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ABC LUNES 19 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA MENUDO NEGOCIO OS hechos son tozudos, y resisten a todas las interpretaciones: más de la mitad de los catalanes no ha votado, lo que reduce el apoyo real del Estatuto a algo más de un treinta por ciento del censo total de los ciudadanos llamados a las urnas. Ahora, que cada cual compare el dato con lo que quiera. Uno de cada tres. Menudo entusiasmo. A mí, como andaluz, se me ocurre un contraste muy divertido: en 1980 se nos obligó en Andalucía a superar con votos afirmativos... ¡el 50,1 por 100 del censo en cada provincia! y sólo para empezar a hablar, es decir, para iniciar los trámites. Hay otras comparaciones posibles- -sin salir de Cataluña: una, muy obvia, la del anIGNACIO terior Estatuto del 79; otra, CAMACHO estupenda, la del interés de los ciudadanos catalanes respecto al de su clase política- y en casi todas sale perdiendo esta desmadejada, abúlica, desganada consulta. Tiene bemoles. El Estatuto que ha abierto una brecha en la Constitución, ha desequilibrado el modelo territorial, ha provocado una crisis gravísima en las relaciones entre Cataluña y el resto de España, ha tensado hasta la crispación los sentimientos de la ciudadanía, ha desguazado el poder igualitario del Estado, ha desestabilizado a los Gobiernos de España y de la propia Generalitat, ha sembrado la alarma en el resto de las comunidades y ha originado una deriva demencial de reclamaciones autonómicas, sólo ha sido capaz de interesar a uno de cada tres de sus teóricos beneficiarios. El resto se ha ido a la playa, ha salido de paseo con la familia o se ha quedado en casa viendo el partido de Brasil por la tele. Normalidad democrática, le llamarán a eso los eufóricos miembros de la clase dirigente catalana, entre taponazo y taponazo de cava. Ellos tienen motivos para la alegría, desde luego. Le han pegado un tirón serio al botín de la solidaridad, se han autoproclamado nación, han blindado competencias, han erigido su propio poder judicial, han convertido el catalán en obligatorio, han puesto de rodillas al Gobierno central y se han asegurado por las bravas una financiación a la medida de sus necesidades con absoluto desprecio de las necesidades ajenas. Y todo ello, con poco más de un tercio de respaldo entre quienes salen ganando con la jugada. Como para no brindar ante lo redondo del negocio. Otra cosa es que el que promovió todo este lío encuentre alguna razón para seguir sonriendo. Con éxitos como el suyo no hacen falta fracasos; basta con avanzar de victoria en victoria hasta la derrota final. Pero ahí le tienen, encantado de haberse conocido y de presidir un Gobierno al que él mismo va despojando de poder para seguir al frente, como los hermanos Marx desguazaban los vagones del tren para que la locotomora siguiese andando. Más madera. Él, a lo suyo. Maragall, a lo suyo. Los nacionalistas, a lo suyo. Y España, que paga- -literalmente- -el festín de este delirio ensimismado, autocomplaciente y victimista, denostada como si fuese una ceñuda, hosca y celosa madrastra. Por lo menos, podían dar las gracias. L VOSOTROS TAMBIÉN LO ESPERÁIS L odio a la Iglesia es tan antiguo como la propia Iglesia. Aquel grupo heterogéneo de bárbaros, esclavos, pobres y gentes de poca importancia -como describe Chesterton a los primeros cristianos- -que empezó a propagar el Evangelio se topó enseguida con la agresividad de sus contemporáneos, que habían asistido, entre la indiferencia y la irrisión, al nacimiento de cientos de religiones extrañas. Pero ante aquellos chiflados que predicaban la resurrección de un Galileo reaccionaron de forma muy distinta: pronto descubrieron que eran demasiado importantes como para ignorarlos; pronto pusieron en marcha la primera persecución religiosa; pronto inventaron nuevas torturas para aquel grupo de chiflados portadores de una Buena Nueva. Y, en aquella hora oscura- -escribe Chesterton, con palabras dignas de ser cinceladas en el mármol- brilló sobre ellos una JUAN MANUEL luz que nunca se ha oscurecido, un DE PRADA fuego blanco que se aferra a ese grupo como una fosforescencia extraterrenal, haciendo brillar su rastro por los diversos crepúsculos de la historia; ese rayo de luz y ese relámpago por el que el mundo mismo ha golpeado, aislado y coronado a ese grupo; por el que sus propios enemigos le han hecho más ilustre y sus propios críticos le han hecho más inexplicable: el halo del odio alrededor de la Iglesia de Dios Ese halo del que hablaba Chesterton a veces se reviste con los tintes trágicos del martirio; a veces con los chafarrinones grotescos de la chabacanería y la burricie. Coincidiendo con la visita de Benedicto XVI a Valencia se ha organizado una carnavalada chusca que, bajo el lema Jo no t espere trata estentóreamente de mostrar su repudio al sucesor de Pedro; carnavalada que nuestro Gobierno, en su esfuerzo patético por ocupar siquiera una nota a pie de página en los profusos anales del odio a la Iglesia, se ha E apresurado a sufragar con dinero público. Tan estridente y desquiciada carnavalada no habría siquiera atraído nuestra atención si no fuera por la inexactitud del lema elegido. Y es que, en realidad, nadie espera con tanta expectación- -horrorizada expectación- -la llegada del Papa a Valencia como los promotores de la carnavalada, igual que nadie esperaba con tanta desazón y pululante miedo el nacimiento de Jesús como cierto reyezuelo llamado Herodes. Aunque la iconografía cristiana ha querido recordar la Navidad como la manifestación de una paz que anega los corazones de los hombres, lo cierto es que la Navidad también es una declaración de guerra sin cuartel al Enemigo, que inspira a Herodes designios criminales, sabedor de que esa noche ha comenzado la cuenta atrás de su dominio. Los hombres de buena voluntad- -los ingenuos pastores, los magos venidos de Oriente- -celebraron con alborozo la llegada de Jesús; pero nadie lo celebró tan a lo grande como Herodes, quizá porque nadie lo aguardaba con tanto horror. La Navidad no es tan sólo un acontecimiento festivo o pacifista; hay algo en ella retador, algo que obliga al Mal a retorcerse en su nido de áspides, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañonazos de una batalla que acaba de ganarse. Como el reyezuelo que se revuelve con furia en su palacio y decreta la matanza de los inocentes, porque sabe que ese Niño nacido en una cueva ha venido a derrotar su poder, los herodianos promotores de la carnavalada valenciana enarbolan sus proclamas desesperadas. Nadie como ellos espera con tan escandalizado horror la llegada de ese hombre vestido de blanco. Mientras sus pancartas se desgañitan, las campanas de Valencia suenan como cañonazos de una batalla que saben perdida, allá al final de los tiempos. Y, como ya conocen su derrota, sólo les resta el consuelo, triste consuelo, de condecorar a la Iglesia con su odio, que refulge en la bóveda de la noche con una fosforescencia extraterrenal.