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66 Espectáculos VIERNES 16 6 2006 ABC VIERNES DE ESTRENO Ultravioleta Ultracuchufleta EE. UU. 87 m. Director: Kurt Wimmer Intérpretes: Milla Jovovich, Nick Chinlund JAVIER CORTIJO Stéphane Brizé procede del cortometraje y del documental. Declara abiertamente que le es más fácil dirigir a actores mayores que él. Ahora ha tenido la oportunidad de adentrarse en el mundo de un hombre de 50 años sin alicientes en No estoy hecho para ser amado S egún va uno asistiendo al, afortunadamente, breve metraje de este bodrio, se va acordando de aquellos versos de Pessoa: Reniego reniego de todo reniego incluso de más mientras se le va quedando una cara un poco así como canturreaba aguardentoso Paolo Conte. Y es que hay que echarle mucha poesía y algo de alcohol al ánimo para meterse entre pecho y espalda este gazpacho hemoglobínico- salchichero que entronca directamente con otros trullos siameses estilo Aeon Flux o las dos Underworld que tanto montan. Y eso que su director, Kurt Wimmer, tenía cierto prestigio por su anterior filme, la futurista casi cultie Equilibrium y aquí pretende burlarse del aluvión de cine comiquero adaptando un presunto tebeo que, en realidad, y por lo visto (algún sucedáneo puede salir aprovechando el tirón) no existe más que en las portadas de los títulos de arranque. Ni los pufos de Cuarto milenio vamos. Así que hasta tiene su retranca fake y todo, el tío. Sin embargo, tanto interés birlibirloqueador para nada. Porque Ultravioleta acaba siendo un mal cómic, un mal videojuego, una mala película, un mal sueño y, sobre todo, una muy mala leche. La trama, si se puede hablar de tal, sigue los pasos de una cibervampira justiciera que, acompañada de un crío igualito al marciano de gomaespuma de Roswell, intenta que el Gobierno no les trate como apestados, angelitos, por culpa de un quítame allá esos virus quizá sacados de la recámara de Resident Evil territorio natural de una Milla Jovovich cada vez más encanijada (metafóricamente hablando, claro) Veamos, ¿qué queda de una película de ciencia- ficción cuando el guión es de una embrollada puerilidad que echa para atrás (por muchas ínfulas mesiánicas que saque al final) los efectos especiales son del tercer mundo (ni los muñequitos de la mina de Indiana Jones, en fin) las artes marciales solo servirían para una tienda de latas de conservas, y el look del siglo XXX (o más) parece una mala fotocopia de ilustradores como Olivier Ponsonnet o Daniel Moreno Díaz? Pues, ni más ni menos, el clon sofisticado, aséptico y con tetas (bueno, en esto van empatados) de las aventuras y linchamientos de John Rambo en los 80. Sólo que, entonces, ellos y nosotros sabíamos que aquello iba en guasa. Y ahora únicamente nos reímos unos pocos. Por no llorar, claro. Se puede hacer cine de autor y que a la vez sea muy popular TEXTO: JOSÉ EDUARDO ARENAS MADRID. Unos personajes a los que no se les ha enseñado a amar o a ser amados. Traumas, fracasos y remordimientos para quien querría abrir su corazón pero le falta valor. Y una realidad común: los deseos, entusiasmos y bloqueos. Teniendo como telón de fondo una academia de baile y para deleite de los oídos, el tango como elemento desestabilizador y emocional. Esto es, a grandes rasgos, la película de Stéphane Brizé No estoy hecho para ser amado cinta francesa independiente y bendecida por la crítica y recibida con entusiasmo en el último Festival de San Sebastián, donde ganó el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos. Brizé muestra su satisfacción por haber logrado salirse con la suya: quería hacer el filme teniendo al actor Patrick Chesnais encabezando el reparto, y no a un profesional de renombre que hubiese ayudado a que la película se vendiera más deprisa, algo que pedían las televisiones francesas si yo pretendía que me financiaran el proyecto asegura el realizador. No soy nada vengativo- -apostilla, y parece que es verdad- Existía el riesgo de que no llegara a rodar, pero de haberme dejado llevar, les hubiese dado la razón a todos aquellos que no creen que se puede hacer un cine de autor y que a la vez sea muy popular asegura después de haberlas pasado canutas. Cuenta lo mucho que le molestaba que en las televisiones le hicieran sólo una pregunta: ¿Quién va a interpretar a ese hombre? Luego suelta entre Patrick Chesnais y Anne Consigny en una escena de la película risitas: Lo que no sabían es que aquellos nombres que me proponían ya habían dicho que no al proyecto Le gusta decir que sus efectos especiales son los actores, y contar cómo trabaja con ellos: Yo propongo una historia que me propongo llevarla a cabo con unos actores intentando utili- ABC zar lo que son. Hago una propuesta del recorrido que haremos juntos, para luego elaborar todo sin nada predeterminado. Les entrego el guión del día pocas horas antes de rodar, así no lleguan con ideas. Es la manera más eficaz de inyectar algo de vida a la historia concluye. No estoy hecho para ser amado Un triste tango en versión francesa Francesa Director: Stéphane Brizé Intérpretes: Patrick Chesnais, Anne Consigny E. RODRÍGUEZ MARCHANTE eculiar película, por decirlo en trabalenguas, la que hace este director casi novel y francés que mezcla el baile con el amor, la tristeza con la comicidad y la familia con la caricatura... El título es ya un color chillón para el retrato de su personaje central, un tipo más triste que un bocata de lechuga y serio como la última mano de una noche de póker; alguien que, en efecto, no parece haber nacido para que lo quieran. Sin duda estamos ante un drama: señor cincuentón y solita- P rio, rechazado por su padre, abandonado por su esposa, temido por su hijo, que ejerce de secretario de juzgado y que su vida no da a ningún sitio. Su vida, no; pero su ventana puede dar justo a una escuela de baile, y allí comienza para él un pequeño y arrítmico movimiento de los piececillos de su alma, cuando conoce a una mujer más joven y menos apagada. A Stéphan Brizé se le escurre su historia tristísima hacia lo ligeramente cómico, aunque no se acaba de entender por qué: el tipo no tiene gracia, pero su brutal seriedad vira misteriosamente en graciosa; y su relación con los demás, y en especial con esa joven casadera que se agarra a él para bailar un tango, se ennoblece con unas migajas de ternura. O sea, que el espectador está plantado ante un drama profundísimo pero que le produce ligeras cosquillas; ante una película de baile, aunque no se ceba, como otras (el tema ha sido tratado tanto por el cine como por la psicología) en marearte con planos de baile que lo único que harían es poner en evidencia las limitaciones de los intérpretes; ante una película romántica, en la que, afortunadamente, está llena de palabras de menos (nuestro secretario de juzgado es lacónico como un pez en su pecera, lo cual le impide a la vocación romántica de la trama ponerse tonta) ante una película muy seria, muy gris, muy seca, pero que de repente enseña su colmillo de amoralidad... Brizé tiene el acierto de construir los dos personajes centrales con mucha carne humana, uno gris y otro luminoso, pero ambos llenos de corazón; aunque al tiempo los rodea de circunstancias banales, caricaturizadas, de personajes menos matizados... lo que convierte a ellos, al serio Patrick Chesnais y a la encantadora Anne Consigny, en lo único a foco y enfocado, como bailarines de un tango apagado, como pareja que recuerda levemente a aquella de Breve encuentro como actores de esta película peculiar y triste pero que deja traslucir algo parecido al regocijo y una no desesperante lentitud.