Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 19 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ESTANCAMIENTO DE CATALUÑA La Cataluña política ingresa en un proceso de oclusión, final de partida de un catalanismo que en su tiempo tuvo ansias regeneracionistas... Lo cierto es que, agitando la bandera de Cataluña, con el voto del miedo al PP o con salirse de esta para entrar en otra, el estropicio es difícilmente reparable... A configuración ideal del bajorrelieve estatutario de Cataluña se descompuso al abrirse ayer las urnas del referéndum. Fue tan cierta como pírrica la victoria del sí por desentenderse de la consulta electoral el más alto porcentaje de abstención en unas elecciones de ámbito catalán. Tanta abstención resta no poca legitimación al sí para una Cataluña que más que nunca ahora se ve en parte estancada, en parte dividida, con más tangentes de fricción con España. Sería ineludible una crisis de representatividad. Uno de los sofismas más frecuentados en todo el nuevo proceso estatuario fue que el proyecto de ley orgánica llegaba al Congreso de los Diputados avalado por el 90 por ciento de los miembros de la cámara autonómica. Se reiteró hasta el hartazgo aunque nadie ignoraba que todo era una conjura entre partidos que no correspondía a un afán manifiesto y representativo de la sociedad catalana. Antes de la institucionalización de esa huida hacia adelante, obtener un mayor grado de autogobierno sólo interesaba a un 3,9 por ciento de los catalanes, por contraste agudo con un 54,4 por ciento de inquietud ante el desempleo, el 32,8 por ciento respecto a la inseguridad y un 32,2 por ciento ante la inmigración. Es honda la asimetría entre el bloque político de un 90 por ciento de diputados y cerca de un 55 por ciento de abstención. ¿Quién representa qué? El fracaso político es genérico, personalizado en Pasqual Maragall y Rodríguez Zapatero, emisor y receptor respectivamente de un texto estatutario que no ha interesado a más de la mitad del electorado catalán. Estando ya en precampaña electoral, el enredo institucional comienza por preguntarse cómo en un referéndum de esta naturaleza no se fijan mínimos significativos de participación. L taluña, con el voto del miedo al PP o con salirse de esta para entrar en otra, el estropicio es difícilmente reparable. Artur Mas, sucesor de Jordi Pujol al frente de Convergencia, ya dijo que este nuevo estatuto no iba a durar más de treinta años. Sí, son cosas que se proclaman en una campaña por un Estatut del que no se habla, en una confrontación tan cuerpo a cuerpo, pero hay cosas que Artur Mas no puede decir calculando que se olvidarán o se esfumarán, porque él representa a un partido político que estuvo en la redacción de la Constitución de 1978, negoció no pocos presupuestos generales del Estado y contribuyó a la estabilidad de los gobiernos de UCD, del PSOE y del PP. Otra Convergencia muy distinta será la que en su día gestione el Estatut si gana las elecciones generales. Y mucho antes de que pasen treinta años, podrá dar por caducado este Estatut Entonces uno reclama la autodeterminación y todo recomienza. gos deterministas que chocan con el espíritu de iniciativa y el individualismo emprendedor que con el Decreto de Nueva Planta aprovecha las oportunidades del reformismo borbónico para convertir la derrota en la Guerra de Sucesión en el big bang comercial e industrial de la Cataluña moderna. Por contraste con la pujanza que funda el catalanismo, el intervencionismo del nuevo Estatut convierte a Cataluña en una sociedad hiper- regulada, cuya razón de prosperar se ve cegada por el estancamiento y por apartarse de la realidad dinámica de España. Implícito en el articulado estatutario, el afloramiento de riesgos para el pluralismo y para la realidad bilingüe introduciría desavenencias públicas incluso a corto plazo. a hoja de ruta de Rodríguez Zapatero conlleva una deconstrucción de la idea de España. En un capítulo aparece el nuevo estatuto catalán, en otro revisar el consenso de 1978, en páginas sucesivas se honra la memoria intachable de la Segunda República, en otras está esbozado el camino para que ETA se sienta a sus anchas lo más pronto posible. Jacques Derrida, el inventor del deconstruccionismo postulaba que la única manera de expandir los valores democráticos consistía en destruir el lenguaje mediante el cual Occidente los había concebido. La democracia verdadera- -según Zapatero- -parece también necesitar de una deconstrucción del lenguaje del consenso histórico, del pacto de 1978 que consistió no en olvidar sino en perdonar. En 1938, lúcido por fin ante la guerra civil, Azaña pide la reconciliación de los españoles en su discurso Paz, piedad, perdón No es el mismo Azaña que había hecho la defensa de la autonomía de Cataluña en 1932, cuando Ortega argumentaba que el problema catalán era algo que no se podía resolver sino tan sólo conllevar. Como se ve en la elevada abstención de ayer, tiene sus imponderables querer modelar Cataluña entera como si fuese una materia amoldable a la veleidad política y al interés electoralista a corto plazo. Ahora indudablemente entraremos en fase de cortinas de humo, de auto- exculpaciones y demagogia incrementada. De aquí a las elecciones autonómicas, es improbable que los instintos se sometan a la forma o que la prudencia ilumine lo suficiente una vida colectiva catalana que ayer aprobó el Estatut a la vez que ponía alto su listón de indiferencia activa o pasiva. L E n 1919, el presidente Woodrow Wilson dijo, ante el Congreso de los Estados Unidos, que cuando había expresado que todas las naciones tenían derecho a la autodeterminación, lo hacía sin saber que existían las nacionalidades, que acudieron día tras día a la Conferencia de Paz al terminar la Gran Guerra. En aquellos años, el catalanismo político se contagió de la fiebre incomprensiblemente diseminada por Woodrow Wilson. Así Cataluña ha sido nacionalidad en la Constitución de 1978 y pasa a ser nación en el nuevo estatuto de autonomía. Este transcurso ha ido asumiendo ras- a Cataluña política ingresa en un proceso de oclusión, final de partida de un catalanismo que en su tiempo tuvo ansias regeneracionistas y que ha ido siendo sustituido de forma casi unívoca por un voluntarismo particularista ahora nacional- progresista, gracias al concurso inagotable de una ambigüedad práctica que con una mano pretendía influir en España y con la otra se apartaba al máximo de lo que es común a todos los españoles desde hace por lo menos cinco siglos. Ahora ya poco importa que la intención del Estatut fuese otra, mucho más electoralista que otra cosa, que eso se le haya ido de las manos a la clase política catalana o que se diga que habrá momentos para colaborar en la gobernabilidad de España. Lo cierto es que, agitando la bandera de Ca- L vpuig abc. es VALENTÍ PUIG Escritor