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58 SÁBADO 10 6 2006 ABC FIRMAS EN ABC GONZALO ALAMAZÁN CIRILO MARTÍNEZ NOVILLO La composición de cada una de estas pinturas, independientemente de su tamaño real, está dominada por un amplio horizonte, lo que les confiere una indudable grandeza... AY un inspirado relato de Jack London titulado Como Argos en los antiguos tiempos cuya moraleja consiste en que las personas de la tercera edad no siempre han dicho su última palabra. El argumento de esta novela corta es que el abuelo de una numerosa familia californiana, convertido en un estorbo y a quien se le considera poco menos que un mueble, no acepta este humillante papel y se escapa a Alaska para participar en la quimera del oro. Tras mil penalidades, que abaten a hombres mucho más jóvenes y fuertes que él, encuentra oro y regresa millonario a casa. Entonces recupera la jefatura del clan, lo que H él ratifica propinando, a la vista de todos, una azotaina en toda la regla a su hijo mayor. En el mundo del arte hay muchos ejemplos de artistas longevos, quienes, como Tiziano o Picasso, siguieron su trayectoria ascendente hasta el final de sus días. Sabido es que Goya, cuando estaba prácticamente descatalogado como pintor del rey, llenó las paredes de su casa con impresionantes murales, mientras que, entre otras obras excepcionales, grababa las enigmáticas planchas de sus Disparates que anunciaban, e incluso sobrepasaban, algunos de los movimientos más importantes del arte del siglo siguien- te. También el viejo Monet en su retiro de Giverny, lejos del mundanal ruido, abría con sus grandes Nínfeas el camino a la abstracción lírica. Una característica común de la postrera actividad artística de los grandes maestros consiste en que, con ella, ya no buscan el aplauso del público y sólo desean plasmar su sabiduría en una obra quintaesenciada, para la cual son ellos mismos, y no otros, los únicos críticos válidos, pues ya se han ganado el privilegio FERNANDO COBO CALDERÓN ESCRITOR CONFERENCIA SINIESTRA H OY decidí asistir a una conferencia, a una de esas misas en las que en vez de cura hay un señor hablando de sus cosas. El orador era un tremendo intelectual, pero poco conocido, y a la hora fijada para la conferencia, además de mí, que poseo la castigada virtud de la puntualidad, sólo se hallaba en la sala un joven saturnino que miraba constantemente a la puerta, preocupado sin duda de que no viniera nadie más, pues hacer lo que no hacen los otros tiene algo de pecado. Luego, fueron entrando a estreñidas un viejo boquiamargo, de esos que salen de casa a reñir a todo el mundo, dos amigas menopáusicas decididas a culturizarse y sobre todo a hacer la tarde, un presunto pariente del orador, y una señorita de la organización para hacer relleno. Entonces entró una pequeña procesión de individuos hasta la mesa de actos, hasta el altar de la palabra: el conferenciante, que se sentó en el centro, el moderador y varios oradores más, todos con esa cara de cabreo con el mundo que suelen tener los intelectuales; de esos intelectuales anónimos que hay en las conferencias para incensar al protagonista y endilgar sus propios libros, principalmente. Había, pues, más oradores que público. Lo que no resulta difícil de entender, ya que la televisión sodomiza a todos los espectáculos. Si la gente deserta hasta del fútbol porque se lo echan por televisión, cómo van a ir a sucesos culturales, con el sueño que le dá la cultura a la mayoría. Además hoy día la gran conversación no interesa (no hay tiempo ni cultura para apreciarla) Más bien ofende, como toda superioridad, y más dado el orgulloso espíritu democrático actual: la resistencia a escuchar a quien sabe mucho revela el deseo de cortar la cabeza a los aristócratas mentales. Hoy día sólo se escucha a quienes salen por la televisión, a los famosos, y a quienes nos están diciendo que nos van a dar algo. Tras los disparos de flores y los narcolépticos discursos aperitivos, el orador se calzó unos lentes, bebió un sorbo de agua con sus manos episcopales y blancuchas de intelectual, y se arrancó a hablar, mirándonos por encima de los lentes con mirada suspicaz, vigilando estrechamente nuestra atención. No se tienen ideas tan elevadas rumiaba sin duda para que luego no le escuche a uno la gente con la mayor atención Pero la gente, a quienes las ideas elevadas les importan mucho menos que se les haga tarde para la cena, miraba mas bien el reloj, que es la actividad más común en las conferencias, ansiando su rápido avance y matanza de minutos. Y es que, realmente, escuchar a los otros es una lata, escuchar es el impuesto que hay que pagar para que luego los demás nos escuchen a nosotros. Yo mismo, y también cometo literatura, confieso que presté más atención a las piernas de la secretaria que al sesudo discurso del orador. Que uno va a estos actos más que nada con la ilusión de reclutar algún ligue. Y cuando el elevado pensador anunció que leería unos párrafos de su libro, cual quien obsequia una primicia exquisita, y empezó a cumplir su amenaza, huyeron à pas de loup la mitad de los asistentes. Ya había el doble de oradores que de oyentes. Me acordé de las clases de Schopenhauer, a las que sólo asistían un dentista y un capitán jubilado. Acabada la lectura, oyose el acostumbrado ruido general de alivo, y el moderador preguntó si había preguntas. ¿Nadie? ¿No hay preguntas? iteró el moderador. No, a nadie le importaba un pito el escritor, su conferencia ni su libro. Lo que querían era largarse de una vez. Se le limosnó un lánguido y efímero aplauso, guardó sus lentes, recogió sus folios y su libro, que no vende ni en las cajas de libros a un euro de la cuesta de Moyano, y se fué nez au vent con majestuosa indignación. Nada, que no hay que echarles margaritas a los cerdos pensaría escocido. Y es que hoy día el filósofo, o sale por televisión, y le agobian a ofertas laborales y vaginales, o no existe. Tiempos de neobarbarie en que el saber no se quiere ni regalado, el sabio puede morirse de hambre como no sepa venderse, o gorronear. de que nadie les marque el camino. Además, ellos también son conscientes de la dificultad para sus contemporáneos de entender plenitud de su inspiración, aunque ya pueden perder tiempo justificando su obra. Al parecer, Tolstoi afirmaba que la vejez no mata el deseo y esto debe ser cierto en la mayoría de los creadores. Moratín, en una de sus cartas, informaba a un amigo que el viejo Goya en Burdeos, todavía convaleciente de una enfermedad que le había llevado a las puertas de la muerte, pinta que se las pela y no corrige nada y todo ello cuando la mayoría de sus compatriotas le daban incluso por fallecido. Pero el octogenario Goya, con su mala salud de hierro, había escrito bajo el dibujo de un anciano mendigo, que había visto en París, la frase definitiva: Aún aprendo Estas consideraciones me vienen a la cabeza después de contemplar los óleos recientes que Cirilo Martínez Novillo expone ahora en Madrid, los cuales me parecen una demostración de su vigor por lo que significan de síntesis y perfección en su propia evolución estética. Ésta se ha ido formando a lo largo de su dilatada carrera y el pintor no hace sino profundizar en ella, suprimiendo lo que considera superfluo, pues, como escribió Umbral en una crítica que le hizo en 1968, cuando un artista descubre cosas que le estorban, primero las reducirá a su mínima alusión, porque de lo que se trata ya no es de pintar cosas, sino de pintar pintura Así, en esta exposición, creo que subsiste únicamente lo esencial, hasta tal punto que no sería exagerado afirmar que lo que verdaderamente el pintor intenta reflejar en sus obras no es sino una metáfora de nuestra propia existencia, a través de tierras desnudas y de cielos de gran intensidad, que alguien ha comparado a los paisajes de las novelas de Juan Rulfo. En este escenario, que es común a todos los paisajes de esta muestra, a los cuales diferencia sustancialmente el color, apenas se insinúan unos caseríos y unas pinceladas- -blancas u oscuras- -señalan la presencia de unos personajes, que marcan una escala y humanizan todo el conjunto. Además, la composición de cada una de estas pinturas, independientemente de su tamaño real, está dominada por un amplio horizonte, lo que les confiere una indudable grandeza. Por ello no nos extraña que la pintura de Martínez Novillo haya suscitado siempre muchos de comentarios de escritores, especialmente de poetas, como Gerardo Diego o José Hierro, porque su obra es muy sugerente en su escueta desnudez. De entre ellos ahora quiero recordar los versos que Diego Jesús Jiménez dedicó a uno de sus paisajes, pues, aunque están escritos hace muchos años, anticipaban ya el momento actual de la pintura de Martínez Novillo: ...En horizonte se han posado los días. Todo sobrevuela su pobre majestad. Enorme es el silencio