merece la pena arriesgar la convivencia pacífica tan difícilmente alcanzada por tal plato de lentejas? Pero también, y por otra parte, ¿por qué la mu- jer de Lot miró atrás? No se resistía a abandonar la ciudad en la que vivía y quiso complacerse con una última mirada. Algunos hoy tampoco se resignan a dejar de mirar el tiempo pasado (que según Jorge Manrique fue mejor también están condenados a morir; naturalmente ello no quiere decir que la Justicia no cumpla escrupulosamente su cometido (que esta vez sí corresponde mirar al pasado para enjuiciarlo) parafraseando a Rudyard Kipling en su inolvidable If Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría, tus ganancias de siempre a la suerte de un día y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea, sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era Entonces, según el poeta todo lo de esta tierra será de tu dominio a democracia, que tantas ventajas nos ha traído, tiene, por exigencias del guión, que oficializar y realzar y subrayar las discrepancias; por eso es hoy muy necesario ensalzar y subrayar las concordancias, lo que nos une y no lo que nos separa, lo que tenemos en común (que cada vez es más) y no lo que tenemos en privado; y si no lo hacen los políticos, lo tendrá que hacer la sociedad. Sin embargo, en esta materia todos padecen una cierta proclividad común: mirar atrás. Es cierto que a fechas diferentes y por motivos opuestos pero, al fin y al cabo, hacia atrás. Dejemos la memoria histórica en manos de los historiadores y miren nuestros políticos hacia delante, que el mirar pertinazmente por el retrovisor suele traer malas consecuencias. ¿Y qué tenemos hoy por delante? Es evidente que tenemos muchos retos y muchos problemas, pero también es cierto que uno de ellos es la emergencia de nuevos actores en el panorama mundial, tanto político como económico, y con ello, la creciente pérdida de poder, prestigio, influencia y- -también- -riqueza de Europa. De ahí la cada día más urgente construcción europea, eso sí, sin papanatismos de neófito. Las cifras y, sobre todo, las tendencias producen escalofríos. Sin embargo, una cosa queda clara: la conciencia generalizada de esa necesidad; con diversos matices, con distintos grados y ritmos, pero todos los europeos saben que sin la unión, Europa está perdida. Todos, desde los romanos, sabemos que la unión hace la fuerza. Que no se nos olvide en España, en interés de todos. Quizás en esta dicotomía adelante- atrás se encuentre también la diferencia entre nacionalismo y patriotismo, pero esto ya es materia de otro artículo. Aprendamos de la Historia y no volvamos la vista atrás, como hizo la mujer de Lot; entre otras razones ya que, por una vez, hemos cogido el tren de la modernidad y sería imperdonable que por ensimismarnos lo perdiéramos de nuevo. L P E n esta situación, pretender volver los ojos atrás, no es tanto un pecado como una necedad que- -de seguir- -se vengará de sus promotores y los convertirá en estatuas de sal. Y ello por varias razones: la primera, porque un porcentaje altísimo de nuestra población (seguimos teniendo- -por edad media- -una de las poblaciones EDUARDO SERRA REXACH Ex ministro de Defensa