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ABC LUNES 12 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA CACERÍA H EL MILAGRO NADAL E tocaron en suerte (pero quizá hubo una mano negra que lo había calculado) los peores rivales, los más coriáceos y peleones, mientras Federer se fogueaba con sparrings que saltaban medio cojos a la pista. Le adjudicaron los horarios más incómodos (pero quizá hubo una mano negra que lo había calculado) para que su tiempo de descanso entre las diversas rondas eliminatorias fuese el menor posible. Lo hostigaron desde la grada, negándole el aplauso que merecía; cuando le tocó enfrentarse con un francés- -el correoso Mathieu- llegaron incluso a abuchearlo al final del partido. Y, para que no faltase ninguna marrullería, dieron pábulo en la prensa a rumores calumniosos que removían el fantasma del dopaje. De nada les ha servido. A los gabachos les ha tocado a la postre rendirse a la evidencia: Nadal es el mejor jugador del mundo sobre tierra batida, nadie JUAN MANUEL puede discutir su dominio. DE PRADA Los espectadores de la final de Roland Garros se las prometían muy felices. Rafa Nadal empezó jugando como un principiante: intimidado por el ambiente decididamente hostil, parecía incapaz de hilvanar dos golpes seguidos. Tenía el brazo encogido; y Federer, sin llegar siquiera a despeinarse, a punto estuvo de apuntarse el primer set en blanco. El suizo exhibe un repertorio de golpes apabullante; pero lo que lo distingue sobre cualquier otro tenista es la facilidad con la que los combina. Posee, además, la virtud de la frialdad, que le permite salir airoso de las situaciones más peliagudas; donde otros jugadores se ofuscan y flojean, el suizo mantiene inalterado el pulso y firme la muñeca. Pero para derrotar a Nadal no basta con ser un superdotado; hace falta, también, estar dispuesto a descornarse contra un muro. Nunca he visto a un tenista con tanta fortaleza mental, con tanto pundonor y tanta capacidad de sufrimiento como Nadal: donde L otros jugadores ya dan la bola por perdida, el mallorquín corre detrás de ella, se estira, la alcanza y la devuelve, aunque sea en malas condiciones. Inevitablemente, tanto tesón acaba haciendo mella en el adversario, que por momentos tiene la impresión de estar jugando contra un frontón. A mitad del segundo set, Nadal empezó a sacarse el pantalón de la raja del culo. Es la señal que lo delata cuando empieza a olfatear la posibilidad del triunfo. Devolvió a Federer la humillación que le había infligido en el primer set e inició el tercero dispuesto a disputar cada pelota hasta la extenuación. La confianza de Federer empezó a resentirse; de repente, le vinieron a la memoria las anteriores derrotas que Nadal le había endosado, como un cortejo de desmoralizaciones. Supongo que para un campeón de su jerarquía debe de resultar humillante tropezarse una y otra vez en la misma piedra; supongo que en sus pesadillas más recurrentes, se alzará una y otra vez la figura de ese español que quizá no posea una muñeca tan privilegiada como la suya, ni unos golpes tan acendrados, pero que pelea como un gladiador y suelta unos trallazos en los que parece que le va el alma. Federer ya no peleaba contra Nadal; peleaba contra una pesadilla recurrente. Y empezó a fallar puntos que cualquier novato habría sabido solventar. Nadal tampoco hizo el partido de su vida. Pero supo agarrarse a la pista como una lapa, mientras la convicción del suizo se tambaleaba. Supo también desentenderse de la actitud de un público que aplaudía carroñeramente sus errores y que ni siquiera le dedicó, por cicatería o resentimiento, la ovación que merecía cuando concluyó el partido. A los gabachos les fastidia sobremanera que sea siempre un español el que se lleva el torneo de calle; y este fastidio se hace más acongojante cuando calculan que aún verán por muchos años a Nadal sacarse el pantalón de la raja del culo. Paciencia y barajar, gabachos; paciencia y barajar. AY cacería. Al amanecer se oyen descargas de fusilería dialéctica contra Ruiz Gallardón mientras la jauría trata de acorralarlo para que se ponga en la línea de tiro. Pero la verdadera pieza a abatir no es el alcalde de Madrid, sino Mariano Rajoy, cuya piel se están ya repartiendo los cazadores porque piensan que se va a estrellar contra el muro de las municipales y autonómicas de 2007, o contra el de las generales si finalmente Zapatero las adelanta al otoño para jugar la partida decisiva en la mesa de ETA. El cerco a Gallardón tiene una triple finalidad combinada: liquidar a un posible aspirante, precipitar la caída de Mariano con la pérdida de Madrid y advertirle de lo que le espera si no se aviene al chantaje ni accede a convertirse en marioneta... y aunque acceda tamIGNACIO bién. En La Moncloa, el CAMACHO presidente se frota las manos porque sabe que le están despejando el camino hacia la reválida. Acaso Rajoy piense que los lobos pueden entretenerse con los despojos del alcalde, o considera que éste lleva en el pecado de su ondulante inquietud la penitencia por sus visibles anhelos, y de ahí el inesperadoencogimientode hombros- son cosas de la política -con el que lo ha dejado a la intemperie. Craso error; ha emitido un mensaje de meridiana debilidad, y ahora todo el mundo sabe que tiene miedo. El mismo que muchos otros que también han preferido callar mientras telefoneaban al acosado para escandalizarse de boquilla. Pero Rajoy es el jefe, y un jefe siempre tiene que sacar la cara por los suyos, siquiera sea por instinto de propia supervivencia. Porque si acaban con Gallardón, los cazadores no se detendrán ni un minuto en despedazar el trofeo. Seguirán la carrera sedientos de ambición, y cargarán con postas para no fallar el blanco grande. En la partidavan juntosalgunos que acaso acabentiroteándose entre ellos; una amalgama de talibanes mercenarios, vendedores de favores, constructores de mano larga, poceros de aguas turbias, pasajeros de aviones prestados, oportunistas fronterizos, traficantes de influencias y exiliados de fortuna, más acaso alguna orquídea blanca cansada de florecer en el invernadero. Hoy pueden confluir en sus intereses, como los conjurados que eliminaron a César, pero mañana chocarán para pasar primero por el arco de la primogenitura. Después de las municipales, los idus de mayo, se organizará la batida contra el gran objetivo. Mientras tanto lo mantienen en libertad vigilada y le mandan disparar salvas con sicarios para que no se olvide de que está rodeado y solo. Su única salida pasa por salir vivo de la cita electoral de 2007- -para lo que necesita a un Gallardón incólume- -y afrontar el duelo al sol frente a Zapatero con una bala en su revólver. A los conspiradores no les importa perder porque dan por descontada la derrota; antes bien la desean en el fondo cuanto antes para acelerar la catarsis. Si ocurre, el perdedor resultará apuñalado por los tribunos bajo la estatua simbólica de un Aznar ausente, y cuando mire a los ojos de sus liquidadores los verá encogerse de hombros: son cosas de la política.