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28 Nacional JUEVES 8 6 2006 ABC La Infanta Doña Leonor fue presentada ayer por los Príncipes de Asturias a la Virgen de Atocha. La Familia Real da gracias por el nacimiento de sus hijos en esta Basílica desde que lo hiciera Felipe II en 1566 Como manda la tradición POR JUAN MANUEL DE PRADA MADRID. Junio arroja sobre Madrid un sol bárbaro que aquieta su fiebre entre la fronda de las acacias. Cuando entro en la Basílica de la Virgen de Atocha el buen pueblo de Madrid ya abarrota los bancos. Hay una vibración de abanicos batiendo el aire, un clima de domingo improvisado y jubiloso. Los encargados del protocolo se empeñan en enviarme al coro, donde se ha confinado a los periodistas acreditados, pero como tengo un morro que me lo piso busco el arrimo del padre Lorenzo Pascua, que aguarda el comienzo de la ceremonia en uno de los bancos reservados a los frailes del convento. Al Padre Pascua, enfrascado en sus meditaciones, le incomoda al principio mi presencia entrometida; pero cuando los otros frailes, que se disponen a ocupar su asiento, le advierten de mi identidad, pega un respingo y sonríe sorprendido. Sus prevenciones se han disipado, de repente, y aunque, por pudor, hago amago de marchar, me obliga a quedarme a su vera, camuflado entre los hábitos blancos de los dominicos, que tienen el perfume austero de un cuadro de Zurbarán. Pero mire que el contraste con mi niki granate va a pegar mucho el cante ante las cámaras opongo, un tanto cohibido. Nada, nada, tú no te muevas de aquí insiste. Aunque me siento como un Marcelino Pan y Vino un poco desmedrado y obeso, no oso rechistar. Los Príncipes de Asturias sostienen a la Infanta Doña Leonor ante la Virgen de Atocha EFE Una larga tradición La talla de la Virgen ha sido engalanada para la ocasión con el manto de terciopelo rojo y armiño que le ofrendara Isabel II. Aunque el atavío quizá le añada solemnidad, desde luego malogra su belleza despojada, muy delicadamente bizantina. La talla de la Virgen de Atocha, que sobrevivió milagrosamente a las profanaciones de la francesada y a la juerga del 36- -cuando la mayoría de los frailes del convento fueron salvajemente martirizados- -tiene el rostro remoreno, casi negro; sobre sus rodillas sostiene a un Niño Jesús que parece algo sofocado entre las órdenes del Toisón y de Carlos III. Proclamada protectora de la Monarquía española en 1643 por Felipe IV, la Familia Real ha querido, desde tiempos de Isabel II, ofrendar a la Virgen de Atocha a sus hijos e invocar su protección, en una tradición que felizmente se renueva hoy, con la presentación de la Infanta Leonor. Y es que hay tradiciones que garantizan la supervivencia de nuestra genealogía espiritual; tradiciones que, en su escueta sencillez, explican lo que somos, lo que seremos siempre, por mucho que nos quieran confiscar el alma. Han entrado en la basílica los Prínci- Don Felipe fue presentado a la Virgen de Atocha el 13 de julio de 1968 pes, convocando a su paso una marea de aplausos. La niña Leonor mira con perplejidad a la concurrencia, con unos absortos ojos en los que se congrega el cóncavo mar: es mofletuda y rubiasca, y tiene unos brazos deliciosamente rollizos que a veces se alargan hasta la concurrencia, deseosos de dar- ABC se. La Princesa Letizia la sostiene con un solo brazo; aunque su estampa es menuda, transmite una impresión de vigor que la hermosea. Don Felipe reparte entre la concurrencia esa cordialidad tranquila que siempre lo ha caracterizado: tiene en la sonrisa un alborozo de padre recién estrenado o cade- te que acaba de graduarse. El coro entona los primeros compases de un cántico que rememora la exultación- -nunc dimittis- -de aquel hombre llamado Simeón, que después de ver con sus propios ojos en el templo de Jerusalén al Salvador ya consideraba su vida cumplida. Esa misma exultación se transmite como un licor benigno entre los asistentes de esta ceremonia, que secretean entre sí y se ponen de puntillas para avizorar lo que sucede ante el altar. Tras el ofrecimiento de la niña a la Virgen de Atocha, que el cardenal Rouco completa pese a la conspiración de los micrófonos, los asistentes arrancan a cantar una Salve popular en cuyas notas viaja el fervor de una fe milenaria y sencilla como el trigo: Vida y dulzura, esperanza nuestra Doña Leonor apenas se rebulle; pero de vez en cuando vuelve la cabeza hacia la concurrencia, como si tratara de descifrar el sentido de esas palabras en las que anida una esperanza del tamaño del universo. Después de la bendición, su padre la toma en brazos, la alza en volandas y la ofrece a la Virgen de Atocha. Es un momento de emoción apretada que el buen pueblo de Madrid vitorea y aplaude a rabiar. En ese gesto, que al Príncipe le ha salido espontáneo, hay una apuesta decidida por el futuro, que es tanto como decir una apuesta por la tradición. Entre el barullo de la salida, acierto a estrechar la mano de la Princesa Letizia: en su apretón hay una franqueza tan vigorosa como su sonrisa, una franqueza sin recovecos ni esquinas, extensa como una plaza de luz.