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46 Madrid MARTES 13 6 2006 ABC La familia Ochoa del Olmo cuida como oro en paño el único Museo del Organillo que hay en Madrid. Ellos no construyen, sólo reparan, miman y afinan sus ocho piezas de colección Organillos, trinos y alegría en peligro de extinción TEXTO: MARÍA ISABEL SERRANO FOTOS: VÍCTOR INCHAUSTI MADRID. Cuando vengas a Madrid, chulapa mía, voy a contarte una cosa que te dejará pasmada: la familia Ochoa del Olmo es la única que queda en la Villa y Corte obsesionada por salvaguardar el arte, la historia, el oficio y las peculiares notas musicales que salen de un organillo. Ellos guardan celosamente el Museo del Organillo en la Carrera de San Francisco, 7. Ahí quedan ocho estupendas piezas construidas- -algunas hace más de un siglo- -por el artesano Antonio Apruzzese, muerto hace algunos años y al que, cariñosamente, el joven Fernando Ochoa del Olmo llamaba el abuelo Fernando, 29 años, es el único en Madrid que sabe reparar y afinar organillos. Lo que más siente es no haber llegado a aprender de Apruzzese las técnicas de construcción y composición. No está en nuestra intención malvender ninguno de los ocho organillos que quedan aquí. Son únicos e irrepetibles. Tienen tanta calidad que suenan de maravilla, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos. Uno de ellos no ha tenido que ser afinado desde que se construyó, hace ya más de setenta años comenta el joven Fernando. Los pelos de punta Su padre no tiene ningún reparo en empezar a tocar alguno de estos organillos. Da gusto escuchar España Cañí Doce cascabeles El polichinela el vals Cielito lindo ese Pichi el pasodoble Gallito o nuestro Agua, azucarillos y aguardiente Se ponen los pelos de punta. Como las puertas del local están abiertas, el sonido del organillo recorre prácticamente toda la Carrera de San Francisco... Y los curiosos comienzan a amontonarse en la puerta. En verdad, da una alegría tremenda escuchar la dulzura y el casticismo de cualquiera de estas piezas de verdadero museo. Los Ochoa del Olmo han hecho varios intentos para que el Ayuntamiento les eche una mano con los organillos. Es una pena que estén aquí, guardados, casi como escondidos, sin que los pueda disfrutar el pueblo de Madrid dice Fernando, el hijo. No se trata de una venta. No lo harían. Se sienten muy vinculados sentimentalmente con sus organillos. Sí verían con buenos ojos una especie de guarda y custodia por parte del Consistorio. Sería una buena solución. Un organillo es complejo. La alegría que transmiten sus trinos y sus canciones no dan idea de lo que hay por dentro. Las tripas de una de estas piezas llevan: el rodillo, que es corazón del organilllo, algunos con hasta 22.000 púas. Además, la máquina de hacer los bordones, el clavijero, las cuerdas, el hilo de cobre y las cuerdas de acero. Todo tiene que formar un perfecto engranaje para que el sonido sea adecuado y el funcionamiento impecable. Alquiler con tocador Los ocho organillos están a buen recaudo, pero esta familia no vive de ellos. Sólo los mima, los cuida, los repara, los afina... y por San Isidro o La Paloma los alquila. Tampoco se los alquila a cualquiera. El préstamo ha de tener todas las garantías, aunque la familia Ochoa del Olmo no deja que nadie toque estas piezas de museo. Nosotros mandamos nuestros propios tocadores porque, además, un organillo no lo hace sonar bien cualquiera. Hay que saber darle a la manivela dice el joven Fernando, quien admite que no se puede vivir de esto De hecho, él es el gerente de una empresa de helicópteros, Intercopters, con base en Cuatro Vientos, que es de donde se gana las habichuelas. Durante las fiestas castizas de Madrid, se alquilan diversas piezas. Si el organillo no sale de Madrid el alquiler cuesta unas sesenta mil pesetas, para dos horas, más el porte, el tocador y el IVA. construcción. Es muy difícil y, además, hay que tener amplios conocimientos musicales nos dice el joven. El Museo del Organillo, en la Carrera de San Francisco, número 7 Cada uno con su nombre Quiere tanto esta familia a sus organillos que les han puesto un nombre a cada uno. Veamos cuáles son: El del Niño Es el más pequeño. Data de los años veinte del siglo pasado. Está compuesto por seis melodías y dispone de dos teclas cuyo sonido se asemeja al de unas castañuelas. El Ritmos Otro de los que animaron calles, bailes y verbenas. Es muy destacable su variedad de ritmos y melodías. De ahí su nombre. Tiene vals, pasodoble, marchiña, chotis, bolero, mazurca, rumba y jota. De madera, tratada y antigua, se encuentra en un perfecto estado de conservación. El de la Reina La denominación de este organillo parte de una no menos curiosa historia que contaba Antonio Apruzzese. Aseguraba que la Reina Doña Sofía y su hermana visitaron la tienda en dos ocasiones y que en una de ellas quiso comprar esta pieza. Antonio se negó, ya que es la más valorada del museo. Es como el Stradivarius de la colección y no ha tenido que afirnarse nunca desde su construcción. Es hermoso hasta decir basta. El de Pili Pilar, nos cuenta Fernando Ochoa, ha sido durante muchos años la presidenta de la Agrupación de Castizos de Madrid y siempre ha gustado de utilizar este organillo en las fiestas y verbenas madrileñas, adornándolo con mantones de Manila de lo más vistosos. Tiene vals, pasodobles, cho- En la Carrera de San Francisco, 7, se guardan celosamente ocho instrumentos, alguno con más de 100 años Ninguno está en venta. No tienen precio porque son únicos e irrepetibles. Sólo salen del Museo en alquiler El rodillo, el corazón del organillo, puede llegar a tener un total de 22.000 púas para las notas musicales ces y los ojos al cristal del local puede ver, a duras penas, las maravillas que guarda dentro. Hoy, ninguna de estas piezas está en venta. Pero, si les forzamos un poquito, podemos saber, por pura curiosidad, que el organillo más pequeño, uno que sólo tiene seis melodías, puede costarnos unos veinticuatro mil euros, alrededor de cuatro millones de las antiguas pesetas. A pie de calle Fernando, el padre, nos abre las puertas del Museo del Organillo en la Carrera de San Francisco, con el que llevan unos diez años, cuando adquirieron tanto el local como las piezas que estaban dentro. Su mujer, Carmen, una castiza de pro, nos cuenta que hace algunos años vendieron dos piezas a unas profesoras de música de Alicante. Pero ya no queremos vender más. ¿El precio? Es difícil de calcular. Son piezas únicas que quedan en Madrid dice la mujer. El Museo del Organillo es un pequeño local a pie de calle. Casi siempre está cerrado porque esta familia tiene otras actividades. Si uno pega las nari- Tamaño y grosor Lo cierto es que cada púa se corresponde con una nota diferente. Dichas púas son de diferente tamaño y grosor para conseguir asemejarse, cada una, a las notas musicales. El rodillo se desplaza lateralmente para compartir las púas entre las distintas melodías de que conste cada organillo. Dicho así, quizás parezca fácil construir una de estas piezas. Fernando Ochoa del Olmo nos dice que de eso, ni hablar Ojalá él hubiera aprendido de Antonio Apruzzese la técnica de la