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ABC DOMINGO 11 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL PUEBLO, PRESIDENTE E ¡A POR ELLOS! N vino veritas no: In pila veritas En el balón de fútbol, hodierna calavera de Hamlet, sí que está la verdad. Contemplando un balón del Mundial que me ha tocado juntando las tapaderas del yogur, he llegado a conocer la verdad por la que me preguntaba desde el Día de las Fuerzas Armadas. Aparte de por no perder su silla en las negociaciones de rendición ante la ETA, ya que a la banda asesina no le habría gustado nada, ¿por qué no fue a Sevilla don Zapatero para asistir como presidente del Gobierno al Día de las Fuerzas Armadas? Pues muy sencillo: porque cree que las Fuerzas Armadas no representan a España, y que la bandera que juran no es la suya, porque la suya es la bandera blanca de la rendición. Don Zetapé sabe que lo único que queda de España con tal nombre que pueda ser pronunciado sin avergonzarse por los progres partidarios de ese proceso (de Kafka) al que llaman de paz por no llamarle rendiANTONIO ción, que suena a portaaviones ameriBURGOS cano y a general japonés así como primo de Juanito Valderrama firmando el hocicamiento... Don Zetapé sabe que con el zipizape que ha formado sin ninguna necesidad, lo que queda de España (y menos que va a quedar) es la selección nacional de fútbol. Aquí únicamente puede gritarse el sagrado nombre de España, y repetido cuantas veces sea necesario, si es en una grada de fútbol, y con Manolo el del Bombo al lado haciendo compás. El mismo Viva España de Manolo Escobar es facha, rancio, vetusto, reaccionario. El único Viva España posible debe pronunciarse ante Ucrania, el próximo día 14, y en eventos peloteros sucesivos. Veo la fotografía de don Zetapé en el hotel Meliá Barajas despidiendo a la selección nacional de fútbol y compruebo que sus intenciones se han cumplido. En el homenaje a la bandera y a las Fuerzas Armadas ni estaba ni se le esperaba. Tampoco suele ir a despedir a nuestras tropas cuando marchan a lejana misión de benefi- I cencia, en esto de que han convertido a los Ejércitos en ONG para reparar tendidos eléctricos y repartir biberones y dodotis. Todo eso de andar junto a los que visten el caqui, o el paño de levita, o el azul de las gloriosas alas de España es facha. Pero mira cómo no ha faltado a la despedida de nuestras tropas de la selección nacional que partían hacia la misión de guerra mundial futbolística en Alemania, reescritura de los tercios de Flandes. Para ir a despedir a Raúl y a Luis Aragonés sí tiene tiempo y no manda a la ministra de Cultura y Deportes, sino que va en persona. Y presume de que da suerte a los equipos de fútbol cuando va al palco, y que no se hunde nao Victoria alguna. Sentí que se la diera al Barcelona en la final de la Copa de Europa en París. Hubiera querido que ganase el Arsenal. No por nada, sino porque si el Arsenal llega a ganar la Champions, seguro que Reyes saca la bandera de España. Bandera que a pesar de que la copa venía a España no se vio en París, porque la ganó el Barcelona. Este ardor futbolístico por España que tiene don Zetapé lo querría yo ver sin necesidad de fútbol, y no armando la mundial que ha formado aquí. Que se pudiera hablar de lo nacional sin necesidad de selección de fútbol. Que se pudiera vitorear a España sin Raúl ni Joaquín sobre el césped. Y que por defender a España, don Zetapé hubiera seguido gritando el ¡A por ellos! a por los etarras, que todos coreamos un día, tras el Espíritu de Ermua, la ley de Partidos y el Pacto contra el Terrorismo. Aunque en el Mundial no nos comamos una rosca, yo, la verdad, hubiera preferido que el ¡A por ellos! lo hubiera seguido gritando España, España, España (pónganse tres golpes del bombo de Manolo tras cada invocación) ley en mano, contra los asesinos de la ETA e islas adyacentes, y no contra los pobres peloteros de Ucrania, que ni han matado a mil inocentes ni quieren destrozar la Constitución, ni nada. Yo no sé usted, pero malditas las ganas que tengo de ir a por ellos, cuando hemos dejado de ir a por los batasunos y a por los etarras. SCUCHE, señor presidente, pegue la oreja al suelo y oiga el latido que viene de la calle; esos cientos de miles de pisadas son el compás triste de un pueblo. Y van tres veces, que son muchas en muy poco tiempo. No se autoengañe; quizá pueda confundir a algunos diciéndoles que es cosa del PP, o que se trata de buenas gentes manipuladas por los predicadores de la discordia, o librar una estéril batalla de cifras aforando con cicatería el número de manifestantes. Da igual, señor presidente, no estamos hablando de contar votos, sino de la expresión democrática de un estado de opinión. Y a esos efectos da lo mismo quinientos mil que un millón; usted sabe, porque tonto no es, porque tiene ojos para ver y oídos para IGNACIO oír, que ha salido a la calle CAMACHO mucha gente. Tres veces, le repito. Bajo la lluvia de invierno, bajo el calor del verano. Tres veces, señor presidente, son muchas veces. Y muchos ciudadanos. También puede engañarse pensando que esos ciudadanos no quieren eso que usted llama la paz, o que actúan desde el sectarismo político azuzadas por el resentimiento de la derrota electoral. Puede creer que usted tiene una misión que cumplir, y que debe hacerlo contra viento y marea. Así pensaba uno que usted conoce, y ya ve cómo acabó; los gobernantes no tienen que redimir a nadie que no desee ser redimido. La democracia, señor presidente, consiste en escuchar al pueblo, y gobernar en consecuencia. Y hay asuntos, decisiones, que necesitan el respaldo de una gran mayoría que ahora no existe porque usted la ha quebrado. Antes se le llamaba consenso, en esa Transición cuyo espíritu parece usted empeñado en liquidar. Llámelo como quiera, hágalo como quiera, pero no le dé la espalda al pueblo. No se equivoque. No se engañe. Mire, señor presidente, esos ciudadanos de las pancartas están inquietos. Inquietos porque han sufrido mucho y sienten que su sufrimiento, su dolor, incluso la sangre que muchos de ellos han dado, no pueden acabar sirviendo para nada. Porque se les pidió que sufrieran, y sufrieron. Se les pidió que aguantaran, y aguantaron. Sabían que estaban del ladode la razón, de la justicia, y de esa convicción obtuvieron la fuerza moral para resistir. Y ahora les embarga el desasosiego de que esa resistencia pueda haber sido inútil. Es muy simple, señor presidente, y usted lo sabe porque antes lo ha repetido muchas veces: nadie puede obtener por dejar de matar lo que no obtuvo matando. Es usted mismo quien se ha cansado de decirlo, y por eso esa gente no comprende por qué ha cambiado ahora, ni quién le ha hecho cambiar; por qué ha puesto el carro de la negociación y del diálogo delante de los bueyes de la rendición y la firmeza. Por qué los asesinos no piden perdón y actúan como si hubiesen sido absueltos por no se sabe qué oculto armisticio. Los españoles no han luchado para eso, no han sufrido para eso, no han muerto para eso. Para que Otegi y sus amigos estén alegres, sonrientes y satisfechos, mientras ellos están tristes, preocupados y descontentos. Ésa es la realidad, señor presidente; pregúntese por qué es así cuando se mire al espejo.