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18 6 06 CLAVES DE ACTUALIDAD La marea roja de la hinchada establece una vibrante comunicación telepática con los jugadores EFE Al fútbol Con un escéptico El cronista es un cursi que no tiene ni idea de fútbol. Es la persona menos indicada para hablar de este deporte. Pero cuenta la transformación que vivió en Leipzig POR ALBERTO SOTILLO. LEIPZIG L a tarde en que la selección española iba a jugar su histórico partido frente a Ucrania, este cronista había previsto pasarla en el teatro Español, con el Hamlet de Lluis Pascual. Feliz de que, gracias al Mundial, había conseguido una buena butaca, sin el menor reparo ni remordimiento de conciencia. Está claro que este cronista es un cursi, la persona menos indicada para hablar de fútbol. Pero un buen amigo- -probablemente su amigo más influyente, jefe de Prensa de la primera empresa de refrescos mundial- -le llamó para contarle con entusiasmo que tenía una invitación para asistir al partido de la selección en Leipzig. Y aunque se resistió, consideró que su rechazo podría parecer un rechazo de su amistad. Y, al fin, aceptó. Así que, en vez de escuchar una vez más a aquello de morir, dormir... tal vez soñar el cronista se sumergió entre los gritos de belicosas mesnadas ataviadas de rojo, pintadas para la batalla, que levantaban la bandera y el vaso de plástico con cerveza para gritar: ¡A por eeellos, a por eeelllos! Había viajado junto a lo más selecto de la prensa española, junto a honorables ejecutivos, un diputado de derechas y una exuberante señora del famoseo, que se transformaron en cuanto se pusieron la camiseta roja para regresar a los estimulantes tiempos de Atila, cuando los hombres eran felices y comían carne cruda. Un estadio es un lugar de muy escasa corrección social. Respetables ejecutivos y creadores de opinión fu- man puros baratos, trasiegan cerveza, insultan alegremente, maldicen y se abrazan con el desconocido que tienen a su lado para celebrar que ha sido humillado el enemigo. Pero ¿quién dice que haya algo de malo en todo ello? Cuando vio de qué iba aquello, el cronista se metió en los lavabos, se puso la camiseta roja y él también se transformó. Un estadio no es un lugar para ilustrados, pero ¿quién dice que el fondo de nuestra alma tenga algo que ver con la ilustración? La verdad instintiva del ser humano aflora con mucha más elocuencia en un estadio que en un monólogo de Shakespeare. Por encima de la grada una pancarta proclamaba: España is Spain probable respuesta a la horterada del Catalonia is not Spain Ya suena el himno nacional y, como no tiene letra, el público se la pone: Po, po, popo, popopo, po, toto, tocho, tocho, too cho Entre la marea roja proliferan los hinchas tocados con montera de torero, incluso dos han venido con el traje completo de luces. Por las escaleras desciende un individuo de inmensa chapela y atronando con un atabal o bombo. Ya saben, Manolo. -Ese es uno de los hombres que más han hecho por España- -explica mi acompañante e intro- ductor en este rito del fútbol. Comienza el partido. Uno de nuestros futbolistas se tira cuerpo a tierra en el área del rival. Los hinchas de la marea roja piden penalti. Se me ocurre comentar: Pero si se ha tirado... -Y tú, si no sabes de fútbol, ¿por qué hablas? -recrimina muy enfadado mi acompañante, Carlos Segovia, sin cuyos sabios consejos el cronista jamás habría entendido los misterios del partido. Tenía razón. El primer gol lo marcan los nuestros de barullo; y el segundo gracias a que el balón pega en el cuerpo de un enemigo. Pero eso también es el fútbol insisten a mi alrededor. Esos dos goles de chiripa templan a la selección. La instalan en un juego virtuoso; le dan confianza en que la victoria es suya. Y desde entonces, todo se convierte en alarde, juego ordenado y dominio del tiempo. También en las gradas se instala la confianza ciega en la victoria. Y en el fútbol, por lo visto, cuenta mucho la fe. Cuando hay fe, el ánimo no decae. Se crea una especie de comunicación telepática entre la marea roja y la selección, que convierte el partido en una ceremonia místico- tribal en la que ya nada puede fallar. Tan garantizado está el dominio, que el público ya sólo piensa en divertirse. Los jugadores trenzan filigranas sin dejar tocar el balón al enemigo, mientras la marea hace la ola y canta el que viva España con mucho cachondeo y sin fijarse en lo ocurre sobre el césped. Hacemos la ola A estas alturas, el cronista también ha hecho la ola, ha gritado, ha vociferado e insultado. Así que, cuando el árbitro pita el penalti que dará el tercer gol, piensa que es un castigo injusto, pero se alegra. Que se j... Que eso también forma parte del fútbol y de la condición humana. Así es la vida, en la que hay sitio incluso para la belleza que llega con el cuarto gol. La gente se divierte y demuestra que el espíritu cívico tampoco está reñido con los gritos, el humo denso de los puros, los insultos y los litros de cerveza tibia. Hay incluso algo de alarde adolescente en todo ello. Hemos hecho historia comentan al fin del partido. El jefe de informativos de la emisora más pujante de España, con la cara pintada y casi afónico, duda de si mañana estará en condiciones. Lo estará, sin duda. Lo estuvo. En cuanto se quitó la camiseta y se puso la corbata, apaciguó al Atila que todos llevamos dentro, y volvió a ser el informador riguroso y sesudo que siempre ha sido. Ya lo dijo Juan Ramón: Soy animal de fondo como nuestra selección. Los españoles se transforman en cuanto se ponen la camiseta roja del hincha con ganas de viajar a los tiempos de Atila, cuando los hombres eran felices y comían carne cruda