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60 MARTES 13 6 2006 ABC Cultura y espectáculos En la madrugada del 13 de junio de 2005 se fue al cielo literario y en su recado de escribir dejó maravillosos sonetos y poemas inéditos, como los que publicamos. Al recuerdo se unen siete costaleros de la Cofradía de la Columna que veneran a su Hermano Mayor Jaime Campmany: genio de la columna, género literario TEXTO: ANTONIO ASTORGA MADRID. La vocación periodística de Jaime Campmany fue literal y literariamente irresistible. Cuando estudiaba Derecho y Filosofía pura iba a la Facultad en un pijama que sobresalía de su abrigo, con un cargamento de libros debajo del brazo y untado en linotipias después de haber trabajado hasta las cinco de la madrugada en el turno de cierre del periódico. Y lo agradecía, porque lo pasó mal en los primeros años: El Periodismo era una profesión maltratada, no estaba considerada, malpagada, pero me ha permitido conocer cosas, ciudades, gente... como ninguna otra. En estos 80 años- -me confesaba en su última entrevista- -lo mejor que he recibido, aparte de mi mujer Concha, mis hijos, mis nietos y mi suegra, ha sido lo que me ha dado el periódico. Eso de que llegues a un sitio y siempre haya alguien que te lea y te elogie no se paga con nada... Aunque habrá algunos que se acuerden de mi madre, creo que hay muchos que me celebran. En Nueva York me dijeron que me leían en internet y eso es un gozo El gozo era escuchar a Campmany, siempre acompañado por Conchita, su mujer, su alma, su orden, su amor, que al ver a uno desnutrido le ofrecía un caldo, elixir de su cocina, para paladear la aventura de su vida. Uno de esos trágicos golpes del destino nos dejó solos en la madrugada sin Campmany- -el 13 de junio de 2005- -y nos arrebató al maestro de periodistas, al escritor de raza, al hombre tierno, fecundo, inalcanzable, sabio, feliz, jocundo, coñón... a un ser humano bueno en todos los sentidos de la palabra bueno. Así era Campmany. Hace un año que murió y el periódico sigue llorando a su genio, ya género literario. Gracias a su esposa publicamos hoy poemas y sonetos inéditos que él dejó en su recado de escribir. Hablan de amor, muerte y de su lago Maggiore, donde disfrutaba del verano junto a Conchita. Y como Campmany es Hermano Mayor de la Cofradía de la Columna hemos pedido a siete de sus costaleros que elijan una o varias noticias del último año sobre las que ellos- -y su legión de lectores- -hayan echado de menos la prosa sublime de Campmany al día siguiente en ABC. La lectura poética y prosística de las piezas es pura delicia. Como la foto que preside estas páginas: don Jaime, rodeado de tres de sus nietos: Beatriz, Conchita y Quique. Campmany, inolvidable. POESÍA INÉDITA DE JAIME CAMPMANY TRES SONETOS DE AMOR Y DE MUERTE LAGO MAGGIORE, 1993 I Era Madrid y otoño y amarillo y lunes y violín y atardecía. Era tu mano que palidecía al correr la clausura del visillo. Era en tus ojos húmedos el brillo de una primera llama que te ardía. Era octubre y amor y melodía y soledad y todo tan sencillo. Era otoño y Madrid y me mirabas, era tu breve pecho en oleaje y tu boca desierta y entreabierta. Era después el beso en que te dabas, y fue que, de una rama de mi traje, cayó mi corazón como hoja muerta. II Como si nada hubiese sucedido, has abierto temprano la ventana y has bañado en la luz de la mañana la alcoba ruin y el lecho florecido. Una triste canción de agua y olvido ha sonado en la pobre palangana, y el espejo ha devuelto con desgana la sonrisa fugaz de tu descuido. He mirado tu cuerpo, tu desnudo, reto impecable al sol avergonzado, desafío de mármol a la lumbre, y estoy pensando ahora en cómo pudo oprimir mi costado tu costado como un suceso