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ABC VIERNES 16 6 2006 73 FIRMAS EN ABC RAÚL MAYORAL BENITO ABOGADO EUROAMÉRICA: VALOR Y VALORES El diagnóstico del mal europeo no puede ser más desolador: traición a sus convicciones y odio hacia sus aliados. Apaciguamiento y antiamericanismo. Descomposición... n el curso de una notable intervención en la Cámara de los Comunes en 1948, David Eccles, diputado conservador (posteriormente ministro británico desde 1951 a 1962, en los gobiernos de Churchill, Eden y Macmillan) declaró que Europa necesitaba tres cosas fundamentales para su reconstrucción y seguridad: ayuda militar norteamericana, ayuda económica norteamericana también y la existencia de una fe profunda en los destinos de la Europa occidental. Los dos primeros factores podían considerarse ya, por entonces, una realidad, pero el orador expresó sus dudas acerca de la fe de Occidente en su civilización. Justificó estas dudas por el hecho de que los socialistas europeos daban constantes pruebas de tener una mentalidad diferente y de no estar seguros con harta frecuencia de que la libertad personal merezca la pena alcanzarse a un alto e inevitable precio. Eccles pronunció estas palabras cuando toda Europa se preparaba para la Guerra Fría. Un escenario erizado de alambradas y patrullas fronterizas, de bloques hostiles y hasta de telomentalidad desemboca en una actitud timorata. Para agravar su indigencia moral, Europa muestra cierta animosidad contra Estados Unidos. El diagnóstico del mal europeo no puede ser más desolador: traición a sus convicciones y odio hacia sus aliados. Apaciguamiento y antiamericanismo. Descomposición, en suma. Los europeos estamos olvidando que Europa es algo más que la pura expresión geográfica. Europa y América en un sentido estricto de las palabras son meras designaciones más o menos convencionales para regiones geográficas definidas. Pero más allá de lo geográfico existe el término Europa como estilo de vida, como visión del mundo, como cuna de nuestra cultura común y como baluarte de los valores que se hallan indisolublemente unidos a la concepción cristiana de la vida. Europa, entendida en este sentido, pertenece a los americanos con tanta legitimidad como a los nacidos en España, en Suiza o en Hungría. Por lo tanto, la defensa de Europa y de lo que significa en el mundo es para los de aquí, como para los de allá, una cuestión que atañe a su propio ser y a su propia sustancia. Porque América podrá darnos una nueva versión de Europa, pero jamás una antiEuropa, pues sería negarse a sí misma. La Europa así concebida, como concepto milenario de cultura, se convierte en la civilización occidental. No toda cultura crea una civilización. Europa, sí. E nes de acero. Porque, en contra de lo narrado durante mucho tiempo, el primer muro que se levantó en Berlín no fue el de hormigón, sino el bloqueo terrestre que en 1949 impusieron los soviéticos a la capital alemana. Salvar dicho bloqueo por medio de la aviación aliada, especialmente la norteamericana, fue una demostración de poderío, un alarde de eficacia que ni siquiera se produjo durante la II Guerra Mundial. El puente aéreo fue el primer fracaso grave de la URSS en el empleo de sus medios de coacción. Gracias a él se levantó el espíritu de los berlineses (ellos sí se erigieron en contrafuerte de la civilización occidental) hasta llevarlo a desafiar abiertamente la terrorífica política soviética. El comunismo era, pues, vecino y enemigo de aquel Occidente europeo que no creía en sí mismo. Transcurridos más de cincuenta años, olvidada la Guerra Fría y derrotado el totalitarismo rojo, Europa está peor que entonces. Continúa sin una fe profunda en su civilización. Gran parte de la izquierda europea permanece anclada en su anacrónica mentalidad diferente, como diría Eccles. Hoy esa MANUEL MARÍA MESEGUER PERIODISTA GUISO CON LAUREL A QUELLA tarde de marzo de 1974, en su pisito del barrio de Salamanca de Madrid se olía a guiso con laurel y se llegaba a escuchar a la madre y amiga trajinando con la cristalería y la loza del almuerzo si las madres de las artistas habláramos, lo que se podría oír confesaba) Rocío llegaba tarde a la cita y aventaba su melena leonada en el jolito de casa antes de sentarse en el sofá con aquella sonrisa llena y lineal que cruzaba su perfil de velero en el mar enmarcado por un cabello negro y agresivo. Batió palmas y encargó un cafesito americano muy azucarado igual que el que se ha tomado toda la vida en Chipiona apuntaba Rocío Mohedano, la Mohenadita como todavía entonces se la conocía en su tierra. Regresaba de una larga gira de tres meses por México donde se rindieron ante el ciclón de la Zona Rosa el lugar más chic de la capital federal. Tuvo que suspender la gira por un aviso que le mandó la garganta. Era mucho cansancio