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ABC LUNES 19 6 2006 71 FIRMAS EN ABC JORGE DE ARCO ESCRITOR SIN AJO, POR FAVOR En ningún caso, quisiera restarle los méritos que desde tiempos inmemoriales tiene bien ganados. Pues si no se sabe con certidumbre cuándo fue descubierto, sí parecen más claros sus orígenes: la desértica región siberiana de Kirgiz, en el Asia Central... IEN sabe, quien esto escribe, que hablar en España de forma crítica sobre el ajo, puede acarrearle alguna que otra enemistad. En ningún caso, quisiera restarle los méritos que desde tiempos inmemoriales tiene bien ganados. Pues si no se sabe con certidumbre cuándo fue descubierto, sí parecen más claros sus orígenes: la desértica región siberiana de Kirgiz, en el Asia Central. Desde este hallazgo legendario, su uso, su cultivo y su difu- B sión han convivido con las más diversas culturas y en las más distintas épocas. Valgan, como ejemplos, que en el siglo VIII a. de. C, ya crecía en el jardín del rey de Babilonia y que hay indicios de su inclusión entre las pertenencias que acompañaron en su tumba al faraón Tutankamon. Propiedades medicinales, e incluso mágicas, no le faltan: desinfectante intestinal, expectorante, velador del reuma, del cáncer, de la artritis, de la hipertensión... amuleto protector, espantador de espíritus malignos... Y, tal vez, haya sido esa suerte de virtudes y utilidades, la que lo ha convertido dentro de nuestra afamada cocina actual- -y de la de siempre- en el emperador de los condimentos. Mas, aún reconociendo sus prebendas, para mí sigue siendo un her- RAFAEL GONZÁLEZ SANTANDER CATEDRÁTICO DE HISTOLOGÍA LAS OPINIONES DE UN PREMIO NOBEL Se distinguió por su gran espíritu patriótico. Amaba mucho a su patria... S ANTIAGO Ramón y Cajal fue hombre de grandes convicciones. Se distinguió por su tolerancia, siendo sobresalientes sus opiniones e ideas sobre su sentido religioso y patriótico. Aunque educado por sus padres y profesores en el más puro y respetuoso espíritu religioso y patriótico, que andando el tiempo lo acrecentó, con frecuencia anduvo oscilando en la pura fe de creyente, que aunque nunca dejó definitivamente sí se mantuvo respetuoso con todas las creencias, incluso con los agnósticos, en donde con mayor frecuencia militaba. De su gran tolerancia habla mucho lo que Cajal dejó escrito a este respecto: Hasta transparentes aparecen mis ideas religiosas en mis libros. No conviene sin embargo tratar de esto, no por mí, sino por las Corporaciones de que formo parte, algunas de las cuales, como la Junta de Pensiones, ha sido tratada de atea cuando en realidad, dominan en ella los católicos. Por lo demás, jamás me acordé de las tendencias filosóficas o religiosas de nadie al proponer pensiones o adjudicar becas de trabajo. Allí donde estoy hago labor patriótica y cultural. Y pues los católicos forman la mayoría del país, de entre ellos escoge la Junta sus candidatos y profesores. La menor parcialidad confesional que yo advierta en la Junta provocaría automáticamente mi dimisión. Y hasta ahora debo confesar que no sorprendí el menor indicio de semejante vicio, que despojaría a la citada institución de su carácter nacional Debemos decir que su idea religiosa la viró en el transcurso de su vida al redactar sus testamentos. En su primer testamento (1903) declara que profesa la religión católica, apostólica, romana, en cuya fe ha vivido y protesta morir. Encomienda su alma a Dios, que la creó, y quiere que su cadáver sea sepultado en el lugar, modo y forma que designe su esposa, a cuya elección también encomienda lo referente al funeral y sufragios En su segundo testamento (1927) dispone que su entierro sea puramente civil, y que la ceremonia se verifique sin ninguna clase de pompa ni aparato. Mis restos descansarán en la fosa común, satisfecho de diluirme en esta amada tierra de España confundido con los más humildes ciudadanos. En cuanto a mi esposa, ella o sus hijos decidirán el lugar y la forma de entierro, aunque por sus manifestaciones me consta que desea