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ABC SÁBADO 3 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC MONUMENTOS DE LA HABANA Si hubiera que elegir un lugar, me quedaría con el Canal de la Bahía, entre la fortaleza de La Punta y la Farola del Morro, perdiendo la mirada hacia el sur en dirección a Regla y Marimelena, o continuando la pesquisa al suroeste... E N la habanera fortaleza de La Cabaña hay un monolito chico que recuerda a los soldados españoles caídos en Cárdenas en 1850 combatiendo contra Narciso López, el anexionista a Estados Unidos. López también tiene su calle junto al Templete en la Plaza de Armas, donde se fundó la urbe en 1515. Ya no estamos para idealizar románticamente a nada ni a nadie, pero la subsistencia del monumentito de La Cabaña- ¡qué lección para tanto mezquino como en nuestro país anda retirando estatuas y cambiando placas! hace pensar sobre el carácter abierto y despreocupado de las gentes, más allá o más acá de la política inmediata: pese al enfrentamiento con el vecino del norte revuelto y brutal que proclaman los noticieros, la ambivalencia de actitudes permite mantener a todos en el Panteón colectivo. Y López, aunque con sordina, conserva su lugar pues, en definitiva, fue el diseñador de la bandera cubana (que no es la de Céspedes) y terminó su vida pasado por las armas tras ser capturado en 1851 en Pinar del Río. Tal vez ese final lavó, de cara a los independentistas, sus orígenes de aventurero, mercenario venezolano primero luchando en las filas realistas contra Bolívar y, luego, ya en Cuba, conspirando contra España en los medios de la burguesía azucarera, por entonces acérrima partidaria de la anexión. erá tolerancia o simple aceptación de la realidad de los hechos? De uno u otro modo, esa multiplicidad admite un monumento en el Malecón- -no muy lindo, la verdad- -al Maine Usted ponga las crónicas, que yo pondré la guerra contestó Randolph Hearst a su enviado a Cuba, que no veía contienda ninguna) o la persistencia en un barrio del nombre de Lawton, primer gobernador militar americano en 1898 o, mucho más importante, el calco de un Capitolio- -que ni fu ni fa- -a imitación del de Washington, o la copia de la numeración de calles en los ensanches del siglo XX. Por supuesto que la política cercana ha intervenido e interviene y aunque Fidel Castro ha tomado la precaución de no dedicarse calles o erigirse estatuas por aquello de sus muchas barbas, pendientes de remojo, se rebautizaron avenidas y plazas, pero si uno quiere llegar a determinados puntos debe seguir preguntando por Reina, Carlos III o Dolores porque Simón Bolívar, Salvador Allende o Camilo Cienfuegos suenan más bien poco. Entreveradas las muy lógicas figuras ecuestres y patrióticas de Maceo en la antigua Caleta de San Lázaro, o de Máximo Gómez en la Avenida del Puerto, con otros monumentos que- -ustedes perdonen- -parecen resultado de trabajos manuales en un campamento juvenil de verano, tales el Memorial Granma o la utilización como Museo de la Revolución del otrora Palacio Presidencial. Y rogamos a los futuros gobernantes del país- -por poco valor que a nuestra opinión otorguen- -que no destruyan esos vestigios del presente, tan sólo que los reubiquen, pues son contundente prueba histórica. Y cada palo que aguante su vela. ¿S No falta el interés oportunista que se sirve sobre todo de la parte más turística, La Habana Vieja, para instalar adefesios o manifestar entusiasmos postizos: pasen las caballerosas lápidas colocadas por los ingleses en El Morro para celebrar su victoria de 1762, o las banderillas de fuego que los italianos nos plantaron a los españoles con la tarja adosada al flanco de la Capitanía General (centro del poder hispano) en memoria de haber vivaqueado Garibaldi en la ciudad ¡unas semanas! pero los monumentos a los Beatles- -cuya audición tan prohibida estuvo en el país en los años sesenta- -o a Lady Di (tan enraizada en la ciudad, como es sabido) resultan cómicos, sin más fin que dar coba a los ingleses y quién sabe si sacarles