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ABC SÁBADO 3 6 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA VIENTO DEL PUEBLO L pueblo no se equivoca, contra lo que afirmó despectivamente Alfonso Guerra una vez que recibió calabazas electorales. El pueblo se expresa, y unas veces nos gusta más y otras menos; es lo que tiene la libertad. Por eso toda esta conmoción multitudinaria, este duelo de masas por Rocío Jurado ante el que algunos intelectuales a la violeta tuercen la nariz con gesto de refinado asquito, no es más que la expresión soberana de una honda aflicción popular, el sentido y legítimo homenaje de la gente a una figura respetada y querida cuya desaparición empobrece el paisaje de la conciencia sentimental de España, que a menudo se refleja con más exactitud y más calado en el doIGNACIO lor rimado de una copla CAMACHO cantada por millones de personas que en la retórica hueca de un preámbulo estatutario que nadie recordará más allá de su estéril alharaca política. Ya lo escribió el maestro Antonio Burgos para la voz, también prematuramente callada, de Carlos Cano: No es canción, se llama copla y lleva dentro la vía... Estos días he oído decir a alguien en la radio que, si Rocío hubiese nacido en Brooklyn, Barbra Streisand estaría fregando suelos en alguna escalera del Bronx. Rocío ha sido nuestra Streisand, nuestra Piaf, nuestra Mina; más y mejor voz tenía que todas ellas, más registros artísticos, más liderazgo escénico, y más profundamente llegaba al corazón colectivo de su pueblo. Cuando, en los años ochenta, después de modernizar la copla y romper el estereotipo convencional de la folclórica recatada y sumisa, decidió abrir el abanico de su garganta prodigiosa a las baladas y a la fusión de géneros, se convirtió en un mito internacional que arrasó en el mercado hispanoamericano y sus canciones de más éxito se instalaron triunfalmente en la memoria colectiva. No se travistió de nada, no fue de iconoclasta ni de maldita; sólo de la diva que realmente había llegado a ser, una incontrovertible primadonna del espectáculo que dominaba con su poderosa presencia los escenarios de la música popular. Por eso los telediarios han abierto durante dos días con la noticia de su muerte y de su sepelio, oscureciendo con una nube efímera de realidad sentimental el apretado y reiterativo bloque de los infames tejemanejes del Gobierno con Batasuna y la jartible ración de la monserga catalana, que vuelven a enseñorearse de la actualidad en cuanto ha sonado el machadiano golpe en tierra del ataúd de la chipionera. He ahí su último triunfo: ganarle el tirón a Zapatero, a Otegi, a Maragall, a Carod, y apoderarse de los salones familiares en un póstumo recital de poderío y de raza. Y sacar a las calles, en pos de su cortejo funeral, masas de gente amándola con el grito y el silencio con el ímpetu del viento que ahora se amansa sobre su mar gaditano para rendirle también el homenaje de una eternidad en la que sonará mucho tiempo el eco de su voz suntuosa, estremecedora, esencial, generosa y sustantiva como las grandes, sencillas, luminosas verdades del pueblo. E BIENVENIDOS A LA PESADILLA N el ocaso de las civilizaciones, los vicios más aberrantes comienzan a merodear golosamente la fantasía de los hombres, como moscas que revolotean en torno al estiércol. Chesterton lo explicaba con su habitual clarividencia: Llega un momento en la rutina de una civilización en que los hombres buscan pecados más complejos u obscenidades más llamativas, como estimulantes de su hastiada sensibilidad. Intentan apuñalar sus nervios vitales, como tratando de emular los cuchillos de los sacerdotes de Baal. Caminan en su propio sueño e intentan despertarse a sí mismos con pesadillas Leíamos en la prensa hace unos días una noticia que expresa mejor que un tratado de antropología la agonía de la civilización occidental. Un grupo de holandeses ha constituido un partido cuyo programa electoral defiende la despenalización de la pederastia y la pornograJUAN MANUEL fía infantil, siempre que los niños DE PRADA que se presten a estas prácticas consientan Asimismo, este partido de nuevo cuño reclama la legalización de la zoofilia, siempre que sea consentida por ambas partes; y, para que no quede duda sobre su escrupuloso respeto a los derechos de los animales, aboga por la institución de un nuevo delito de violación de un animal Podemos presumir que los promotores de tan desquiciado partido son tan sólo una pandilla de tarados; es la solución más risueña y escapista. Otra actitud menos irresponsable nos obligaría a aceptar que este partido holandés se limita a enunciar descarnadamente algunos barruntos e intuiciones que flotan en el clima de nuestra época. No debemos olvidar que Holanda es la avanzadilla del proyecto de ingeniería social y perversa despersonalización que empieza a prender en el resto de Europa: exaltación de una sexualidad libérrima, vindicación de la eutanasia, etc. Diríase que la civilización occiden- E tal, crepuscular y exhausta, hubiera decidido excitar su hastiada sensibilidad enarbolando los cuchillos de los sacerdotes de Baal Cada vez que una aberración de estas características asoma a los titulares de prensa, la sociedad se rasga farisaicamente las vestiduras; en cambio, se niega a ahondar en las raíces del mal que la corrompe. Resulta muy revelador que estos holandeses pederastas y zoófilos se impongan, en sus relaciones con niños y animales, un mismo límite: el consentimiento de la otra parte. Esta igualación de niños y bestias (perfectamente inteligible para los defensores de los derechos de los animales, cuyo máximo adalid, Peter Singer, ha llegado a proclamar que un cerdo adulto es tan valioso como un bebé humano no es sino la expresión extrema del proceso de abolición del hombre que hoy se enseñorea de Europa. Cuando se difumina el concepto de dignidad humana; cuando se acepta que no todos los hombres, ni en todas las fases de su vida, son igualmente valiosos; cuando se dimite de la obligación de denunciar todo aquello que se opone a la vida y viola la integridad de la persona, es natural que surjan estas aberraciones. Cuando el ser humano se convierte en un mero elemento del organismo social, se acaba subordinando el bien del individuo al interés mayoritario. Hoy esos pederastas son una minoría que aún se topa con la resistencia de la vieja y maltrecha moral que entre todos hemos decidido abolir. Pero llegará un momento- -acaso no muy lejano- -en la rutina de nuestra podrida civilización en que una mayoría de hombres buscarán en la pederastia un estimulante de su hastiada sensibilidad y entonces aceptaremos que los niños sean los destinatarios de nuestras depravaciones, igual que hoy aceptamos sin temblor que sean exterminados antes de su alumbramiento. Para entonces, ya sólo podremos despertar de nuestro sueño de decadencia apuñalando nuestros nervios vitales. Bienvenidos a la pesadilla.