ser conducida al campo santo católico, sin ostentación ni fastuosidad a semejanza de lo que fue en vida: sencilla, modesta, abnegada y amante de su marido y de sus hijos En el tercer testamento (1931) dispone igual que en el segundo. Finalmente en el codicilo de puño y letra, escrito un mes antes de su muerte, dice: Entiérreseme, a ser posible, junto a mi esposa A Cajal se le enterró, como fue su último deseo, junto a su esposa, en el cementerio católico municipal de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid. Se distinguió por su gran espíritu patriótico. Amaba mucho a su patria, hasta tal punto que la desmembración de España alteraba su ánimo y repercutía negativamente sobre su salud. Decía que el estatuto Catalán, reconocido por la Constitución de la República, daba derecho a las regiones a organizarse en régimen de amplia autonomía, no sólo administrativa, a semejanza de las provincias vascas, sino política, social, universitaria, de orden público, etc. y que ello sería el principio de la independencia de Cataluña y Vascongadas Opinaba que, en principio, la concesión de privilegios regionales, no debía rozar lo más mínimo el sagrado principio de la unidad nacional Son palabras de Cajal, que estuvieron de actualidad hace casi un siglo. báceo del que prefiero mantenerme alejado. La muerte del sabor que provoca en todo cuanto roza, el eterno aroma que desprende, el ardor estomacal que le acompaña y la desigual batalla que emprendecontra el elixir bucal, me hizo renunciar hace ya muchos años a su distinguido placer. Si doy cuenta aquí de cuanto me acontece con este especimen de la familia de las liliáceas, es como consecuencia de haber vivido días atrás un curioso episodio gastronómico. Si ya me he acostumbrado a ser objeto de burla por amigos y conocidos sobre mi posible cosanguineidad con Drácula, o a esperar a que los camareros regresen de la cocina después de preguntar si el pollo, la lubina o el estofado llevan ajo- -pregunta casi siempre retórica- lo sucedido me tomó por sorpresa. Durante el almuerzo que nos reunía a un grupo de escritores para dirimir el ganador de un premio de poesía (que lírica no le falta tampoco al ajo; ahí están los bellos versos lorquianos Ajo de agónica plata la luna menguante, pone cabelleras amarillas los de nuestro recientemente desaparecido Leopoldo de Luis; Ha llegado el sabor de las sopas de ajo en el amanecer de los presidios degustamos, unos más que otros, las excelencias de un sobresaliente restaurante madrileño. Tras revisar la carta, pregunté al maitre: ¿Alguno de los entrantes no tiene ajo? No, Señor, todo lleva un suave toque de ajo, pero apenas se aprecia ¡Cuántas veces habrán intentado ya engañarme! Si quiere, le traigo ya el segundo Ante tal rotundidad, y tras descartar varios platos, cocinados bajo el suave efluvio de un inapreciable lecho de ajo, opté por un solomillo a la plancha Sin guarnición, ni salsa, por favor La contundencia de aquel maitre, me hizo reflexionar después, sobre el desdoro al que la riqueza culinaria española se enfrenta con tan recurrente aditamento. ¿No tienen suficiente esencia en sí mismos un besugo, un rabo de toro o una gamba? Y me hizo recordar, a su vez, los comentarios que, en algunas ocasiones, alumnos extranjeros de los más diversos países, me han venido haciendo durante mi larga experiencia docente. ¡Qué país más bonito es España, pero ¿por qué todas las comidas saben a ajo? El color del inconfundible cielo madrileño me distrajo nada más salir del restaurante. Al llegar a casa, buscando el propicio relajo vespertino, me metí de lleno en una edición recién adquirida de los poemas de Arthur Rimbaud. Y al leer el primero, En el Mesón. Verde, cinco de la tarde sonreí: ¡a esa no es precisamente un beso lo que le asusta! riendo, me trajo las rebanadas de pan con mantequilla, un poco de jamón tibio, en un plato coloreado, jamón blanco y rosa perfumado con un diente de ajo- -y me llenó la inmensa jarra con su espuma que un rayo de sol atrasado doraba Jamón con ajo. ¡Qué pena