algo. No obstante, lo más exótico e inimaginable para un español se encuentra en la Plaza de Armas, orilla del Palacio del Segundo Cabo y mirando hacia el prócer de la patria Carlos Manuel de Céspedes (sustituto de Isabel II en el centro del jardín) una efigie- -parado y bien parado- -de... Fernando VII, algo nunca visto por mis ojos, exhumada la piedra, al parecer, de algún almacén donde se hallaba arrumbada. En realidad, la parte de La Habana Vieja a la que van lavando la cara está salpicada de cosas parecidas: los maravillosos edificios coloniales dan mucho juego y, quizá por sentido práctico, más vale que sean Casa de África, de Asia, de México, de Italia, de los Árabes o del sursum corda, antes que solar cochambroso (Aclaramos que solar significa casa de vecindad y pese al tufo a mojitos malos, a dólares subterráneos o a cacería por tierra, mar y aire de Pepes y Yumas, como quien dice españoles y yanquis. I mposible separar la importancia- -subjetiva y parcial: tenemos derecho- -de los recuerdos personales al valorar los monumentos: el Convento de San Francisco; la esquina del Cementerio de Colón, bajando la calzada de Zapata, donde se yer- gue nostálgico el Mausoleo de Hijos de Ortigueira; el Centro Gallego- -mínimamente recuperado por Fraga- -desde el que llegaban, en las tardes, a mi habitación del Hotel Inglaterra (me juraron que en ella se alojó Antonio Maceo, cuando los cubanos podían entrar en los hoteles de su país) sin más distancia que la estrecha calle San Rafael, los para mí muy morriñosos aires de pandeiradas, muiñeiras y jotas gallegas que ensayaban aficionados locales, entremezclándose las melodías, en los días de lluvia, con el parloteo moscardón de los locos del béisbol refugiados en el soportal; el lienzo de muralla de Puerta de la Tenaza, por donde tantas veces crucé camino del Archivo Nacional y muy cerca del emplazamiento del magnífico Arsenal habanero, arrasado hasta los cimientos por Keppel antes de retirarse en 1763 y donde se fabricó el Santísima Trinidad, el mayor navío español del siglo XVIII, luego perdido en Trafalgar. No me pidan la descripción de una postal turística: para eso están las guías, los folletos o, mucho mejor, la visita a la ciudad en carne y hueso. No hablaré de la Raspaúra o La Chorrera, ni de los palacios de Pedroso, de los Condes de Jaruco o del Marqués de Aguas Claras, junto a la catedral, ni siquiera para profundizar mucho en que este último, convertido en el restaurante El Patio, provocó, en comandita con la Bodeguita del Medio- -a la vuelta de la esquina- -el cierre administrativo de la excelente paladar Doña Eutimia, en el Callejón del Chorro: sencillamente, como buenos establecimientos estatales cubanos no podían competir en calidad y precios con la modesta instalación privada. La última vez en que acudí a la paladar, con la esperanza de comer bien en La Habana, acababan de notificarles, aquel día, la clausura definitiva mediante la acusación- -que apestaba a prefabricación policial por los cuatro costados- -de tráfico de drogas. P ero el más bello monumento de La Habana es la naturaleza que la circunda, pese a la degradación y deterioro general del medio ambiente que, por amor a la tierra, prefiero olvidar. Si hubiera que elegir un lugar, me quedaría con el Canal de la Bahía, entre la fortaleza de La Punta y la Farola del Morro, perdiendo la mirada hacia el sur en dirección a Regla y Marimelena, o continuando la pesquisa al suroeste, en busca de la Ensenada de Atarés y a lo largo de los muelles, donde desembarcó mi abuelo como emigrante hace tantos años y después de haberse librado de la guerra; o, mejor aun, cruzar el agua y desembarcar en la Batería de la Divina Pastora, con el sol en la espalda y libres por un ratico de jineteras y bisneros. Mágico Canal que succiona el deseo, portentosa Cuba- -a pesar de todo- -que grita su historia en el testimonio de las piedras, en las denominaciones de las calles y los barrios, sugiriendo cuentos y callando, ya demasiado. SERAFÍN FANJUL Catedrático de la UAM