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17 6 06 VIAJES Bruegel Un verano a cuadros POR JUAN FRANCISCO ALONSO n las pinturas de Bruegel huele a pan. Unas pocas pinceladas nos trasladan al trigal amarillo, listo para que las hoces lo corten, para la trilla y el molino. En realidad, la asociación del pintor con un tridente temático formado por pueblos, paisajes y campesinos es un lugar común inexacto por reducido, pero esta mañana, en la pequeña aldea de Saint- Anna- Pede, a unos quince kilómetros del centro de Bruselas, también huele a pan. El sol lame con suavidad el campo verde, los rododendros, las segundas residencias de los ejecutivos de la capital de los funcionarios, y un puñado de turistas subraya el horizonte subidos en sus bicicletas. Es una escena que recuerda a las vacaciones de Monsieur Hulot, sólo que, esta vez, en el paseo abundan las estaciones para quedarse a cuadros, para hacer turismo a partir de los lienzos. Pieter Bruegel es un pintor lleno de misterios. El primero, su origen: nunca se ha aclarado dónde nació. El segundo, la interpretación de sus cuadros, despachados con demasiada alegría por los estudiosos durante siglos. Y el tercero, la fascinación que provoca hoy en Bélgica, a pesar de los pocos originales que se conservan en sus pinacotecas. Tanta admiración suscita que, al menos de fronteras adentro, éste será el verano de Bruegel con media docena de exposiciones que rastrean su época y sus paisajes, su obra y los caminos en los que instaló su caballete. Y para empezar, qué mejor que una mañana de ejercicio en el museo al aire libre de Dilbeek, el municipio en el que se halla la aldea de Saint- Anna- Pede. El plan es asequible. Ocho kilómetros a pie- -o en bicicleta- -pa- E La iglesia de Saint- Anna, en la realidad y en el cuadro La parábola de los ciegos ra los que no se sientan con demasiadas fuerzas, o bien cuarenta y cinco, para quien prefiera explorar a fondo estas tierras flamencas y la influencia que ejercieron en el pintor. Nos guía Ana María, una belga sin un gramo de grasa que pedalea con esa extraña facilidad de la que parecen dotados los compatriotas de Eddy Merckx. Nos muestra la veintena de reproducciones de cuadros que cosen la ruta, y, como complemento, el paisaje que las envuelve. Las obras en su entorno. En La parábola de los ciegos por ejemplo, aparece la silueta de la iglesia de Saint- Anna, la línea de salida de nuestra pequeña expedición. Un poco más allá, La cosecha de heno En la siguiente curva, El banquete de bodas Y así hasta el final, de nuevo junto a Saint- Anna. El barrio del pintor Desde algún altozano de esta comarca de nombre complejo, Pajottenland, se intuye en los días claros el perfil de Bruselas, el centro de operaciones de esta apoteosis Bruegel Incluso le han dedicado un barrio. En Les Marolles, quartier que en el siglo XVI acogía a la buena sociedad, se instaló el pintor en 1563, seis años antes de su muerte. El paseo- -esta vez a pie- -nos descubre unas calles hoy llenas de inmigrantes, un comedor social en el que se sirven menús por 1,50 euros, la fachada de su casa, la residencia de Andreae Vesalis (médico de Carlos V) y, al cabo, Nuestra Señora de la Capilla (siglo XIII) la iglesia en la que reposan los restos del artista. Una orquesta ensaya junto al altar su concierto del domingo, ajena al ir y venir de los turistas. Bruselas es (aún) una ciudad para caminar. Cerca del templo, por ejemplo, encontramos Le Petit Sablon un parque urbano dedicado a los sabios del XVI. De aquella época, en pleno Renacimiento, A elegir: 8 ó 45 kilómetros La ruta (a pie o en bici) cerca de Bruselas, se detiene en diecinueve cuadros de Bruegel