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ABC LUNES 5 6 2006 Cultura 65 TEATRO Hamlet La tempestad Autor: William Shakespeare. Traducción: Patricia Zángaro. Versión y dirección: Lluís Pasqual. Escenografías: Paco Azorín. Vestuario: Isidre Prunés y César Olivar. Iluminación: Wolfgang Von Zoubek. Intérpretes: Eduard Fernández, Francesc Orella, Helio Pedregal, Anna Lizaran, Marisa Paredes, Jesús Castejón, Rebeca Valls, Iván Hermes, Aitor Mazo, David Pinilla, Antonio Rupérez, Jorge Santos, Lander Iglesias y Joseba Apaolaza, entre otros. Lugar: Teatro Español. Madrid. ÓPERA Bonhomet y el cisne Pérez Maseda: Bonhomet y el cisne Intérpretes: P. Casablanc, D. Azurza, I. Anaya, C. Alcedo, Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director de escena: T. Muñoz. Director musical: J. L. Temes. Lugar: Teatro de la Abadía. Fecha: 3- VI CISNE Y SIRENAS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE SHAKESPEARE SHAKESPEARE JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN D os obras de Shakespeare engastadas en un mismo proyecto como las dos caras de una moneda, la de la venganza: cara, la razón impulsa la piedad y el perdón cuando el amor triunfa y la verdad se restituye; cruz, la sangre derramada impide la vuelta atrás. Un vínculo resuelto desde la comedia oscura y desde la tragedia aniquiladora. Lluís Pasqual presenta el doble juego como una propuesta con unidad de sentido, un arriesgado ejercicio teatral que participa tanto de la noción juego como de la voluntad de rigor. Con el mismo equipo de actores y colaboradores resuelve dos piezas del bardo de Stratford: Hamlet y La tempestad la gran tragedia habitada por uno de los más formidables personajes de la literatura universal y una comedia entreverada de sombras que trenza con soltura lo fantástico y lo racional y en la que se adivinan los ecos de una atenta lectura de los ensayos de Montaigne. El lenguaje de las dos piezas ha sido suavemente podado de efervescencias barrocas, se ha embridado la espesa y hermosa por otra parte fronda poética, se han contemporaneizado expresiones y cadencias de tal modo- -y que el espectro de don William me perdone por lo que voy a decir- -que esa reducción de ruido de fondo- -si se me permite la herejía- -se ajusta perfectamente al carácter de ambos montajes e impulsa su contundencia expresiva. En esa línea, el vestuario, muy bien resuelto por Isidre Prunés y César Olivar, es vagamente actual con aditamento de mantos y algún ornamento que propicia cierta distancia histórica. Hamlet se presenta como una tragedia sarcástica en cuya conclusión el filo del azar siega vidas para dibujar una suerte de paisaje después de una batalla. Una propuesta recorrida de arriba abajo por la fuerza interpretativa de un descomunal Eduard Fernández, que galvaniza el ritmo de la acción y ofrece un novedoso perfil del príncipe de Dinamarca tan alejado del furioso prototipo romántico como del de nihilista avieso doblado de psicópata; su Hamlet nervioso y sonámbulo bebe de ambos reflejos y los desborda con bocanadas de risa negra que marcan las coordenadas de la función, unos puntos cardinales que lleva escritos en su libreta y que dicta en los momentos finales, cuando da pie a Horacio y luego muere- -después de que Fortinbrás ordene que se le rindan Marisa Paredes y Eduard Fernández, en Hamlet honras guerreras- -depositando una frase que ha sido cambiada de lugar y queda cincelada en el aire mientras las luces se apagan: Lo demás es silencio Un gran espectáculo. El montaje de La tempestad una obra estructurada a bases de acciones paralelas que confluyen en la escena final, no ha logrado, a mi juicio, la unidad de ritmo y la coherencia formal conseguida en Hamlet Incorpora elementos que parecen extraídos del music- hall y deliciosos trucos de añeja tramoya teatral, pero el motor funciona a tirones, como si las piezas estuvieran mal ajustadas. El estupendo Francesc Orella es un Próspero de muy ajustados matices pero al que tal vez falte algo de la reflexiva majestad que requiere el personaje. A su lado, una vivaz y muy divertida Anna Lizaran es un Ariel con ROS RIBAS marbete naïf que parece escapado de un montaje de Godspel Una última referencia al notable trabajo de dirección de Pasqual y al sobresaliente apartado interpretativo conjunto de ambos montajes. La regia Marisa Paredes es una Gertrudis retratada por Tamara de Lempicka, Jesús Castejón un cabal y muy bien dibujado Polonio y un desbordante Esteban con acento baturro, Helio Pedregal cumple con solvencia su doble cometido monárquico como el usurpador Claudio y Alonso de Nápoles, Iván Hermes saca brillo a su estrella ascendente como Laertes y Fernando, Rebeca Valls encarna con certera vehemencia de distinto signo a Ofelia y Miranda, y así sucesivamente habría que subrayar el Calibán de Aitor Mazo, el Horacio de David Pinilla y un largo etcétera. uince años han transcurrido ya desde que en la Sala Olimpia se desarrollara el proyecto de escenificación de nuevas óperas de cámara. Afortunadamente, lo que entonces fue una novedad se ha logrado ahora atomizar en varias propuestas. La última en aparecer es la llamada Ópera Estudio, iniciativa de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, que en su primera edición presenta obras de Tomás Marco y Eduardo Pérez Maseda, quien fuera uno de los protagonistas del aquel proyecto pionero. Sobre él hay que volver, porque Pérez Maseda (1953) firmaba entonces Luz de oscura llama como estrena estos días, en La Abadía, Bomhomet y el cisne partitura conocida antes en versión de concierto. Pero, sobre todo, porque es curioso observar con qué seguridad, en esta segunda ópera del autor madrileño, se mantienen algunos principios. Pérez Maseda, y muchos compañeros de su generación, se reafirmaron en un arte encomiable, forjado desde el esfuerzo por imponerse, y en este sentido tal vez forzado Al margen de la firmeza intelectual que pueda subyacer en todo él. Bonhomet es un ejemplo. Pero eso es algo que, vista la representación, se intuye, ya que es difícil penetrar en el mensaje cuando la propia inmediatez, lo puramente narrativo, también se hace complejo. Hay, en este caso, una cuestión práctica que afecta al escenario, demasiado estrecho a la hora de incorporar a los instrumentistas y a la escena, con las dificultades que para el equilibrio de los planos eso conlleva. Puede que también afectara la naturaleza vocal de los protagonistas, o el oscuro trabajo del director de escena Tomás Muñoz y la mezcla de elementos de rancio realismo decimonónico (hogar de Bonhomet) con otros de más clara comunicación (plano de agua) y algunos potencialmente enriquecedores (video) Pero sobre todo porque Bonhomet se complica en su disímil continuidad como díptico (con una parte básicamente narrada sobre una muy atractiva música, frente a otra más cantada y sólidamente apoyada por la orquesta) en su absoluta vocación escénica, y en detalles como el de la línea melódica demasiado abrazada a las ataduras del procedimiento y a un tempo muy dilatado. Y la claridad, recordaba Ortega, es siempre la cortesía del filósofo Q