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4 6 06 PRÓXIMA PARADA NUESTROS CORRESPONSALES Roma Buenos Aires La dacha Y el alma rusa Es algo más que una casa de campo. Es un elemento insustituible del modo de vida ruso. En el comunismo fue isla de libertad y huerta familiar para combatir la tremenda penuria y escasez de alimentos POR RAFAEL M. MAÑUECO CORRESPONSAL EN MOSCÚ Bruselas Berlín París Rabat Nueva York Jerusalén México Washington Berlín Atenas MOSCÚ RAFAEL M. MAÑUECO Londres Pekín Viena Estocolmo a primera vez que pisé una dacha fue un mes de octubre de hace 25 años. Acababa de llegar a Moscú como estudiante y conocí a uno de los pocos corresponsales españoles acreditados entonces en la URSS. Un viernes, fui a visitarle a la oficina y, nada más entrar, me preguntó a bocajarro: ¿Tienes algo que hacer esta tarde? Si no tienes nada que objetar- -dijo mientras se ponía la gabardina- -nos vamos a la dacha de un amigo mío. Lo vamos a pasar bien Nos trasladamos en Metro hasta la última estación de una de las líneas del norte y después tomamos un desvencijado autobús amarillo. A los 20 minutos, descendimos. Nos esperaba un automóvil Volga blanco. Lloviznaba y era ya casi de noche. El conductor miró varias veces de reojo a derecha e izquierda antes de invitarnos a tomar asiento. Poco después llegamos a un poblado de angostas calles sin asfaltar y carente de iluminación. La lluvia empezaba a arreciar. Todo eso que ves ahí son dachas dijo mi compatriota señalando una hilera de míseras casuchas de madera. Nos detuvimos frente a una de ellas y salió a recibirnos un hombre corpulento de aspecto desaliñado. Era uno de los muchos bardos disidentes imitadores del cantautor Vladímir Visotski. Su esposa, también presente, pintaba mediocres acuarelas de paisajes rusos que vendía a diplomáticos extranjeros. En el interior, alrededor de la chimenea, había unas doce personas, más de las mitad mujeres y muy guapas. La fiesta comenzó enseguida. Como es tradicional en Rusia, se llena la mesa de viandas, sin olvidar los canapés de caviar y la famosa ensaladilla. Los brindis con vodka pura, nada de naranja o refrescos, se sucedían cada diez minutos. La luz en la dacha era lúgubre, pero muy acogedora. Antes de que el alcohol nos dejase fulminados, tuvimos tiempo de hablar de política, escuchar canciones L con acompañamiento de guitarra a cargo de nuestro anfitrión, ver bailar a una de las chicas y visitar el desván, repleto de cuadros de esas iglesias con las típicas cúpulas de cebolla. En la sauna, ellos y ellas Hubo quien pasó por el baño ruso una mezcla de sauna finlandesa y baño turco, complemento imprescindible de toda dacha que se precie. Cuando hay confianza, es normal que mujeres y hombres se desnuden juntos y compartan la sauna. Por desgracia, esa parte de la velada nos la perdimos. El vodka nos dejó fuera de combate. Los españoles no aguantáis nada nos decían. A media noche, me desperté sobre un sofá y supe que los aseos en las dachas están La palabra dacha viene del verbo dat (dar) El primer zar que las concedió fue Pedro I, en el siglo XVIII. En esa época eran palacios, nada que ver con las chozas soviéticas fuera, en una especie de cobertizo de madera. Me calé hasta los huesos bajo el chaparrón y estuve a punto de meter el pie en el agujero de la letrina. Uno de los escritores que mejor describe las dachas y su ambiente es el argentino Abel Posse, ex embajador en Moscú, en su obra La boca del tigre Después, seguí frecuentando dachas, con las consiguientes secuelas etílicas. La palabra dacha significa algo otorgado del verbo dat (dar) El primer zar que las concedió fue Pedro I, en el siglo XVIII. Se llamaban dachas, pero eran palacios muy diferentes de las posteriores casitas soviéticas, a imagen y semejanza de la isba (choza campesina) En los 60, la URSS permitió la tenencia, aunque no en propiedad, de pequeñas parcelas. Algunas venían ya con su vieja izbá, pero en la mayoría de los casos había que construirla. Los dáchniki dueños de dachas, proliferaron en el perímetro de las grandes ciudades en los años 80, época álgida de la escasez de alimentos. Los terrenos adyacentes a las dachas fueron convertidos en huertas, gracias a las cuales se pudo paliar en parte la penuria. La dacha es algo más que una casa de campo. Es un elemento insustituible del modo de vida ruso. En el comunismo, fueron islotes de libertad y lugar preferido de reunión de bohemios y disidentes. Hoy, sirven para escapar del mundanal ruido. Para los jubilados son un medio de subsistencia. Pero la aparición de los nuevos ricos ha convertido muchas dachas en opulentas mansiones. Las más lujosas se concentran en Barvija, en el oeste de Moscú, el Beverly Hills ruso, donde viven Putin y su antecesor, Yeltsin. En mitad de la estepa, la dacha ofrece calor, compañía, vodka, amistad y una pequeña sauna