Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES 14 6 2006 65 Cultura y espectáculos Argentina cierra los ojos al XX aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges La figura del escritor ciego queda opacada por el Mundial del Fútbol de Alemania b El 14 de junio de 1986 los medios de comunicación daban la noticia de la muerte del escritor. En televisión se le calificó como el Maradona de la literatura argentina CARMEN DE CARLOS CORRESPONSAL BUENOS AIRES. Odiaba el fútbol y tuvo la mala fortuna de morir pocos días antes de que Argentina ganara su último Mundial. Le enterraron en Ginebra cuando sus paisanos pensaban más en el último gol del campeonato que en la muerte del ciego con más vista para las letras de la Historia. Desde entonces, ha llovido mucho sobre la tumba de PlainPalais, pero da la impresión de que, para el esqueleto que está seis metros bajo tierra, han cambiado poco las cosas. Jorge Luis Borges, el muerto, cumple veinte años, pero en Argentina los vivos sólo tienen ojos para la selección nacional. El 14 de junio de 1986, los medios de comunicación daban la noticia del fallecimiento del escritor. En busca de un testimonio popular que recordase su obra o expresara la dimensión de Borges, la televisión dio con una persona sin miedo al micrófono: Era el Maradona de la literatura argentina dijo a modo de epitafio. Algunos creen que, en ese preciso instante, el cuerpo menudo del escritor se removió en su tumba. Hoy, quizás, no suceda lo mismo, porque, a fin de cuentas, la indiferencia o el escaso entusiasmo con el que se conmemora esta fecha significa hacer realidad un deseo expresado por Borges en vida: pasar al olvido. Ni siquiera la fundación que lleva su nombre y dirige su viuda, María Kodama, tiene previsto grandes homenajes. Creada hace once años no es, como podría suponerse, el centro de referencia o principal fondo de cultura del autor de El Aleph Como dato curioso, surge que María Kodama no estará hoy en Buenos Aires. Le rendirá tributo en el cementario de Plain- Palais, donde reposan unos huesos que querían quedarse acá recuerda Fanny, mucama y mirada eterna de Borges hasta que ella le seduce. Jorge Luis Borges no se cansaba de recordar una enorme palmera en el jardín, es de otros. Kodama, la mujer que le llevó de la mano por senderos que no quería transitar, según testimonios públicos de sus viejos amigos como Bioy Casares o María Ester Vázquez, compró la colindante. Transformada en una copia de dudosa calidad, muchos visitantes están convencidos de que es la original, pero aquellas paredes no tienen nada que contar. La programación oficial homena- ABC je a Borges está pasando como hace una década, sin pena ni gloria, aunque la Secretaría de Cultura ha organizado en el Teatro Cervantes una exposición (Pasa a la página siguiente) VEINTE AÑOS NO ES NADA FERNANDO R. LAFUENTE Pantallas en los colegios En pleno fervor deportivo en una ciuda como Buenos Aires, donde en los colegios han instalado pantallas y televisiones para seguir a la selección nacional de fútbol, el olvido de Borges salpica a las instituciones. En Argentina no hay una sola estatua suya. Lo más parecido a una réplica de su figura son muñecos de cartón piedra acomodados en cafés emblemáticos de Buenos Aires como el Tortoni o la Biela. La capital le regaló una calle en el barrio de Palermo, donde vivió de adolescente. La casa en la que pasó la mayor parte de sus años, donde N i lo serán cien. Borges, a los veinte años de su muerte en Ginebra, cada día escribe mejor. Igual que hay escritores que no duran ni cien días, hay otros que permanecen en el tiempo, y además con creciente interés. Que Borges fue el escritor en español más considerado y respetado, estudiado e imitado (una forma de homenaje) del siglo XX no es mucho decir a poco que se frecuente la lectura. Dejó laberintos, gratísimos, en los que embarcarse durante las próximas décadas; concibió un libro de arena, un aleph invisible, como el cristal, como el aire, mediante un estilo noble, transparente, circular y paródico. Creó una literatura en español en la que el lenguaje oculta intencionadamente su intensidad, exhibe su levedad y subraya su rareza. Una lengua irónicamente clásica teñida de marcas contemporáneas: y describió a la realidad como un conjunto arbitrario de meros signos semánticos y a la teología, una de las ramas de la literatura fantástica; pensó el yo como mera ilusión y la conciencia como juego de sensaciones efímeras. Borró las diferencias entre lo marginal y lo relevante, entre la razón y la locura (Foucault) entre lo santo y lo profano (Proust) entre lo lícito y lo delictivo (Beckett, Genet) entre lo cotidiano y lo extraordinario (Joyce) entre lo serio y lo festivo (Bajtín) entre la realidad y la ficción (Kafka) y todo lo contó con tanta distancia irónica como melancólica (Cervantes) Advirtió que la historia literaria no es sino un prolongado y circular diálogo de los libros entre sí, y de éstos con los lectores; un diálogo interminable, laberíntico, luminoso; mostró cómo no había historia lineal en materia literaria y que no sería una boutade recordar, así, la influencia de César Vallejo en Quevedo, porque es el escritor el que inventa sus precursores, unas genealogías secretas que marcan los raros y perturbadores perfiles de las letras. Poco se conocen los últimos días de Borges en Ginebra. Fue allí como Alonso Quijano. Para morir tras el sueño de la vida, una vida de libros, de lecturas, de héroes y melancolías, debía volver a la misma ciudad en la que había descubierto, en su adolescencia, el oficio de la literatura. Ese misterio que permite que lo imaginado por un hombre llegue a ser parte de la memoria de otros.