Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 8 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LO OFICIAL Y LO REAL Se hablan lenguajes diferentes. Se plantean por los gobernantes problemas falsos, que no interesan en la calle. Una representación política inadecuada no acorta las distancias entre los que mandan y los ciudadanos... O gustó a los gobernantes de la época un comentario mío en el semanario Destino de fecha 24 de junio de 1967. La sanción, terminante, severa, no se hizo esperar. Recordaba yo allí la tesis de Ortega sobre el contraste entre la España oficial y la España real. El maestro había escrito en 1914: Dos Españas que viven juntas y son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la Historia Lo que yo no imaginé, al recibir el castigo gubernamental, es que en 2006, bajo un régimen democrático, la España real continuaría divorciada de la España oficial. Sin embargo, y por distintos motivos, se mantiene la deplorable separación. N D urante el franquismo el divorcio era explicable por la falta en aquel régimen de instrumentos de representación popular. Se hacía y deshacía en las alturas sin tener en cuenta lo que los ciudadanos opinasen. En verdad no éramos ciudadanos, sino súbditos, y esta condición se parecía bastante a la considerada por Ortega en 1914, aunque aparentemente esta última no fuese una dictadura. Pero en 1978 los españoles nos dimos una Constitución con instituciones representativas y amplias libertades públicas. El lector del gran texto jurídico- político llega a la conclusión de que en nuestra Nación han desaparecido los súbditos y que las autoridades se comportarían en consonancia con lo que piensen y deseen los ciudadanos. ¿A qué se deben, entonces, esas dificultades para la identificación de gobernantes y gobernados que define la auténtica democracia? La respuesta a la cuestión, muy complicada, tiene que ser compleja y matizada. Me limitaré a apuntar alguno de los componentes de una posible interpretación del hecho que nos preocupa. Creo, en primer lugar, que la ley electoral no sirve para que la representación en las Cortes sea una imagen fiel de la realidad social. Unas minorías nacionalistas, operantes sólo en unos territorios de extensión relativamente pequeña, imponen sus decisiones a la gran mayoría de españoles que habitan en la mayor parte del país. Con este handicap, que genera la legislación electoral, el bipartidismo no puede funcionar correctamente. El partido de dimensiones nacionales que obtiene una mayoría relativa en las urnas ha de someterse a uno o varios partidos pequeños. Se llega así a la situación disparatada en la que con unos pocos miles de votos se domina la escena. Esta escena oficial no es reconocida como la adecuada por millones de votantes, sean de uno o sean de otro de los grandes partidos. ¿Es que han de contar menos diez millones de apoyos que los sufragios de trescientos mil? Comienza el divorcio a los pocos días de los comicios, cuando se establecen las alianzas para poder gobernar. Lo oficial no es ya lo real. Otro factor que contribuye actualmente al contraste entre la España oficial y la España real, a pesar de lo que se prometió en la Constitución de 1978, es el doble lenguaje que utilizan muchos de los políticos profesionales. En privado, o cuando no se trata de decidir, se mantienen unas opiniones que luego son desmentidas, o contradichas, en el momento de pronunciarse públicamente y con efectos trascendentales. El ciudadano libre de compromisos partidistas rechaza esa forma de proceder. La denominada clase política pierde día a día prestigio, hasta caer en el descrédito. L a España oficial no es tampoco, por este motivo, la España real. Y así como la reforma de la ley electoral es una operación difícil, pero realizable el día en que se pongan de acuerdo los representantes de la mayoría de los ciudadanos, la eliminación del doble lenguaje, como vicio arraigado, va a ser una tarea ardua que hemos de contemplar sin demasiadas esperanzas de éxito. Un tercer motivo de distanciamiento entre lo oficial y lo real tiene una explicación en el menosprecio de la fuerza movilizadora de los sím- bolos. El símbolo es un factor de cohesión interna, que facilita la aproximación de gobernantes y gobernados. Si la España oficial infravalora los símbolos, el ciudadano medio, el que hace su vida sin apenas inquietudes políticas, no se integra en el conjunto. La identidad nacional sale reforzada con la utilización de los símbolos de la misma. Resulta especialmente preocupante que los gobiernos no insistan en la fuerza movilizadora de los símbolos. Mal camino se toma cuando no se da importancia a la supresión de la bandera española en ciertos edificios oficiales, o cuando se elimina el himno nacional en ceremonias solemnes. La integración en un grupo requiere una expresión simbólica. Obligada es la cita de Cassirer, con su doctrina acerca del papel importantísimo que los símbolos juegan en la vida social. El hombre, a diferencia del animal, no vive en el mundo de los hechos crudos y solamente al compás de sus necesidades y deseos inmediatos, sino que vive además y principalmente en un mundo de símbolos. El lenguaje, la religión, el arte, la política, los grupos sociales, constituyen parte de ese mundo simbólico, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica. El hombre no se enfrenta con la realidad de un modo inmediato y directo; no suele verla cara a cara. Se ha envuelto a sí mismo en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos, de tal manera que ve las cosas a través de la interposición de esa urdimbre simbólica E l comportamiento político de los ciudadanos, en efecto, resulta influido extraordinariamente por los símbolos de la comunidad a que pertenecen. Si los símbolos de la unidad (bandera, himno) son arrinconados, o eliminados incluso, los políticos pueden marchar por una senda distinta de la que cotidianamente recorren los ciudadanos. Las preocupaciones de unos y otros son distintas. La escala del Gobierno (reformas constitucionales y estatutarias, reinvención de la II República) no coincide con la escala de las preocupaciones populares (el paro, el coste de las viviendas, la inmigración) Se hablan lenguajes diferentes. Se plantean por los gobernantes problemas falsos, que no interesan en la calle. Una representación política inadecuada no acorta las distancias entre los que mandan y los ciudadanos. El doble lenguaje en las alturas produce desencanto, colma el vaso de la desilusión. Lo oficial no es lo real. MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas