Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
54 Cultura EN LA MUERTE DE ROCÍO JURADO SÁBADO 3 6 2006 ABC Alrededor del dolor de una familia y del afecto de los miles de seguidores por su ídolo, los medios de comunicación han alimentado con exceso la curiosidad de la audiencia, en una especie de catarsis cañí Lo siento, mi amor POR FERNANDO CASTRO FLÓREZ Estaba embobado, a punto de llorar a moco tendido, viendo un especial nocturno sobre la finada que insisten en llamar la más grande cuando mi mujer me arrojó un jarro de agua fría: no seas cutre Agarré un mosqueo tremendo, pero me repuse, y aún pude preguntar la razón por la que, en mi propia casa, se vejaba a uno de los referentes patrios y entonces recibí la explicación que, de puro capullo, me merecía: Si supieras lo que decían las empleadas que habían trabajado para ella No cabe duda de que la verdad ya no es la adequatio intellectus rei ni la satisfacibilidad en un espacio lógico; Aristóteles y Gödel pintan menos en la jerarquía de la opinión contemporánea que Milikito en un congreso de mecánica cuántica. Lo que ha terminado por imponerse es el alarido del (pseudo) periodista en el desolladero de los programas del corazón que están, no exagero, al borde del infarto. La Jurado, no miento, ha sido, como por otra parte todo el mundo sabe, centro del sumidero rosa; allí había chicha de la que sirve para hacer croquetas: un guardia civil casado con su hija de talento memorable, un chofer largón, un ex marido boxeador casado con una peluquera que en rodar de los años se aconchabó con un tipo negro, casi tan grande y musculoso como el gobernador de California, un torero de verbosidad hilarante y toda una parentela que se arremolinaba al calor de los micrófonos y los flashes. Una chipionera muestra su homenaje a la cantante fallecida EFE Cuando esta mañana leía, masacrado por la alergia, las necrológicas y los ditirambos en los periódicos sobre la tonadillera me daba la sensación de que se había ido algo más esencial que el gregoriano, la pura fuente de la música, el alfa y el omega del gusto y el tronío. Y, sin embargo, lo que yo había visto, una y otra vez, desde mi más tierna infancia, en la televisión era una cantante generosa de escote. Ahora que se han lanzado las campanas al vuelo no quiero ni puedo amargar la fiesta de las loas post- mortem, pero tan sólo quiero apuntar, en tono menor, que a mí no me gustaba nada de nada. Pero, según cuentan admiradores poéticos, incluso visitaba ARCO y lanzaba comentarios como ¡qué arte! Si la chipionera era la reina de la sobreactuación, lo que los medios han desplegado en torno a su agonía y muerte ha sido verdaderamente demencial. Los paparazzi no dejaron los puestos de vigilancia de Houston, los chalets, aquí y allí, estaban, literalmente, sitiados; una clínica era la Meca de los programas matinales, un pobre doctor daba el parte cada mañana en una suerte de retorno de lo reprimido (valga la cita elíptica de aquellos otros infinitos del Caudillo, tal amante, por lo que parece, de todo este ringorrango folclorizante) Los expertos en la más grande deben estar afónicos o, por lo menos, les dolerán las posaderas de tantas horas tertuliando. Ya no queda nada que de- LA VOZ, JUNTO A SU MAR ANTONIO BURGOS S in salir de la provincia de Cádiz, a la que voy llegando desde la otra de las dos grandes partes en que se divide el mundo, desde Sevilla, el camino sembrado de flores de La Chiclanera era un erial al lado de esta carretera de Chipiona, con sus pujantes naves de la flor cortada. Blancas rosas de junio. Rojos, rojos claveles, que están esperando a una niña de faro, viña y moscatel que se le ha muerto a Andalucía. Y por la radio viene sonando la memoria de la voz de Rocío. Le preguntaban por qué le gustaba tanto volver siempre a Chipiona. Y La Voz imborrable decía: -Porque allí está mi sangre y mi gente. Y porque me gusta pasear por la playa, y por esas largas avenidas, bajo los árboles. Y sentarme en un banco, y escuchar el día. Y ver el sol que pasa por las ramas de los eucaliptos, y que cae en el suelo como si fueran moneditas de oro, como doblones. En la chipionera mar de Cádiz, sobre los corrales de garabato y cangrejos moros, uno de estos doblones se está metiendo ahora en el horizonte de falúas y vapores camino de la Barra. El sol atesora su doblón de oro en la alcancía de la memoria de Rocío, cuando ella ya no puede verlo. Cuando es el recuerdo de La Voz el que pasea por la arena de playa. Estoy en la Itaca de Rocío. Rocío le había puesto el nombre de Chipiona, de su tierra, de su arena, de sus piedras, de sus mareas vacías, de su gente, a toda dicha. A la felicidad. A la vida. La última vez que la vi en aquel atardecer de su vida en Madrid, le dijo a Isabel mi mujer, como quien proclama un sueño de mujer: -El sábado si Dios quiere voy a Chipiona a ver a mi Virgen de Regla. Ha venido. No aquel sábado de mayo. Este viernes de tantos dolores de junio. A una hora como de ver a la Macarena o de esperar a la Blanca Paloma, Rocío llega junto a su Virgen de Regla. Vienen con ella José, Gloria, José Antonio, Amador, Rosa, Rocío Carrasco. Y toda esa otra gran familia de la España que la quería. Me acerco al torero, al que ha desorejado al toro de la pena. Y está allí José delante de Rocío. Junto a lo que más quería, su gente. Y bajo las que más amaba, las banderas de su España y de nuestra Andalucía. José me dice: -Fíjate cómo ha acabado viniendo a Chipiona, con las ganas que tenía de volver... Y es una larga noche la que llega. Y unas claras del día de la pena en la mar que llora. Todas estas olas de la mar de Chipiona son en esta mañana funeral como una ola. Y no quiero señalar qué ola, qué clavel del camino sembrado de flores va cantando, señora, niña, amante, amiga, en la memoria. Sí lo señala el obispo de Jerez. De Jerez tenía que ser, frontera de las dos partes del mundo: Se ha quebrado La Voz de España y de Andalucía, pero ha nacido el silencio sonoro Por las largas avenidas donde una niña juntaba los doblones de oro que el sol le daba, se oye ahora ese silencio sonoro. El de su gente. Hay toreros, cantantes, flamencos, políticos, pintores. Están los que le cosieron telas y los que le cosieron versos y compases. Y está su gente. Y está su mar. Ya la traen, paso racheado de la cuadrilla de Regla, bajo el palio de un azul de marismas rocieras del cielo. Y desde aquí, desde los cipreses del cementerio de San José, oigo el silencio sonoro que proclamó el obispo con la Palabra de la que Rocío dio testimonio, cantándola y viviéndola. Hasta se ha parado el viento. Una juradista me dice: -Como en aquellas noches de jazmines del Teatro Pemán de Cádiz, que rompía a cantar y hasta paraba el levante. Los vientos todos de la rosa de Chipiona se han parado. En este silencio sonoro. Junto a su mar. Rocío, que lo dio todo, ya está empezando de nuevo. La vida de la inmortalidad. Junto a una madre que descansa porque sabe que la niña ya no vendrá tarde a casa. Sentada en el banco de este parque. Y oyendo el crujido del mar.