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56 DOMINGO 18 6 2006 ABC FIRMAS EN ABC cionado doce En realidad son trece las que integran estas Kinderszene en las que alterna el miedo infantil con el niño que se adormece o el juego de la gallina ciega o del caballo de madera. Diez años después, con sus propios hijos necesitando música que tocar volvería al piano para perfilar su Álbum para la juventud op. 68, cuarenta y tres piezas, fáciles en su mayoría, en las que parece prevalecer la idea de despertar la fantasía del niño, más que potenciar su habilidad técnica, (Cierto tratadista, cuyo nombre omito, tras datar las Kinderszene correctamente en 1838, afirma que fueron compuestas para conmemorar el cumpleaños de su hija mayor Schumann se casó con Clara Wieck en 1840, y su hija mayor, María, nació el 1 de septiembre de 1841) Por supuesto, antes que Smitt y Novák, Claude Debussy (1862- 1918) había escrito ya para su hija Claudia (Chouchou) El rincón de los niños que originalmente titularía en inglés Children s corner quizá como cortés reconocimiento a miss Dolly, aya inglesa de Claudia. En esta pequeña suite de seis piezas (Adriano del Valle las glosó con su verso ágil y jugoso en Los gozos del río Debussy- -en palabras de Heinrich Strobel- simplifica su escritura pianística de manera que las manos infantiles puedan arreglárselas con ella La suave ironía inicial, que punza a Clementi y su método, junto al melancólico intimismo de La nieve danza se fusionan en el sabio hacer del maestro, que olvida a veces, llevado de su tirón creador, para quién colma de signos el papel pautado. Las palabras de Strobel traen a mi memoria una obra de Joaquín Rodrigo (1901- 1999) El álbum de Cecilia subtitulada Cinco piezas para manos pequeñas fechada en 1948, años después (1977) dedicaría a sus dos nietas, Cecilia y Pati, entonces de nueve y doce años de edad, respectivamente, la Sonatina para dos muñecas para piano a cuatro manos: cuatro movimientos muy breves que aúnan con acierto lo didáctico y lo lúdico Mucho antes, cuando comenzaba su andadura musical (1924) Rodrigo compuso sus Cinco piezas infantiles obra orquestal adaptada posteriormente para dos pianos. Curiosamente, cuando, en 1927, se estrenó en París, Vuillermoz apuntó que así como Schumann nos hacía penetrar con sus Escenas en el mundo del niño. Rodrigo nos obligaba a jugar con esos chicos que pasan a los que quisiéramos seguir con un tambor y un pito. Pero no son estos instrumentos, sino el piano, el eje de tan gustosa literatura, que no se acaba en la que he recordado, ni tal pretendí. Cito sólo aquello que siento más cerca y que otras obras, no menos valiosas, ensanchan y enriquecen. Valgan como ejemplo final los Jeux d enfants op. 22, doce piezas para dos pianos, de Georges Bizet (1838- 1875) una de las tres obras- -con La arlesiana y Carmen -que le redimirían de su temprana muerte y de las injustas críticas que amargaron sus últimos años. CARLOS MURCIANO ESCRITOR MÚSICA PARA NIÑOS La Literatura, a lo largo de los años, ha ido dando a luz un plantel de músicos diferentes, pero iguales a la hora de sentir el llamado de la gracia y la inocencia... to al cumplir los cincuenta años (1919- 20) lo hace- -en paralelo a su coetáneo Smitt- -con intención educativa o instructiva, pero también como rigurosa materia de concierto, esto es, para los profesores y para los niños y jóvenes, ya artistas, ya meros oyentes. Desde ese ruiseñor que, jubiloso, se eleva hacia el cielo, y que abre la primera Sonatina, hasta los Maitines de Adviento que cierran la sexta, desfilan por el teclado chicos aventureros o enfermizos, bosques rumorosos, bandoleros, dragones y princesas encantadas, en tanto estalla en luz el amanecer o gana su sosiego la noche estrellada. Un salto atrás en el tiempo, nos lleva a Roberto Schumann (1810- 1856) y sus Escenas de niños op. 15. Escritas en 1838, el músico las menciona en una carta que envía a Clara- -entonces en Viena, en gira de conciertos- -y en la que le habla de unas treinta curiosas piececitas, de las que he selec- A reciente edició de un interesante CD de Florent Smitt (1870- 1958) compositor francés merecedor de mejor suerte y más viva recordación, nos ha traído de la mano del pianista Laurent Wagschall algunas de sus obras esenciales (v. g. su op. 64, Ombres junto a la deliciosa serie Enfants El clima sombrío del conjunto, pues además del opus citado incluye Crépuscules y Piéce pour le tombeau de Claude Debussy se rompe con esos Niños (op. 94) que él hilvanara al filo de sus setenta años (1939) quizá como consecuencia de sus numerosas colecciones didácti- L cas destinadas a los jóvenes, y en donde puso en juego la ironía Mimado el humor Mosquito o la ternura Moisés salvado de las aguas He escrito música para niños pero también cabría