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ABC MARTES 13 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA DIBUJOS ANIMADOS A Teresa Jiménez- Becerril, con admiración N ZAPATERO EN LA TURBOPOLÍTICA U NA característica de la turbopolítica es que anula el tempo clásico. Facilita el surfeo- -tan idóneo para personalidades políticas como Zapatero- pero genera tantas turbulencias inesperadas que logra alterar la relación plausible entre los intereses de los partidos políticos y la noción, por remota que sea, de fair play Obliga entonces a recurrir a prótesis ideológicas y a un uso exhaustivo de la demagogia. De los libros y visitas de Philip Pettit, por ejemplo, Zapatero extrae la tesis de la libertad como no- dominación Esa no- dominación se fundamenta en mecanismos tan obsoletos como la discriminación positiva o las estrategias del buenismo. Lo más ostentoso de los principios que le son a Zapatero instrumento para la manipulación de las situaciones es que sean tan etéreos como arcaicos, aunque las apariencias aporten un sustrato de posmodernidad. Esos principios se aplican o no, VALENTÍ según convenga. Es lo que está practiPUIG cando Zapatero, apoyándose en un partido como ERC y luego marginándole, abrazando el Estatut y luego pactando con Artur Mas, al tiempo que extrema su hipotética operatividad en esa línea de sombra que el Estado de Derecho tiene en sus posibilidades de solventar problemas como la extinción de ETA, al precio más alto, en circunstancias manifiestas de huida hacia adelante. A costa del fair play las presuntas soluciones se sobrecargan de ambigüedad y adquieren la calidad del apaño, del quid pro quo más allá de la noción básica del imperio de la ley y de la lealtad a un sistema pactado. Es otra agenda. Conlleva una desavenencia que no atiende a las normas elementales de la alternancia política. Confunde a propósito la naturaleza de los consensos originarios, como ocurre con la ley de Partidos. Avituallado con indefiniciones, el mensaje prospera en las circunstancias más conspicuas de la turbopolítica. El riesgo deriva de querer ignorar que el tem- po es parte de la vida pública y que apretar el acelerador en algunas ocasiones deteriora hondamente el fair play No se trata de un partido de cricket entre equipos diletantes y sofisticados. Aquí el flair play es algo de naturaleza vertebral: practicar juegos semánticos entre lo que es tantear y lo que es negociar hace saltar por los aires la confianza entre los partidos mayoritarios y confunde los buenos deseos de la ciudadanía que desea la paz y no la guerra. Ahí Zapatero es un virtuoso en la elisión de la noción de conflicto. Lo que es un conflicto entre España y ETA pasa a ser una preferencia del Partido Popular por la guerra y no por la paz. Se apela a las virtudes del diálogo y se achaca al adversario el anti- dialoguismo, cuando en realidad lo que hacen faltan son garantías de que en el enfrentamiento con ETA todas las salvaguardas están en activo. El momento es extremadamente inflamable. El viejo y tan benéfico concepto de prudencia política ha sido arrumbado. Quizás incluso lleva largos meses ya desestimado, a merced de instintos partidistas que orquestaron lo impredecible hace tiempo. Para la ciudadanía es sustancial poder creer que tanto el PSOE como el PP quieren garantizar la seguridad y la libertad de todos. La incitación a la sospecha genérica es lo peor y confiar en que todo eso pase desapercibido es una osadía que nada tiene que ver con la adaptabilidad de la acción política a los procesos en marcha. En general, hay que ser pragmáticos pero no con cualquiera, no a cualquier precio. Lo contrario es la turbopolítica, que es como ponerse a pescar desde el puente que ve pasar unas aguas revueltas que a lo mejor se llevan por delante esfuerzos anteriores de pontonería. En casos así, seguramente Gobierno y oposición se exceden en sus expresiones críticas, pero la responsabilidad corresponde al Gobierno, sobre todo cuando busca aislar y quebrar a la oposición con la excusa de que está hilvanando una operación de Estado. A cada uno su papel, a cada uno sus deberes. Desde luego, dividir una sociedad no es una tarea de Gobierno. vpuig abc. es Ohace mucho, querida Teresa, el último Día de Andalucía, cuando la medalla de Chaves a la duquesa de Alba, tu madre me cogió por el brazo, me llevó aparte y con una mirada impregnada de dulzura y de orgullo me enseñó una foto reciente de tus tres sobrinos. La mayor ya es una mujer; cómo han crecido desde aquella maldita mañana de enero en Sevilla, cuando la familia de Fernando Iwasaki se los llevó a su casa procurando que no se dieran cuenta del jaleo que había a cincuenta pasos del portal; el precinto de la Policía, las coronas de flores, las velas enIGNACIO cendidas, el helicóptero soCAMACHO bre los tejados, el runrún acongojado de la gente llena de miedo y de ira. Llovía a cántaros, te acordarás, llovían lágrimas grises de plomo nuestras almas, pero toda la lluvia caída desde entonces no ha podido borrar la ausencia, ni el dolor, ni la rabia que aún palpita en tu médula cuando vuelves de Italia para gritar tu rebeldía a aceptar el olvido en nombre de no se sabe qué concordia. Tu madre me contó muchas cosas de los hijos de Alberto y Ascensión, de sus estudios, de sus progresos, de su incorporación paulatina al mundo adulto en el que un día tendréis que contarles mirándoles a los ojos toda la triste verdad de aquellos días de acero. Y supe también del enorme esfuerzo de tu familia para ayudarlos a crecer en medio de algo parecido a la normalidad, si normal puede ser que un niño se despierte un día sin saber que sus padres han sido acribillados al otro lado de la calle. Supe que para preservar esa apariencia de naturalidad y calma en su orden infantil de certezas, alguien reprogramó la tele en la casa de sus abuelospara que durante meses no se pudiesen ver en ella más que dibujos animados. Dibujos animados; una cortina de sueños y fantasías, un ingenuo visillo de sonrisas simpáticas y aventuras simples para cubrir esa ventana siniestra de la crueldad real de los telediarios, el relato tremendo de la verdad a la que no debía asomarse la bendita inocencia de los niños. Ahora eres tú, Teresa, la que sale en los telediarios gritando tu firmeza, tu memoria, tu coraje. Por eso me he acordado de esos chavales a los que piadosamente tapasteis hace ocho años el cuadro descarnado de su doble orfandad simultánea. Y sé que ahora que se están haciendo mayores necesitáis un modo de transmitirles que sus padres no murieron en vano, como cada 30 de enero nos hemos cansado de repetirnos los sevillanos reunidos en la esquina de aquella maldita calle cerca de la Giralda. La otra tarde, cuando te vi en la tele subida en la tarima de Colón pidiéndole al presidente Zapatero una paz que puedas explicar a tus sobrinos, sentí una honda sensación de doloroso desaliento, y deseé que en mi televisor sólo saliesen también dibujos animados. Porque me temo, Teresa, querida, fuerte, valiente Teresa, que van a pasar cosas que ellos no van a entender. Ni nosotros tampoco.