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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE Inocencio Arias se tomó muy en serio su trabajo, aunque siempre hizo gala de buen humor, como en sus memorias. Aquí aparece en el Consejo de Seguridad do, creo que a fines de 1999, la embajadora de uno de esos temidos países me hizo una confidencia reveladora. Me deslizó que había aconsejado a su ministerio que no se presentaran frente a España. Vosotros- -me confesó- -hacéis estas cosas bien y con tiempo y tú tienes demasiadas simpatías aquí en la Organización Mi colega estaba echándome una amable y generosa flor; es raro que un embajador, aunque domine no ya la polca y el foie grass que diría nuestro escritor y diplomático Juan Valera, sino incluso el striptease, pueda influir en más de una decena de votos en estas ocasiones, pero sí traducía un estado de ánimo que para nosotros era alentador. Los países serios se tentaban ya la ropa antes de lanzarse a la piscina contra nosotros. Llegamos, por fin, a la votación del 27 de septiembre de 2002. De todos modos, necesitábamos dos tercios de los votos de la Asamblea, por lo que en Madrid había un último ramalazo de nerviosismo, con frecuentes llamadas en esos días de la presidencia del gobierno y del ministerio. Sin contrincantes, la honrilla estribaba, sobre todo, en saber cuántos países nos votarían ¿130, 158, los 184 al completo? y en si habría una gran diferencia de votos con respecto a Alemania. Fue bingo. El resultado rebasó holgadamente las expectativas. España obtuvo, como Alemania, 180 votos, récord de su historia. A posteriori me he preguntado qué cuatro países no se unieron a la marea impetuosa. ¿Aquél cuyo ministro se sintió fechas antes herido por no haberse podido entrevistar con su colega española? ¿Uno pequeño, cuyo embajador era señor de vida y votos y al que habíamos desairado inadvertidamente? En el Consejo, como he apuntado. uno debe significarse y hay momentos en que es imposible hacer el Tancredo. Menos aún cuando el impulsor pertinaz de una determinada postura, en un tema clave, como ocurrió en el año 2003 en el caso de Iraq es el país más poderoso del mundo, tu amigo y aliado. Inesperadamente, España y los nuevos miembros del Consejo debutaban en él con un drama de extrema gravedad en el que habrían de tomar partido. Difícilmente pudieron barruntar quienes dentro del gobierno del PP decidieron años atrás presentar la candidatura española, ni todos los que posteriormente participamos en la campaña a favor de la misma, que tendríamos que comenzar desayunando un plato de tan delicada digestión. El impredecible 11 de septiembre que produciría un cataclismo global y trastocaría el mundo ocurrió después de haber tomado esa decisión. ¿Se habrían embarcado Aznar y el PP en la aventura de la ONU sabiendo las consecuencias, reales o supuestas, que tendría? No lo sé. El hecho es que nuestro gobierno, como es sabido, abrazó en el conflicto de 2003 la causa de Washington y su interpretación de cómo habría que someter a Sadam a los dictados de la ONU. Bastantes países europeos, aunque ahora se pase por alto, hicieron lo mismo la mitad de los gobiernos de la Unión Europea se pusieron del lado norteamericano. Pero esos países no estaban en el Consejo de Seguridad, y el nuestro sí. En un conflicto de palpable impopularidad en Europa, la visibilidad, la exposición pública que da el Consejo, ponía a nuestra nación aún más en el candelero. La pertenencia al Consejo te daba un claro protagonismo pero, paralelamente, al tener que defender una opción escasamente aceptada, un mayor cuestionamiento por el ciudadano medio. La estancia en el Consejo traería consigo la foto de las Azores en fecha no muy lejana (el 16 de marzo del año siguiente) y una catarata de apariciones ante la prensa mundial, desde el presidente del gobierno hasta quienes éramos actores secundarios, que no dejaron de polarizar la opinón pública de nuestro país. No soy de los que piensan que la alianza con Estados Unidos fuese el origen per se de la caída de los populares y del cambio de gobierno en nuestro país. El PP había resistido bien y ningún observador sensato y desinteresado pronosticaba en España la semana anterior a las elecciones generales del 14 de marzo de 2004- -repito, ninguno- -que el gobierno sería descabalgado. Asimismo, ten- CORINA ARRANZ ¿Perjudicó al gobierno, a la larga, nuestra entrada en el Consejo de Seguridad? ¿De qué manera influyó en el ánimo de los españoles el domingo 14 de marzo? go la impresión de que, aun sin nuestro seguimiento de los americanos en lo relativo a Iraq, España era uno de los candidatos europeos a sufrir un golpe del terrorismo islámico. Creo, por lo tanto, que sin el atentado del 11 de marzo de 2004 el curso político español no se habría alterado. Pero el canallesco golpe terrorista de Madrid, con la brutal explosión de cuatro trenes su controvertido manejo por parte del ejecutivo y la hábil reacción de la oposición, hizo aflorar, ahora sí de forma activa en una parte decisiva de la población su repulsa por la colaboración con Estados Unidos, por nuestra llamativa actuación en la ONU... por la aventura de Iraq, en definitiva. Pasados casi tres años, uno tiene derecho a preguntarse, por tanto, sobre el alcance último en nuestra política interior y en nuestra historia de la votación tan orgullosamente ganada por España en septiembre de 2002. ¿Perjudicó al gobierno, a la larga, nuestra entrada en el Consejo de Seguridad? ¿De qué manera influyó nuestra actuación allí en el cóctel de sentimientos que se agitaba en el ánimo de los españoles cuando éstos acudieron a las urnas el domingo 14 de marzo? Sin estar en el sanedrín de la ONU, nuestro país habría sido un mero comparsa en la crisis de Iraq. Pocos, en ese marzo trágico, habrían vinculado- -inadvertidamente o de forma interesada- -una opción política exterior y la matanza de Madrid. El Consejo de Seguridad alteró eso. Lo mezcló todo.