decir de niños o con niños ¿El niño como destinatario? ¿El niño como tema? ¿El niño como intérprete? Hay algo de todo ello en la abundante literatura que, a lo largo de los años, ha ido dando a la luz un plantel de músicos diferentes, si iguales a la hora de sentir el llamado de la gracia y la inocencia. Cuando el checo Vítezslev Novák (1870- 1949) escribe sus Seis Sonatinas op. 54, jus- ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA CRUCIFIJOS AY que ser cerril, mentecato y fanático, amén de ignorante e infeliz analfabeto para urdir esa vergonzosa trama que, mediante una circular de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, a instancias del Defensor del Pueblo en aquella autonomía, ha ordenado retirar los crucifijos de las aulas de un colegio que, para mayor inri, se ampara en el patrocinio de San Juan de la Cruz. Discúlpeseme este arrebato previo al análisis objetivo de los hechos; pero no lo he podido reprimir, tal es la estupefacción que no cesa. El hecho que ha motivado la ya aludida orden es que un padre se niega a que sus hijos asistan a las aulas de un centro donde se exhiben símbolos cristianos Y así, porque un padre, Dios sabe entre cuantos padres, eleve tal negativa, la Junta de Andalucía, sin que le importe un pimiento la opinión o el deseo de los demás padres, ordena de inmediato la iconoclasta retirada del Crucifijo. He escrito, al comienzo de este artículo, adjetivos que es necesario definir y justificar. Según el DRAE cerril califica al que se obstina en una actitud o parecer sin admitir trato ni razonamiento, mentecato al tonto, fatuo, privado de razón, falto de juicio, y fanático es el que defiende con tenacidad desmedida o apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. H Intentaré explicar o justificar por qué razón me han saltado tan espontáneamente al papel esos adjetivos nada laudatorios. Cerrilismo es, sin duda, esa obstinación en no entender para nada lo que representan los símbolos cristianos en general y el crucifijo en particular; cerrilismo es la amenaza si no se satisface la petición; cerrilismo es prescindir de la postura de los demás integrantes de la comunidad escolar. La mentecatez está más que definida en el comportamiento del autor o autores de la susodicha orden. ¡Manifiesta tan claramente la falta de juicio, de discernimiento, la incapacidad para razonar! Con tales precedentes la caída en el fanatismo es inevitable: obstinación y privación de juicio no pueden llevar sino a ese fanatismo amorfo y destructor que conduce a algunos seres humanos a la autoinmolación o a la feroz destrucción de todo aquello que no es su lamentable y miope credo religioso o político, tanto da. Me cuentan que en Granada, en la iglesia de San Juan de Dios, joya del barroco andaluz, sobre las venerables piedras de sus sillares, puede leerse: Las iglesias lucen más cuando arden Y en los muros de la de San Isidro, de la misma ciudad, Odio la idea de Dios Pero la causa primordial que genera estas posturas intolerantes y soberbias no es otra que la ignorancia, el analfabetismo cultural, el no ver del mundo circundante nada más que lo que permiten unas anteojeras, hechas de miedo o de condescendencia temerosa. Se niegan a sí mismos negando los símbolos cristianos porque ignoran que el cristianismo, con el judaísmo del que procede, está en la raíz de nuestra civilización occidental y es el fundamento de nuestra cultura a lo largo de veinte siglos. Estos días estoy leyendo a Oriana Fallaci y en La fuerza de la razón escribe párrafos aterradores, clarividentes pero irrefutables, en los que describe con fechas y nombres lo que nadie ve o no quiere ver. Todos sabemos lo que piensa y cómo piensa la famosa y valiente periodista italiana, agnóstica pero moralmente cristiana, que recuerda, con Croce, que el cristianismo ha sido la mayor revolución que jamás haya realizado la humanidad, sin que ninguna otra se le pueda comparar. Sin cristianismo no hubiera habido Renacimiento ni hubiera existido la Ilustración ni siquiera la Revolución Francesa que, pese a tanta sangre y tantas crueldades, nació del respeto hacia el hombre. La raíz cristiana de la Declaración universal de los derechos humanos no tiene vuelta de hoja. Pero no son demasiados los que escuchan las voces de quienes nos cuentan con datos fidedignos lo que han visto y han vivido, ni abundan los que aceptan las enseñanzas de los pocos sabios que en el mundo han sido Son más los que se obstinan en lo irrazonable por miedo, por cobardía o por conveniencia y renuncian o desdeñan sus verdaderas señas de identidad, los símbolos de su trayectoria vital y cultural. Así que, entre la indignación y la conmiseración, solo cabe repetir aquellas palabras de Cristo agonizante en la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen