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ABC SÁBADO 10 6 2006 Cultura 55 LA HISTORIA DE ESPAÑA, NOVELA A NOVELA Si la trama ya resulta adictiva, más lo es el verbo, y se sumerge en el tiempo en que estaba naciendo el castellano Esta ficción se adentra en una España supersticiosa, oscura y carcomida por el odio, pero prodigiosa y plena En la imagen, Homero Aridjis, en el Foro de las Culturas de Barcelona, en 2004 ABC Mañana, con ABC, sexta entrega de novela histórica, El señor de los últimos días de Homero Aridjis, por tan sólo 1,99 euros más El país del apocalipsis impuntual TEXTO: LUIS CONDE- SALAZAR INFIESTA MADRID. Corre por la España dividida de moros y cristianos el temible año 999, postrimerías del primer milenio y cifra diabólicamente de moda hoy si la miramos haciendo el pino. Al sur, el poderoso e independiente califato de Córdoba ingobernado por el inútil Hixam I, hijo de Al- Hakam II, pero de facto encabezado por el despiadado Almanzor, al mando de un poderoso ejército que asuela sin cesar los territorios cristianos, sembrando la destrucción y la muerte a su paso. Al norte, los reinos de la cruz que guerrean como pueden contra los musulmanes, contra ellos mismos y ocasionalmente aliados con las huestes andalusíes en pos de tierras en las que instaurar efímeros tronos alimentados por bochornosos botines. Un territorio en el que esas fronteras no necesariamente geográficas entre aliados y enemigos eran traspasadas con sorprendente facilidad. Dos culturas, dos visiones del mundo, enfrentadas en un país triangular limitado por los mares Mediterráneo, Tenebroso (Océano Atlántico) y De los ingleses (Cantábrico) Un espacio en el que el terror se engordaba con las palabras de falsos profetas, augures de palo, nigromantes, cabalistas, curanderos, santones y toda laya de milagreros de lengua fácil, mano rápida y pies para que os quiero. El gran poeta y narrador mexicano Homero Aridjis (Contepec, 1940) recrea en El señor de los últimos días ese mundo demediado, personalizado en las figuras de dos hermanos mellizos, nacidos en Córdoba e hijos de una esclava concubina del harén de AlHakam II. Ambos mantienen entre sí un odio visceral y una poderosísima conexión psíquica. Uno de ellos, el cristiano, es el monje Alfonso de León, que vive en esos días de fin de milenio en el abandonado convento leonés de San Juan el Teólogo, desde donde avista un cometa, tomado por presagio fatal. El otro, Abd Allah de Córdoba, que escogió el islam por religión, sirve en el poderoso ejército de Almanzor, obesionado por acabar con la vida de su hermano. Almas separadas y entrelazadas a la vez, como el territorio que habitan. Pero si la trama ya resulta adictiva, más lo es el verbo, el preciosismo lingüístico que desarrolla Aridjis para sumergirse en el tiempo en el que el castellano estaba naciendo, con insertos reconstruidos de aquel habla en ciernes entre las líneas generales del español moderno, fórmula esta que ya utilizara en su celebrada novela 1492. Vida de Juan Cabezón de Castilla (1985) Extraño es que una lengua nazca cuando el mundo acaba llega a de- cir, en un guiño de esperanza, Alfonso de León. Esta ficción, extensa y efectivamente documentada, recrea con esa verosimilitud que sólo transmiten los grandes talentos una etapa compleja de la Historia de España. Un país (dos, mejor dicho) supersticioso, oscuro y carcomido por el odio (pero también prodigioso y pleno en esplendor) que a cualquier señal de origen desconocido, y más si llegaba del cielo finimilenario temblaba pensando que aquello significaba el inminente advenimiento del fin de los días. El apocalipsis Y si en los estertores del siglo XX no pocos terrícolas se hartaron de ansiolíticos para vencer el insomnio producido por el negociete multimillonario de la estafa 2000 efecto 2000 según los mercachifles del silicio) no es de extrañar que mil años antes, cuando este planeta era todavía plano, el avistamiento de un cometa en el firmamento les pusiera a los trémulos creyentes los pelos como clavos. Pero el apocalipsis no llegó (ahora tampoco, tal vez por un atasco en las autopistas de la información) y esos temerosos de Dios que habitaban por estos suelos le dieron las muchas gracias por la tregua, con lo que el adusto, oscuro e introspectivo arte románico dio paso al luminoso y alabador gótico, la Alta Edad Media a la Baja y la Media Luna a la Cruz. La crisis económica producida por los desvaríos financieros de Almanzor (Willy Brandt, el astuto canciller alemán, decía que todos los imperios terminan cayendo porque son muy caros de mantener) puso punto final a la Edad de Oro de la España andalusí, al tiempo que la cristiana recuperaba la confianza en la benevolencia divina y la fe en sí misma. El episodio llamado Reconquista estaba ya en la fragua.