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58 Cultura LUNES 12 6 2006 ABC El teatro Principal de Zamora celebra con Calderón sus cuatrocientos años b Juan Carlos Pérez de la Fuente ÓPERA Il dissoluto punito F. Mozart de La Coruña. Música: Carnicer. Int. D. Korchak, W. Gierlach, A. Dell Oste, J. L. Carmona, E. Fabbri, J. J. Frontal, Coro y O. Sinfónica de Galicia. Dir. escena: D. Michieletto. D. musical: A. Zedda. Lugar: Teatro Rosalía de Castro, La Coruña. Fecha: 11- 06- 06 dirige una arriesgada y minuciosa versión de El mágico prodigioso protagonizada por Beatriz Argüello, Cristina Pons y Jacobo Dicenta JULIO BRAVO ZAMORA. Fue primero corral de comedias, se convirtió posteriormente en un teatro a la italiana, más tarde mudó en sala cinematográfica y, desde hace algo más de veinte años, es nuevamente escenario teatral, propiedad del Ayuntamiento zamorano. Conmemora en este 2006 sus cuatrocientos años de vida, y Daniel Pérez, director del teatro, ha querido celebrar la efeméride con la puesta en pie de El mágico prodigioso una obra muy poco representada de Calderón de la Barca. En ella, el autor dramatiza la historia de San Cipriano de Antioquía, a quien está dedicada una iglesia a pocos metros del propio teatro Principal. Y a San Cipriano se encomendó Juan Carlos Pérez de la Fuente, responsable de poner en pie el texto de Calderón; El mágico prodigioso dice el ex director del CDN, no posee la profundidad de un auto sacramental, pero tiene momentos de gran altura poética y de hondura de pensamiento Pérez de la Fuente ha partido, para la puesta en escena, del baldaquino de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Un baldaquino preside el escenario, y en él ha dispuesto el ceremonial Pérez de la Fuente. La puesta en escena busca que el texto y toda su carga emocional (que va desde lo religioso hasta lo erótico) entren en el espectador no sólo a través de la palabra de Calderón, sino también a través de los sentidos: sonidos como las carracas, psicofonías auténticas, coros de voces blancas; olores como el incienso; figuras y posiciones casi coreografiadas de los personajes convierten este montaje en una propuesta tremendamente arriesgada, tanto desde el punto de vista técnico- -todo debe de funcionar con precisión de relojería- -como del dramático. De esto se encargan actores como Jacobo Dicenta, Beatriz Argüello (El Demonio, personaje originalmente escrito para un actor, pero que aquí se transforma, en un más que interesante giro, en una mujer) o Cristina Pons, cabezas de un espléndido y equilibrado reparto. Los tres días de función- -la obra viajará por festivales como Almagro, Olite o Cáceres- -se han saldado con una más que calurosa acogida. El sábado, espectadores que acudieron el viernes repetían experiencia, y otros acudían empujados por sus hijos, que tuvieron ocasión de ver la obra en dos ensayos generales abiertos a estudiantes. LA COCINA DE CARNICER ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE N o hay experiencia más gratificante que la de conocer nuevas obras. Apasionante y agotadora. Por eso es muy de agradecer que alguien como el tarraconense Ramón Carnicer (1789- 1855) lo facilite siendo un músico sincero, sin dobleces, claro en el estilo. Saber de él está resultando sencillo, especialmente desde que se recuperan nuevas partituras de su catálogo. Si hace un año el madrileño Teatro Real reestrenaba su segunda ópera, Elena e Costantino estos días, el Festival Mozart de La Coruña lo hace con la tercera: Il dissoluto punito es decir, Don Giovanni Tenorio De manera que ya se perfila más claramente el retrato de quien fuera un rossiniano vocacional. Pero de quien, además de juguetear al pastiche, le interesaba la parodia. Y eso, en aquellos años sin derechos de autor, permitía escribir sin problemas una ópera como Il dissoluto punito cuya primera curiosidad consiste en observar la manera en la que se reelabora el pie forzado del Don Giovanni mozartiano, al que Carnicer se obligó a través de numerosas citas musicales y de la copia de varias partes del libreto. No hay que explicar que obras como estas obligan a despojarse de ciertos condicionantes. El siglo XIX y el XX forzaron demasiado la conciencia del arte hacia conceptos como originalidad y nove- Il dissoluto punito con dirección escénica de Damiano Micchieletto dad. A través de ellos es imposible entender Il dissoluto punito su oficio y, también, su parte de imaginación. Incluso su gracia, si lo que se observan son los guiños rossinianos del aria del catálogo o su sustanciosa personalidad, si lo que se degusta es el vigor musical y la entusiasta resolución teatral del final de cada acto. No hay duda de que con esta obra Carnicer voló más alto que con Elena e Costantino Para que todo quede claro, el Festival Mozart ha dado al director de escena Damiano Micchieletto los medios para llevar Il dissoluto punito al interior de un moderno fogón en el que se cuecen y rebanan las miserias del depravado protagonista. Como le ha entregado al maestro Alberto Zedda la responsabilidad de adobar su arquitectura musical. Porque lo hace con ganas, seguridad y firmeza, a veces recrecido, pero siempre en sintonía con un reparto sustancioso y equilibrado. El imprescindible condimento a la hora de armonizar los muy peculiares ingredientes de esta resuelta obra de Carnicer. TEATRO Nina Autor: José Ramón Fernández. Director: Salvador García Ruiz. Escenografía y vestuario: Antonio Belart. Iluminación: Julián Real García. Intérpretes: Laia Marull, Juanjo Artero y Ricardo Moya. Lugar: Teatro Español. Madrid. BREVE REENCUENTRO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN a lentísima, triste, devastadora, sublime trompeta de Chet Baker se adueña del espacio y, como una caricia largamente demorada, desgrana las notas de una balada para una gaviota herida. Un hombre y una mujer se reencuentran al cabo de diez años, son dos animales vulnerados, tan desconfiados como anhelantes; cada uno se reconoce en las heri- L das del otro, aunque comprende que el amor no es lo mismo que la necesidad de afecto. José Ramón Fernández obtuvo el Premio Lope de Vega en 2003 por este texto hermoso y rozado por las alas de la desolación en el que recrea los ecos de La gaviota chejoviana desde el mismo título de la obra, que narra el regreso de la joven que quiso ser actriz a la localidad costera donde nació. El autor imagina lo que pudo suceder una década después de lo narrado por Chéjov. Trigorin, Treplev, Masha, Arkadina, Medvédenko... se asoman tras Pedro, Gabi, María, Irene, Blas... los nombres que se citan en el curso de la función, concentrada en sólo tres personajes: Esteban, el recepcionista y encargado del bar del hotel donde se aloja Nina, ésta y Blas, que también trabaja en el hotel y formaba parte de la pandilla de la joven. El primero, que cumple las funciones de catalizador de la acción, avisa a este último de la llegada de la segunda; frente a frente, los antiguos amigos recrean un imposible re- torno al pasado, un intento de rectificación de lo que fue. José Ramón Fernández siembra el texto de referencias cronológicas y generacionales: la música de Bryan Adams, Anette Benning desnuda en Los timadores el baile popcañí de Las Grecas... una mirada hacia atrás que sirve como superación de lo vivido y de estímulo para romper la inercia aniquiladora de la costumbre. La antigua cafetería del Español, ganada como espacio alternativo para el coliseo madrileño, se ajusta como un guante a la arquitectura de la pieza, muy bien servida por la dirección de García Ruiz y estupendamente iluminada por Real García. El público se ve sumergido en la atmósfera pausada y tensa de la obra en la que Laia Marull exhibe la fuerza de su presencia, la intensidad de su mirada, su voz arañada y cómplice, frente a un Juanjo Artero que le mantiene el pulso, torpe en los afectos, vulnerable y bueno. Ricardo Moya completa con eficacia y muy buen sentido de los ritmos interiores del texto el tercer vértice de la interpretación.