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ABC SÁBADO 17 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ENMIENDA A lengua es la herramienta de que se vale el nacionalismo para inventaruna nación y convertir el particularismo cultural en un discurso de exclusión política. En Cataluña, la normalización pujolista dio cuerpo durante más de veinte años a la construcción artificial de una identidad colectiva con vocación diferencialista, pero es el nuevo Estatuto el que consagra el modelo excluyente al convertir el idiomaen un instrumento separador destinado a articular el nacionalismo como una verdadera obligación ciudadana. Esta maniobra de imposición ha quedado desenmascarada, con aplastante brillantez expositiva y meridiana claridad ideológica, en el manifiesto de la plataforma Enmienda 6.1 (www. seispuntouno. org) que lucha por la corrección del artíIGNACIO culo estatutario en el que CAMACHO se consuma el atropello destinado a utilizar el catalán como palanca para levantar una insalvable barrera política, un soporte de discriminación que sólo concede la ciudadanía plena a quienes se integran en la nación cultural definida en el texto como sujeto de hipotéticos derechos históricos. La presencia entre los firmantes de importantes personalidades de la izquierda catalana y española destruye el simplismo argumental que identifica- -de forma expresa en la campaña del PSC- -la oposición al Estatuto con los intereses de la derecha, por otra parte tan legítimos como cualesquiera otros. Lo que la plataforma denuncia es el sutil silogismo perverso que, al definir el catalán como la lengua propia, la transforma en la lengua única de los catalanes, con lo que el castellano, aun bajo la apariencia teórica de cooficial, pasaría a ser la lengua de los otros es decir, de quienes no forman parte de la nación que otorga cohesión simbólica al discurso dominante. Bajo la coartada de salvar una postergación histórica que ya no existe ni de lejos, el Estatuto otorga al catalán una primacía desproporcionada en la vida pública que de hecho reduce el castellano- -y a sus hablantes- -a una posición claramente postergada, y viene a crear una nación interior de dos millones de habitantes dentro de una comunidad de siete. La nueva catalanidad estatutaria parte de la idea de un pueblo esencial agrupado en torno a una tradición y un idioma, y a través de la lengua efectúa una selección- -una limpieza- -que empobrece deliberadamente la realidad al borrar de la ciudadanía plena a millones de personas que conforman el verdadero paisaje de la comunidad catalana. Se trata de un gravísimo fenómeno de exclusión inaceptable en una democracia igualitaria, que el Partido Socialista ha promovido y o aceptado de forma tan sorprendente como inadmisible. En la medida en que este discriminatorio abuso se consume sin enmienda, el socialismo catalán se va a hacer cómplice de una tropelía histórica que afectará principalmente a la población inmigrante que constituye su base social. Contagiado del delirio nacionalista, el PSC está cambiando poder por libertad, y es probable que acabe perdiendo las dos cosas cuando resulte demasiado tarde. L FOROFISMO DESPEPITADO E quejaba hace unos días, en la sección de Cartas al director de este periódico, don Ricardo Barceló Rodríguez, de los comentarios despectivos o jocosos (pero de una jocosidad de escaso gusto) que los locutores que retransmitieron para la Sexta el partido Argentina- Costa de Marfil dirigieron a los futbolistas de este último país. Sin llegar a incurrir en semejantes menciones denigratorias, los comentaristas del partido Ucrania- España para la Cuatro consiguieron provocar mi alipori. Confesaré que era la primera vez en mi vida que contemplaba un partido de fútbol retransmitido por un canal que no fuese de titularidad pública; y la sorpresa, en verdad, fue mayúscula. Estaba yo acostumbrado a los comentarios de José Ángel de la Casa y de otros locutores formados en la escuela de la ecuanimidad; locutores que, más allá de la natural simpatía que pueda suscitar en ellos la selección españoJUAN MANUEL la, procuraban tratar al equipo conDE PRADA trario con la probidad debida. Cuando hablo de probidad no me refiero a neutralidad, pues resultaría quimérico que un locutor actuase como un autómata, reprimiendo el caudal de pasiones que afloran en un partido de estas características. Pero estas efusiones sentimentales forman parte de la probidad del locutor, que debe actuar como una especie de médium de su audiencia. Lo que el otro día hicieron los locutores de la Cuatro nada tenía que ver, sin embargo, con esa disculpable exaltación. Me dejó pasmado, en primer lugar, el olímpico desdén que se tributaba a los adversarios; desdén que, más allá de algunas descalificaciones sumarias, se plasmaba en la incapacidad de los locutores para nombrarlos. El equipo ucraniano está compuesto, salvo alguna excepción rutilante, por peones de brega, más bien desconocidos fuera del ámbito familiar; pero es obligación de un locutor mínimamen- S te pundonoroso aprenderse sus apellidos y hasta procurar alguna información sobre su procedencia, sus logros deportivos seguramente modestos, su estilo más o menos menesteroso de juego. Quizá se trate de un ejercicio de erudición impostada, pero denota cierto celo en el desempeño del oficio, y también cierto respeto hacia el público al que se dirigen los comentarios. Los locutores de la Cuatro, sin embargo, no mostraban ningún rebozo en alardear de su desconocimiento. Cada vez que un futbolista ucraniano cortaba un avance de la selección autóctona, lo solventaban con un genérico despeja la defensa ucrania Mucho más molesto resultaba, sin embargo, el forofismo despepitado que emplearon durante toda la retransmisión, aderezado con sus ribetes de bufonería y calentura hiperbólica. Por momentos, parecía que estuviesen comentando los avatares de uno de esos combates paródicos de lucha libre que suelen celebrarse en algún estadio de Las Vegas, con púgiles cebados de esteroides y ataviados con ropajes carnavalescos. Este tono de grandilocuencia caricaturesca se completaba, además, con inflexiones de voz quizá pertinentes en una emisión radiofónica, donde la imaginación del oyente debe viajar en volandas de las efusiones verbales del comentarista; pero desde luego chirriantes y superfluas en una retransmisión televisiva, donde basta con glosar las jugadas, siempre que no se haga con un soniquete mortecino. El desaguisado se remataba con los apóstrofes enardecidos y un poco chuscos que el locutor dirigía a las turbas congregadas en la plaza de Colón y con las apostillas más bien obtusas, triviales o decididamente tediosas de Diego Armando Maradona, que con el balón en los pies parecía un avatar de Dios, pero que desde luego con un micrófono en la boca logra aburrir a las almejas (y a los caracoles) Creo que el próximo partido de la selección lo contemplaré con el volumen apagado, para no morir de alipori.