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ABC LUNES 12 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA PIEDRA CONTRA LA CRISTALERA En realidad hemos sido alimentados durante mucho tiempo de este modo por toda una cultura lúdica que ha jugado con la destrucción de la belleza, y ha hecho irrisión del amor gratuito, o subvertido lo real y el mundo entero... UIZÁ todo el problema de la civilidad está en hacer aceptar al mocito que apunta con un tirachinas en las manos a la farola, que acaba de encenderse en ese instante, que esa farola debe seguir luciendo, como debe tener cuidado de que el balón o la pelota con la que juega en el patio del colegio o en la calle no vaya a parar a un cristal, ni sobre las delicadas prímulas de una maceta o de un parterre. Sencillamente porque, en ese preciso instante, el mocito en cuestión se dispone a gustar la mayor de las delicias con sólo pensar que hará añicos el cristal y la lámpara de la farola, romperá el cristal de la ventana con el balón o la pelota, y destrozará las prímulas. Q U na cierta personalidad pública de hace algunos años, maravillada un día ante las vidrieras de una catedral en la que no había entrado jamás hasta entonces, que lo hacía por razones de estar constituido en autoridad, confesó espontáneamente: ¡Y pensar que hubo un tiempo en el que yo, como tantos otros chicos, pensaba que para lo único que servían estas cristaleras era para recibir una formidable pedrada! Me avergüenzo ahora de ello. Y esta confesión tan espontánea que le produjo aquel descubrimiento hizo sonreír a bastantes de quienes le acompañaban, aunque luego otros, o quién sabe si alguno de los mismos que habían sonreído por cortesía o adulación, no dejaron de comentar con desprecio aquella espontaneidad tan inoportuna. Y, sin embargo, aquella persona que la había hecho se había limitado a componer sin preocupación alguna de otra clase que la del humilde reconocimiento de las cosas algo así como una página no menos lúcida y dramática que la tan repetidamente, invocada y siempre necesaria de releer, que escribió San Agustín a propósito del robo de peras hecho con sus amigos para luego deshacerse de ellas por el simple placer de hacer daño. Porque de tener estas confesiones en cuenta o no, nos jugamos también siempre el conocimiento de la naturaleza real de nuestra condición humana, para poder levantar sobre él nuestro propio yo y la relación social. Y ésta hasta el florecimiento de la civilidad que es el ámbito propio de lo humano, un vivir y con- vivir como bajo una hermosa cristalera, cuando la luz de la mañana o de la tarde la iluminan o incendian. A don José Ortega y Gasset, que vio un día y desde el tren este milagro de la cristalera alumbrando como un espejo herido, se le ocurrió que todo era como si el sol tocara con su bastón de contera de oro aquellas cristaleras de la catedral de León; y, aunque ciertamente la imagen retórica no es muy afortunada por su rebuscamiento, no cabe duda de que no carece de expresividad del relámpago que vio. Pero Mr. William Dowsing, por ejemplo, que era el Comisario del Lord Protector para la liquidación de las idolatrías papistas, según llamaban los puritanos partidarios de éste a las imágenes y pinturas de las iglesias, no comentaba ni palabra ante las hermosuras que tenía que destruir y luego registrar burocráticamente; aunque, sin duda, sus ojos debieron de quedar fascinados muchas veces por los deslumbres de la belleza de lo que tenía que destruir. Y, muchas veces también, nos parece que en esos registros se nota un cierto temblor, una cierta conmoción, y en especial respecto a las cristaleras, que no rompía, sino que desmontaba simplemente de sus marcos de plomo. Y no sólo le ocurre esto ante las cristaleras, sino también ante pinturas y bajorrelieves e incluso las lacerantes inscripciones funerarias en las que los huesos de quienes yacían bajo ellas clamaban ante el Omnipotente contra el poder de la Muerte y firmaban su esperanza de más vida. Es decir, que sorprendemos a Mr. Dowsing como en un acto fallido, pongamos por caso como a los pintores barrocos de escenas de transmundo como las del Purgatorio, en las que no consiguen ir más allá de ofrecernos una especie de escenas de, digamos un streep- tease respetable, en lugar calentito. descubrió ya muy tarde, cuando ya llevaba algún tiempo corriendo el río de sangre de la Revolución Francesa, que había gentes, y no pocas, para las que torturar y matar era un placer, y amar la vida y sus días hermosos y tranquilos algo imposible. Y se horrorizó; y en él fue ésta una experiencia que cambió todo su modo de pensar y actuar, y no fue luego la más pequeña de las razones que debilitaron sus ardores y seguridades revolucionarios, y le llevaron, a él también, a la guillotina. l caso es que todo el quid de estos asuntos, y del negocio principal de la civilidad, está en preguntarnos si acaso la pedrada a la farola y a la cristalera no está en el mismo orden de la guillotina, siendo ésta un extremo, sin duda, pero eslabón de una misma cadena, y al fin y al cabo ineluctable. Exactamente como los palabros e insultos, que convierten a los ojos y a la lengua de quienes los emiten en ojos y lengua de reptil venenoso y asesino, porque aquéllos no sólo llevan ya en su seno la voluntad de muerte, sino que son ya asesinatos simbólicos que sólo esperan el tiempo exacto en que puedan traducirse en física y mecánica. Por la muy sencilla razón de que el tracto de destrucción y disolución de la entidad intelectual y moral de los individuos ya se ha cumplido, y entonces es ya el tiempo del ruido y de la furia en el que la violencia y la muerte quedan libres y del modo que en la Biblia se dice que se multiplican; y entonces todo lo que es frágil, hermoso, o está limpio en el mundo, debe ser roto y hollado. Y si aguzamos el oído, y miramos los rostros, sorprendemos enseguida la satisfacción y el respiro de placer y juego ante el chasquido de la destrucción de la farola y de la cristalera. Homo ludens, destrucción como jolgorio y juego. Y sólo quizás entonces recordamos los otros juegos de la propia cultura, el propio pensamiento, la estética misma como genialidad y juego, porque en realidad hemos sido alimentados durante mucho tiempo de este modo por toda una cultura lúdica que ha jugado con la destrucción de la belleza, y ha hecho irrisión del amor gratuito, o subvertido lo real y el mundo entero. Ha sido un juego fascinante, y todos hemos sido contagiados. Ahora vemos muy bien la silueta de quien diseñó la destrucción como la de un amorcillo con su tirachinas en las manos, y riendo como ríen los demiurgos que van a destruir el mundo que odian. Es un juego, y de algún modo como un acto creador, y el placer está en la ruina. Quien apaga la luz de la farola y casca la cristalera ya se ha probado a sí mismo que es un dios; y de esto es de lo que se trata, ciertamente. E P ero todo esto no quiere decir que no hubiera otros lijadores de pinturas o descabezadores de imágenes que no sintieran un gran placer en su propósito, porque no parece que pueda darse destrucción de mundo sin odio a la belleza, ni revoluciones sin el preludio de las soperas de Sèvres convertidas en vasos de noche, y profundos espejos venecianos hechos añicos. Danton confiesa ingenuamente que JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes 2002