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ABC SÁBADO 17 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA BAHÍA DE PALMA Al norte duro que azota las aguas de Ulises lo bautizaron los griegos como meltemi y se trata de otra cosa. El verdadero viento del norte, el de allí donde termina el Mediterráneo cuando el sol se acuesta, es frío y seco... GUAL que Saulo, descubrí el mar- -camino de Damasco- -la vez primera en que me subí a un velero de regatas: un queche de dieciséis metros de eslora que era, entonces, de Jesús Huarte, y en cuya tripulación destacaban Pepe Estela y Quico Llompart. Pocos de los lectores de estas líneas sabrán a quiénes me refiero; los navegantes de Mallorca- -los de hace medio siglo, al menos- -se sabían de memoria, por contra, que estábamos hablando de los primeros profetas de lo que ha terminado siendo el mundo de la Copa América y el circuito mediterráneo de los TP 52, la clase de veleros en cuyas regatas participa el Rey de España. Fue en la bahía de Palma, en esa media luna protegida de los temporales peores que levanta, en el Mediterráneo, la tramontana. A la tramontana la llaman mistral en el sur de Francia. Al norte duro que azota las aguas de Ulises lo bautizaron los griegos como meltemi y se trata de otra cosa. El verdadero viento del norte, el de allí donde termina el Mediterráneo cuando el sol se acuesta, es frío y seco. Al tropezar con la isla de Menorca enredándose, a lo largo de varios días, entre sus árboles, lleva a la gente hasta la locura. No se juega con la tramontana. I hacia la bahía de Palma. Desde aquella casa se ve muy bien la mar; cabe adivinar incluso la dirección en que se desliza la espuma cuando una brisa recién nacida levanta la marejada. Pero que nadie busque el edificio de Molezún y de Corrales y de Camilo José Cela y de Charo Conde, intentando localizarlo desde las aguas. No se ve. Los arquitectos adivinaron muy bien que el paisaje tiene dos direcciones y en ninguna de ellas hay que dejar huella, siquiera mínima, de la barbarie. La casa de Molezún y Corrales- -y de Camilo José y de Charo- -de la Bonanova ganó un premio nacional de arquitectura; será por algo. Si los demás constructores de Mallorca hubiesen optado por ajustarse a las mismas normas de prudencia, otro gallo muy distinto cantaría ahora desde las orillas de la isla más hermosa de este lado del Mediterráneo. cute en toda España acerca del declive de la oca de los huevos dorados que fue el turismo de sol y playa, ahora que se apuntan soluciones descabelladas, se grita el mensaje inútil del yo ya lo dije, se lamentan épocas de gran negocio y se teme por el futuro inmediato, las aguas de Mallorca siguen estando ahí, como lo estuvieron siempre, lanzando una vez y otra el mismo grito que animó al Rey Don Jaume a embarcarse con la cruz y la espada. l grito te dice: ven y mira. Siente en el rostro las salpicaduras de la brisa del ángelus, cuando el sol ha calentado ya lo bastante la tierra seca y su sudor atrae la atención del embat. Palpa el gualdrapeo de las velas que alivian las tensiones de la baluma. Desnuda tu alma. Camino de Damasco, no serás capaz de hurtarte al milagro. Los conversos como yo solemos hacer caso omiso de las señales peores. Nos olvidamos de la chusma triunfante que navega peleándose con la mar a bordo de camiones desmedidos. Miramos hacia otra parte en cuanto aparece el petardeo bastardo de una moto de agua. Se trata de pinceladas inútiles, de adverbios impropios en una frase que no perderá, ni aun así, la más mínima pizca de su enorme gracia. En el Mediterráneo se navega a vela, con la vela latina que inventaron los árabes para ganarle el pulso al viento, se pesca en llaüt, el barco que imaginaron los fenicios- -tal vez- -por ver de dirigir la proa hacia cualquier parte, y se nada a braza, que es como entendieron siempre que hay que nadar quienes carecen de prisas para llegar a ninguna parte. Tuvimos una oportunidad y la despreciamos. Mallorca pudo ser el ejemplo de ese ningún lugar en el que cualquiera, siempre que esté comprendido entre Gertrude Stein y Miguel Ángel Asturias en cuanto a talento y estado de ánimo, podía acercarse al paraíso sin más contrapunto que el de verse obligado- -Robert Graves dixit- -a aguantarlo. Aquella isla desapareció, aunque lo hizo dejándonos un testamento. Cabe leer entre sus páginas sin más que hacerse a la mar, en la bahía que mira al sur y queda protegida del zarpazo de la tramontana, buscando el lomo de la ola que aguarda dos esloras más lejos. ¿Habrá alguien, alguien con mando en plaza, capaz de entender todavía esas palabras? E A n la bahía de Palma, ya digo, la tierra firme ampara a las aguas de las nortadas violentas; cabe esperar, todo lo más, que un gregal del nordeste enseñe las uñas. O que un sudoeste duro en especial destroce, como alguna vez ha hecho, la escollera del puerto de la capital de Mallorca. Pero el verano es otra cosa. De mayo a octubre el viento térmico, el embat, garantiza una brisa en la bahía suficiente para que los críos de dieciséis años que han nacido a más de trescientos kilómetros de cualquier mar imaginaria entiendan de golpe por qué las únicas civilizaciones que en el fondo nos importan han nacido en esas aguas. Soplaba embat el día aquel de la primavera de 1962 en que el queche Maria, así, sin acento, porque el nombre de la mujer de Jesús Huarte tampoco lo llevaba, me hizo descubrir por qué razón la mar no admite términos medios: cabe, tal vez, odiarla; hastiarse de ella, en ocasiones, pero lo más probable es que te atrape para no liberarte ya nunca de la brida nerviosa que te tira de continuo del alma. A bordo del Maria navegaba Ramón Vázquez Molezún, el arquitecto que levantó, junto a José Antonio Corrales, la casa de mis padres en mitad de la ladera de la Bonanova, esa colina verde del verde de los pinos y gris de la grisura de las hojas del olivo que mira E menudo me da por navegar en otras aguas: las de la trampa de escollos de las Bocas de Bonifacio; por medio de las corrientes que devoran Gibraltar y luego escupen, de vuelta, un oleaje infame; en el lago un tanto necio del Caribe, sin apenas fondo digno de tal nombre; en los aledaños de las lajas que el cabo del fin del mundo, aquel al que los romanos bautizaron como Finisterre, siembra como estela de muerte en lo que parecen aguas francas. Pues bien, el recodo con el que la isla de Mallorca mira hacia el sur es otra cosa. Brutal cuando quiere, suavísimo como los labios que anticipan la caricia en todos los demás instantes. Hoy que se dis- CAMILO JOSÉ CELA CONDE Director del Laboratorio de Sistemática Humana de la Universidad de las Islas Baleares