ya; tres años y medio sin descansar un solo día aseguraba sin dejar de recorrer con la vista, satisfecha, su saloncito de plata y óleo. Los trofeos, blancos de tanto brillo; los cuadros, como el retrato suyo inacabado que presidía la habitación. Y la experiencia temprana sobre el público: Un día te va a matar de cariño y otro día te mata de desamor. El público es una máquina que aún no he podido entender Pero algo sabía. Por ejemplo, que la entrada y los primeros cinco minutos eran fundamentales para encandilar a la gente, o que se salga corriendo para la puerta, aunque siga allí sentada Hija de Virgo, Rocío achacaba al signo del Zodiaco su optimismo y su pesimismo. Decía que había días en que se sentía como por la mañana temprano, como de vuelo de pájaro Y otros en que se encon- traba como una vela en la noche, indecisa, pequeña, a punto de apagarse Pero se sabía grande: Hablando sinceramente, no pienso que pueda tener competencia en este momento y aseguraba que La Paquera era muy buena en las bulerías, pero no se atrevía con la canción moderna, y ninguna que se aplicara a lo moderno podía marcarse una copla o un palo. Ella sí, era flamenca y cancionera. Había enamorado a los mexicanos como antes y después lo habían hecho otras dos grandes- -Lola Flores y Rocío Dúrcal- -todas abatidas por el cáncer, ese mal con nombre de monstruo obsceno. De Chipiona se llevó a Madrid su vestido de sol, su tremenda ambición y también su confesado mal genio. En la capital aprendió de doña Pastora Imperio a apalancarse en su arte y algunas supersticiones. Por ejemplo, que no podía ni nombrar ni cantar la petenera Rociiyo, hija- -le espetó la otra grande mientras palpaba toda la madera que encontraba- mira que como cantes esto nos vas a traer un mal fario Ya era una estrella aquel invierno de 1974. Y en su piso de Núñez de Balboa se olía a guiso con laurel con fragancia de marismas. Bajo distintas formas y revestimientos Occidente se apoya siempre en el mismo núcleo central: el hombre. Y alrededor de ese núcleo gira todo un acervo de valores espirituales, de creencia religiosa, de cultura del pensamiento político, de recursos económicos, científicos y técnicos eficaces, adquirido en centurias de historia común, de victorias, de trabajo e incluso de sangre y lágrimas. Restablecer este ser colectivo de Europa, lograr que Occidente reconquiste su puesto en el mundo, exige no seguir azuzando desde el viejo continente la hostilidad hacia los occidentales de más allá del Atlántico. Boris Suvarin, autor, en la década de los cuarenta, de uno de los mejores estudios rusos sobre el bolchevismo, señalaba la raíz del pensamiento de Lenin: El comunismo triunfará cuando los pueblos orientales: rusos, chinos, indios... venzan a las naciones occidentales, y esto sólo se conseguirá mediante la guerra en la que las naciones occidentales se destruyan entre sí Afortunadamente, la profecía no se cumplió. Pero explica, en gran medida, el antiamericanismo de Europa agitado desde la propaganda comunista y con la avidez de provocar un enfrentamiento entre las dos orillas del Atlántico. Una de las mayores tareas del marxismo en la segunda mitad del siglo XX fue transformar aquel comunismo apátrida de los teóricos de la III Internacional en una especie de nacional- comunismo que, cual semilla de la discordia, reivindicaba la independencia de cada país contra el imperialismo capitalista y más específicamente contra la hegemonía de Estados Unidos, brindando a los pueblos presuntamente oprimidos una audaz ideología revolucionaria y hasta ciertos augurios de liberación económica. Sin embargo, la nación americana, que en un cuarto de siglo, de 1914 a 1939, pasó del aislamiento a ocupar la jefatura internacional, ha acudido con más o menos acierto, quizás en algunas circunstancias con algún retraso, pero siempre con generosidad, en ayuda del mundo maltratado. Y por supuesto, en socorro de la vieja Europa. Aún hoy sigue ofreciéndose con sacrificio generoso como sólida barrera de la civilización contra la barbarie. Hace tiempo que el centro de gravedad de la política mundial dejó de ser europeo. En las horas presentes debiera ser euroamericano. Cierto es que la civilización occidental, asentada sobre el principio de la dignidad humana, ha sobrevivido a dos tremendas guerras mundiales y a la diabólica tiranía del socialismo real. Pero ante los actuales enemigos de la paz, como el terrorismo islámico y las autocracias populistas y totalitarias, siempre dispuestos a inflamar el mundo, Occidente ha de promover la disidencia frente al imperio del pensamiento débil, debe deshacerse de temores y complejos y proporcionar al género humano los grandes remedios, los de siempre: Democracia, libertad y prosperidad. Sólo así Occidente, Euroamérica, emergerá con todo su valor y con todos sus valores.