más de mi costumbre. III He de pasar. Más tarde o más temprano, tendré que encaminarme a la salida. La muerte siempre gana esta partida que con la vida juega mano a mano. Viví la primavera y el verano, anda por el otoño ya mi vida y el invierno me espera. Ya se cuida de mullirme la tumba mi gusano. ¿Por qué morir, pasar como si nada, dejar la luz, el mar, la sangre, el fuego, y el amor a ceniza reducido? Un hombre es soledad desenterrada y un buen día te vas. Ese es el juego. Uno se tiene que ir porque ha venido. Ha bajado Septiembre desde lo alto del monte con su leve sombrero y su fresca corbata. Ha puesto un disfumino que aleja el horizonte y ha dejado en el lago su bandeja de plata. Se fueron los barquitos al aire septembrino y se ha quedado sola la vela más pequeña. No vienen revoltosas las aguas del Ticino y cruza leve brisa por la tarde risueña. Por el cielo cobalto pasa una nube rota. Por el agua de plomo se deslizan los patos. Por el aire de gasa vuela una gaviota que escribe en el pentágrama bemoles garabatos. El alma, poco a poco, va bebiendo el paisaje y el ocaso la encuentra dulcemente embriagada. El sol por fin se apiada del verdor del boscaje y absuelve a la opulencia de la hortensia agrupada. Son los últimos soles que nos manda el estío. Ya se fueron las flores huyendo de la quema. Palpita la tristeza con un poco de frío. Llorar o no llorar. He aquí mi dilema. Por la noche la luna se viste un velo vago que deja despaciosa una nupcial estela. Temblorosa, su luz se adormece en el lago y es un milagro pálido que en el lago riela. Son las altas montañas gigantes sucesivos donde finge belenes la luz de las aldeas, y como una familia de cetáceos cautivos estarán ya dormidas las islas borromeas. Las luces de Verbania titilan a lo lejos como si sobre el agua estuvieran en vilo, y temblando en el juego de pequeños espejos Belgirate se mira en el lago tranquilo. Quizá en el campanile de la iglesuela vieja se haya enredado el rayo de una estrella perdida. Me he encontrado a Stendhal presentando una queja al amor que esta noche no le tiene con vida. Todavía Manzoni, en su casa de Lesa, escribe sus disputas con Antonio Rosmini. Es tarde. Por la orilla me vengo desde Stresa, y ya está silenciosa la casa de los Prini. Se me acabó el agosto. Se me muere el verano. Yo también muero un poco mas con dulce agonía. Me acodo en la terraza lunada del Milano a sorber el consuelo de la melancolía. Amo el aire finísimo que aletea en mi frente. En lo que ven mis ojos no hay nada que no adore. Se me afligen los versos emocionadamente y le digo hasta siempre a mi Lago Maggiore ¡QUÉ SUERTE TIENEN LOS ÁNGELES... Han sido muchos los episodios que la realidad nacional nos ha deparado, para hacernos más presente y aflictiva la marcha de Jaime Campmany. ¡Qué cachondísimo rap carcelario habría compuesto nuestro llorado maestro en honor de la alcaldesa de Marbella, Marisol Yagüe, y su primera teniente de alcalde, Isabel García Marcos, convertidas tras el desalojo del Ayuntamiento en principesas de la cárcel de Alhaurín de la Torre! ¡Y menudo romance con sones mandingas habría dedicado a su dilectísima María Teresa Fernández de la Vogue y a todo el séquito de señoronas solidarias que se llevó a Mozambique, tan solidarias que se fundieron en trajes autóctonos el presupuesto que el Gobierno español destina a la ayuda al desarrollo mozambiqueño! La fotografía de la vicepresidenta y su cortejo disfrazadas de maniseras habría excitado la musa del maestro hasta cúspides de hilaridad nunca antes alcanzadas por poeta satírico alguno. ¡Qué suerte tienen los ángeles, que a estas horas estarán disfrutando del verbo coñón que a los pobres mortales nos ha sido arrebatado! JUAN MANUEL DE PRADA